lunes, 27 de julio de 2015

Ministros obedientes: ¿a quién/es?

Mirtha Legrand dijo que el gobierno de la presidenta CFK es una dictadura. Uno duda mucho cuando vomitan de este modo referentes del espectáculo, o de fuera del ámbito específico de la política, si cabe o no alguna respuesta. Por un lado, y por muy pedante que suene, la estatura de la emisora no lo merece. Pero también es cierto que expresa el pensamiento de un núcleo duro, significativo, de ciudadanos que, efectivamente, eso opinan del gobierno nacional. Independientemente del sustento argumentativo.

También resulta complejo, decidido uno a contestar, elegir si lo hace por el todo de tales declaraciones, o bien por alguna de sus partes. Una declaración de repudio en el Senado de la Nación. La falta de respeto a más de doce millones de ciudadanos/as que formaron mayoría en 2011, y a tantos otros que en ése y otros turnos electorales elaboraron el entero paisaje institucional actual. El rastreo de un pasado que demuestra que Legrand trató mejor al genocida Jorge Rafael Videla que a Cristina Fernández. La apelación a la cátedra para contestar que esto pasa, sencillamente, por una afirmación errónea. Donde la subjetividad no cabe. En Argentina existe Estado de Derecho, independientemente de lo que la señora de los almuerzos piense al respecto.

Uno de los, por así llamarles, fundamentos que organizaron tal opinión de Mirtha Legrand, sin embargo, nos terminó de definir a una réplica. Porque sucede que, se reitera, refleja el malestar político y económico de cierto circuito social y cultural --que ella integra-- a propósito los diseños gubernamentales que alumbró el ciclo histórico inaugurado en 2003.

Se quejó la conductora por la obediencia que dispensan los ministros del gabinete nacional a la jefa de Estado en el ejercicio de sus funciones. Si se hace memoria, entre las derrotas del Frente para la Victoria en las elecciones primarias y las generales legislativas de 2013, cuando el rostro del oficialismo estaba al alcance de cualquiera que se propusiera cachetearlo, el presidente de la UIA, Héctor Méndez pidió "un ministro de Economía más fuerte". Dijimos aquí entonces que detras de esa lamentación subyacía la nostalgia del establishment por los formatos con que se tramitó la política argentina entre 1983 y la asunción de Néstor Kirchner como presidente de la Nación. Y en general podríamos extender esa adjetivación a todo gobierno no peronista, excepto el de Carlos Menem. Administraciones aparceladas entre distintos sectores corporativos.

El ministro de Educación puesto por la Iglesia; el de Justicia, por el Colegio Público de Abogados de la Capital Federal; el secretario de Industria, por la UIA; el de Agricultura, por la Sociedad Rural Argentina. Y se podría seguir, largamente.

En definitiva, el drama del poder popular que no lograba realizarse en la legalidad, independientemente de los resultados de las urnas. Los gobiernos que elegían apoyar su legitimidad no en los responsables de su consagración, sino en distintos elementos del poder fáctico que, siendo minoritarios, se imponían por la prepotencia de los hechos a partir de una arquitectura vertebrada a sangre y fuego durante la última dictadura. Cuando fue triturada la capacidad de incidencia política de las masas, a la vez que la de la institucionalidad formal para conmover el statu quo. A eso refieren los reproches a la decisión de buscar funcionarios entre la militancia partidaria, que no en los llamados think tanks: foros que congregan a profesionales surgidos a la luz pública como independiente, pero que en realidad responden a intereses empresariales que los financian. Y desde los cuales surgirían cerebros mejor calificados (lease, no contaminados ideológicamente) para la función pública.

Y esto por no entrar a revisar la funcionalidad de lavarropas que tales agrupamientos cumplen. Un expediente más, entre tantísimos, que desafían al discurso de limpieza ética y republicana de los pregoneros de la necesidad de cambio.

El berrinche por la pérdida de influencia es también el quejido contra el proceso redistributivo más largo de nuestra historia. Cuya instrumentación puede observarse por estos días en el mercado ilegal del dólar. Un epílogo pacífico de CFK como el que se aproxima dificulta la construcción del relato que convenza del apremio transformador con el que ya hasta a Maurizio Macrì le cuesta coincidir, poco taquillero en el marco de un período de realizaciones socioeconómicas profundas. 

En definitiva, el problema no es el acatamiento de los ministros, sino el destinatario de tales conductas. Sobre el final del día de ayer se conoció un video de tres exponentes arquetípicos del tipo de delegados a qué aludíamos arriba. Interpretando las melodías que pretender oír quienes los desarrollan como formadores de opinión. Una exposición útil para concientizar en cuanto a la discusión central que nos ocupa en esta víspera eleccionaria, siendo que entre los protagonistas del documento hay integrantes del equipo económico del PRO. Y que ayuda a comprender lo que podrían ser las desembocaduras de una devolución de las cosas a lo que desde tales vocerías se difunde como su cauce natural.

Nada que no se haya debatido ya, y muy en profundidad, pero a veces sorprenden los modos en que estalla esta tensión.

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