martes, 29 de septiembre de 2015

CFK en la ONU: proyecciones de una despedida

Es posible organizar la totalidad de los varios asuntos a los que se refirió la presidenta CFK durante su discurso en la ONU en uno sólo de los conceptos que vertió: la desigualdad social es el más idóneo germen de ingobernabilidad.

Cristina fue a los talones del modelo económico dominante, lo que Alejandro Horowicz denomina bancocracia globalizada, que supone elevar al instrumento financiero de rango accesorio a esencial, para vincularlo (en grado de culpabilidad) con las diversas tragedias que por estos días ocupan las primeras planas --y de las que el agravamiento de la situación de los refugiados en Medio Oriente y el norte de África es apenas el último de los ejemplos disponibles--. Se trata de concientizar contra las pretensiones de exponer estos episodios de modo aislado y como producto de insensateces, en vez de ordenarlos en una trama coherente en la que adquieran sentido político.

Tuvo a mano para sustentarse, la jefa del Estado argentino, la historia reciente de su patria, con la pintura del drama de 2001 todavía fresca en las memorias populares, que se deriva hasta la legislación que el organismo de integración votó hace pocas semanas en materia de tramitación de deudas soberanas, cuyo statu quo actual engendra miserias inéditas y peligrosas. 

Y destreza para compaginar su prédica, que no es reciente, en la saga del pos neoliberalismo que acelera los intentos de ampliar sus soportes a partir de la renovada impronta que le imprime el Papa Francisco a la Iglesia Católica, y que adquiere él en particular como referencia geopolítica desde esa singularidad doctrinaria. Idéntico sendero recorren las recientes resoluciones de conflictos de antiquísima data, como el congelamiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, con más bloqueo económico a la isla; o el acuerdo de paz que en breve firmarán Colombia y las FARC, mojones ligados por la impronta alejada del extremismo de mercado que caracteriza a los gobiernos que los impulsan.

En lo que específicamente hace al plano internacional, hay recién la puesta en marcha de un proceso con fines precisos pero cuyos pormenores ulteriores son todavía una incógnita. Sus resonancias locales, en cambio, con el litigio por el segmento buitre de la deuda defaulteada como condición de posibilidad de la subsistencia misma en formato de racionalidad de la economía doméstica, no requieren de mayores explicaciones en cuanto hace a la acumulación de fuerzas que se requiere para encarar una negociación que construya la salida del laberinto. En ese marco, un espacio partidario que se arrodilla al altar neoliberal en el país de origen del jefe del catolicismo universal resulta un extravío estratégico inconmensurable. Así las cosas, no extraña el fracaso del Círculo Rojo en su empresa de consagrar a un artículo surgido de su cantera como Maurizio Macrì.

Es otro capítulo en las barreras que progresivamente va encontrando el establishment para fijar agenda cuando se trata de oponerla a un programa de transformaciones como el que se aplica en Argentina desde 2003, el más profundo en medio siglo de su historia. Las limitaciones políticas de una oposición que no acierta en formular una propuesta alternativa a la vez seria y con capacidad de daño en las urnas, y cuya dirigencia bandea caóticamente en ensayos de articulación de dosis de cambio y continuidad en sus discursos, que varían según el auditorio y complican el proselitismo, define la constante intrusión de la escena pública con cuestiones menores, ajenas a discusiones verdaderamente determinantes que debieran acapararla.

Frente al volumen de lo que se pone en juego en cada uno de los expedientes aquí comentados, en Argentina un sector del escenario da vueltas con las cadenas nacionales y un concurso de preguntas y respuestas al que llaman debate presidencial.

Convenientemente, no sea cosa que por fin tengan que asumir el programa de Melconian, Broda, Espert y compañía. 

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