martes, 25 de agosto de 2015

Venezolanización

Como en ninguna de otra de las celebradas a lo largo de 2015, en la elección a gobernador tucumano las singularidades locales y nacionales que --a la vez-- implica cada uno de estos episodios se confundieron a extremos violentos. Las complicaciones respondieron básicamente a la operación que desplegó la mega entente opositora para evitar que Daniel Scioli hiciera del anunciadísimo triunfo de Juan Manzur una plataforma de relanzamiento de campaña hacia el duelo final de octubre. La proyección es de climas, y aún la gravitación de ello puede ser acotada.

Pero, en concreto, es cierto que el Frente para la Victoria ha visto diluirse una oportunidad, y en cambio a esta hora se encuentra sumergido en discusiones que en circunstancias normales no deberían tener cabida, toda vez que fueron sus adversarios los responsables de enlodar el ambiente.

Dijimos en ABC en Línea, en nuestra columna del último sábado, que lo que resta del ejercicio proselitista pinta cochino. 

No cabe el llanto, sobre todo cuando son propias las responsabilidades de gobierno, y por ende, de parte de la organización del acto en cuestión --lo que incluye predecir desmanes como estos, y repelerlos/sancionarlos--. Valga este comentario, pues, como advertencia. No puede sorprender una quema de urnas de una oposición adiestrada por un tipo que se vanagloria en un libro de haber provocado el suicidio de un adversario (del ecuatoriano Jaime Durán Barba hablamos). Ni puede permitirse el peronismo lucir burlado de este modo. Bastaba con prestar apenas un cachito de atención a la enorme cantidad de porquería que circulaba durante la tarde del acto en las redes sociales, actualmente con sobrecarga de macrismo en estado de emoción violenta. El jefe del gobierno porteño ya había procedido muy parecido en Santa Fe.

En ese contexto, estalla el termómetro de la hipocresía con un relato adversario que se autocalifica vehículo de la reconstrucción de una nueva ciudadanía, ética (que ahora no lo sería). Ya se está amasando una antesala irrespirable para una noche de definición presidencial que promete dejar en vela a todo el mundo. Una ventaja de Scioli más estrecha que la de Manzur, pero que igualmente está cerca de ser suficiente, debe ser leída a la luz de este antecedente: Maurizio Macrì y Sergio Massa han dicho, lisa y llanamente, que desconocen al flamante gobernador electo. Peligrosísimo, aún para los varios zafarranchos que hemos atestiguado últimamente; lo que ya es decir bastante.

Venezuela es un espejo que adelanta: un derrotado que, no aceptando las reglas del juego, pudre todo cuando pierde.

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El resultado tenía matices sabrosos para explorar, que se pierden ahora en la porteñización (sinónimo de berretización) que contamina la atmósfera. El artefacto que sustentó la candidatura de José Cano fue aún más allá del sueño húmedo que el establishment no logró con sus presiones cristalizar a escala nacional. La Unión Cívica Radical, Macrì, Massa, Margarita Stolbizer; todos ellos empujando el carro del George Clooney (versión gasolera) del Jardín de la República. Y hasta un postulante a vice, Domingo Amaya, que ayer nomás era referente del FpV provincial, y que corrió a secundar al vencido, despechado porque el actual gobernador, José Alperovich, designó a Manzur para sucederlo en la primera magistratura de gobierno de la provincia más pequeña. La flexibilidad del estómago del contrato moral es envidiable.

La pretensión de convertir cada elección en batalla final pare desbordes ante desenlaces decepcionantes. Sólo quien acepta la posibilidad de la derrota, y que la política otorga revanchas regulares, puede perdurar en las grandes ligas de este oficio.

Las reelecciones oficialistas y las patinadas de paletas policromáticas han sido regla este año. Tanto como el fiasco de la resurrección territorial que soñaba Ernesto Sanz a través de la alianza Cambiemos, a la que sólo le queda como esperanza Jujuy. De nuevo la rigidez de la aritmética cayó frente a la política, cuya plasticidad le cabe mejor a la interpelación de las complejidades que le compete atender. La progresiva reducción en los márgenes de los éxitos alperovichistas, siendo aún estos holgados, no indican más que la reconstitución de una siquiera mínima (aunque todavía precaria) sistémica partidaria allí. Manzur se enfrentó a una coalición de volumen, su en breve antecesor contó con el hándicap de tierra arrasada a su alrededor; lo que no le quita mérito, más vale. Pero cabe consignar ese dato, tanto como el de, como Balcarce, doce años a cuestas.

Cano y Amaya hicieron un buen papel, tienen horizonte si se desacoplan del desquicio con que se los pretende instrumentar desde CABA. Al punto que su alcalde, a la sazón principal referente opositor, cae como paracaidista a un lugar que desconoce a exigir --así lo dijo-- comportamientos determinados del jefe del Estado provincial. Actitud de soberbia superioridad que atrasa más de un siglo y medio. Ni eso, ni la editorialización de sufragantes esclavizados con que se los describe a más de mil kilómetros de distancia, gusta entre la ciudadanía a cuya convocatoria debe aspirar el hoy diputado radical. Quien, de hecho, vio venir nubarrones nacionales, renunció al sale o sale (su candidatura senatorial), y se reservó para el pago chico.

Eso, tal vez, más la intervención ahora del jefe comunal de San Miguel en esta instancia, explica la menor ventaja de Manzur respecto de la que plasmó Scioli en Tucumán --como en todo el resto del NOA-- quince días atrás.

El Círculo Rojo tiene otras preocupaciones. Y graves urgencias. Constan en balances contables. A eso vamos, para cerrar.

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CFK, tal su costumbre, se anticipó al desenlace tucumano con su discurso en cadena nacional del último jueves.

Hizo entonces alusión al forzamiento extrapolítico de coyunturas contaminadas, de moda especialmente en América Latina. Que durante el kirchnerismo han abundado, en este 2015 alcanzaron climax y que conforme se acerca la hora de la verdad escalan peligrosamente a niveles desconocidos. El caso Nisman, operaciones judiciales varias, la utilización del asesinato de un militante radical jujeño y ahora esto. Todo ello cultiva un caldo crecientemente espeso. Argentina y su litigio con los Fondos Buitre es un tentador imán de aspiraciones intrusivas. Con los ejemplos de las concesiones que hacen tambalear a Dilma Roussef en Brasil y a Alexis Tsipras en Grecia a la vista, demasiado frescos, Cristina Fernández golpea aún de salida, y presentó un proyecto de ley para blindar las tenencias accionarias que el Estado heredó en diversas empresas privadas a partir de la estatización del sistema previsional en 2008. El poder de la gobernanza se disputa con la prepotencia de los hechos.

En el Fondo de Garantía de Sustentabilidad se cifra gran parte de la diferenciación modélica del kirchnerismo. Porque, más allá de un sistema previsional diametralmente opuesto al statu quo ante, y del golpe más duro que ello supuso para el financierismo del que era pilar arquetípico, la entrada a empresas privadas fuerza otra lógica de conducción del desarrollo, que está directamente relacionado con la inversión y el caudal informativo a que desde allí adentro se puede acceder.

(Mariano Grimoldi explica muy bien el nuevo esquema jubilatorio aquí; nosotros habíamos dicho esto en 2012.)

El empresariado argentino, adorador del ocultismo y deseoso de deshacerse de presencia gubernamental en sus directorios, advierte, en la estipulación del requisito de la mayoría agravada (dos tercios de voluntades parlamentarias) que en adelante regirá la posibilidad de reversión de esta política --diseño que replica al de la recuperación de YPF--, como en otros casos similares --actualización automática de jubilaciones y AUH, negociaciones salariales y de salario mínimo regularizadas--, la consolidación de un ciclo que desean cortar de cuajo. La legalidad va colocando todo eso a resguardo de posibles coyunturas adversas, mientras Broda/Melconian/Espert lo ponen en la mira de los consensos que desean dinamitar. 

Y otro tanto el peronismo, que, más allá de dificultades, domina en la mayoría de las provincias del país, y ya ha somatizado la reconfiguración que en adelante le espera, mayormente en la armonía de su heterogeneidad interna. Aún si perdiera Scioli, le sobrarían recursos para resistir. La hipótesis de mínima, entonces, pasa por fragmentarlo o erosionarlo en su capacidad de acción. Una sucesión ordenada conspira contra tal posibilidad, propias de caos como el cierre aliancista, desde el que se facilita el condicionamiento. Han puesto manos a la obra, entre siembra de dudas electorales y agitación del dólar ilegal. Y hasta les sobra tiempo para renovar pedidos de impunidad respecto del genocidio de la dictadura 1976/1983, con llamativa insistencia esta última semana: justo cuando esas balas comienzan a picar cerca de los actores civiles de aquel drama.

Asombra que a esta altura no sea unánime la convicción acerca del riesgo transversal que supone la piromanía.

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