martes, 22 de septiembre de 2015

La internacionalización de la doctrina Kirchner

La berretización en que derivó la campaña presidencial a partir de la centralidad que ganaron en la agenda pública asuntos como el que involucró a Fernando Niembro --que se derrama sobre todo el elenco PRO--, o el golpe de Estado que se puso en marcha en Tucumán a través de la anulación judicial de un comicio por denuncias falsas y carentes de basamento jurídico, por ahora felizmente saldada por la máxima instancia legal de la provincia; restó tiempo y espacio a pulpa auténtica, como lo es la que provee la política internacional. Hemos reprochado hasta el hartazgo en este espacio el vacío que hace la dirigencia opositora en esa materia, por lo que no sorprende.

La adopción en la ONU, hace casi quince días, de los principios que rigieron las renegociaciones de deuda externa argentina durante los tres gobiernos del kirchnerismo, necesariamente debe imponer un límite a esa dinámica, y demanda un comentario a su respecto.

Más allá de los elogios que merecen Néstor Kirchner y la presidenta CFK por lo que el sostenimiento de esta discusión supuso para la historia nacional reciente, y del relieve que esta votación implica para la entera biografía de la diplomacia local, cosas que ya se han dicho de sobra, conviene darle una vuelta de rosca más a esto intentando responder a la pregunta --pertinente-- que se ha hecho acerca del beneficio que esta novedad puede (o no) traer al último expediente que resta tramitar en la empresa de dos canjes que han reducido los pasivos soberanos en alrededor de 70%. Lo que los ha recortado hasta un casi insignificante 10% del PBI, medido en dólares contra acreedores privados. Quince veces inferior a 2001.

Se trata, claro, del reclamo que llevan adelante los fondos buitre en los tribunales neoyorquinos. Que en cuanto a los llamados me too empieza a complicar lo que parecía pan comido cuando el año pasado se confirmó el fallo de Thomas Griesa; y que demuestra en lo específico, si el triunfo en la ONU lo hacía como concepto general, el acierto del gobierno nacional en el endurecimiento de su postura. Conviene recordar que Maurizio Macrì recomendó pagar la sentencia de una y al contado.

No debería extrañar que las voces opositoras que se oyeron en relación a la noticia prefirieran relativizar el logro, dada su vocación militante por la negatividad y las recomendaciones con que en contrario a lo finalmente actuado por Cristina Fernández han aturdido --una concesión que no pueden permitirse--; ni que lo hicieran en base al voto negativo de los países en que se alojan los principales centros financieros globales. A fin de cuentas, a tales lógicas responden. Y, además, si en el plano doméstico son partidarios del voto calificado, no tendrían por qué actuar distinto en el concierto universal. Pero corren el riesgo de volver a meter la pata, no sólo por mala fe, sino y sobre todo por ignorancia.

Sencillo: los ciento treinta y seis países que se expresaron a favor de Argentina constituyen el nicho sobre el que bandas como las de Paul Singer operan, y no los escasos seis votos que se registraron en contra, que, por el contrario, son asociados en este tipo de maniobras. Una demostración de rebeldía impulsada desde estas tierras que bien puede arrojar dudas sobre la continuidad de estos manejos de indudable talante usuario y especulativo. Ese volumen respaldatorio representa una construcción invaluable de capital político para la continuidad de las negociaciones a las que jamás el gobierno nacional se ha negado, en tanto discurran en las condiciones que ahora ha receptado la legalidad supranacional --y que inspira los instrumentos elaborados para las deliberaciones de 2005 y 2010--. ABC de la política, sumar fuerzas para una duelo cuya resolución final aún está pendiente. La negativa a allanarse a un dictamen irracional no trajo las desgracias vaticinadas.

En suma, se habla aquí de una herramienta. La otra parte la hace la voluntad política. Eso no depende de leyes, pero sin la edificación de estas estructuralidades caería en saco roto. Los contextos definen, pero se puede hacer mucho por cincelarlos.

Cristina Fernández de Kirchner vinculó en su última cadena nacional el desendeudamiento con las inauguraciones de obras, los derechos sociales conquistados durante la última década y en general con toda la obra de gobierno. En definitiva, redistribución del ingreso. Retirando excedentes del sector financiero, que se beneficiaba del orden anterior, que privilegiaba el crecimiento sistémico de los compromisos externos y por ende recibía la mayor cantidad de recursos del presupuesto nacional para sostener esa mecánica. La reversión de esa tesitura es lo que permitió el repertorio tantas veces citado, que se expresa sintéticamente en aquello de que 2% para educación/6% para pago de intereses de deuda, que ahora se ha invertido. Y lo que, a la vez, habilita este final de ejercicio pleno de las potestades presidenciales y de preservación identitaria.

Esta diferencia cualitativa es la de una filosofía antagónica a la dominante a nivel mundial, que se enmarca en la senda que abre el papa Francisco que impacta en igual sentido al de la votación en la ONU como tope al financierismo. Lo que empezó como una bandera casi solitaria, va encontrando, con matices, puntos de contacto que trascienden incluso fronteras regionales, que lentamente vertebra una alternativa a la unipolaridad que emergió de la caída del Muro de Berlín. La promesa de un país cómodo pero no para los dirigentes encuentra aquí una sana excepción para quien quiera aprovecharla.

Si hacía falta alguna demostración de la apuesta a por el triunfo peronista de CFK, desde afuera llegó una, y muy pesada.

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