martes, 14 de julio de 2015

El problema son los votos

La interna porteña del frente conservador Cambiemos, que se resolverá a través del balotaje en que se definirá el sucesor de Maurizio Macrì, pese a tratarse de una discusión entre colegas partidarios, derivó inexplicablemente en una crisis política. Y eso que la candidatura de Martín Lousteau fue un movimiento planificado en conjunto por las direcciones políticas de PRO y de la UCR local, que buscó, y consiguió, elaborar a favor del primero mayorías legislativas a través de una división artificial.

Nada grave: el Frente para la Victoria lo hace en algunas provincias; por caso, Santiago del Estero, donde entre el radicalismo (del ex gobernador y actual presidente provisional del Senado, Gerardo Zamora) y el FpV domésticos se reparten bancas que nacionalmente responden en su totalidad a la presidenta CFK. Válido, legítimo, legal: irreprochable.

Tampoco nadie tendría por qué extrañarse tanto respecto de una desinteligencia entre dirigentes de ese rango. La reconfiguración de escenarios que supone el mero transcurrir del tiempo explicaría la voluntad de rediscutir los términos de un acuerdo. Martín Lousteau se entusiasma con plasmar un acompañamiento superior al cosechado hasta ahora. Pasamos, entonces, desde una fase en la que resultaba apenas una pieza en el engranaje que lo excedía, a la actual, en la que cuenta, ya para ambiciones propias, con el respaldo de nada menos que un cuarto de electorado propio, pudiendo adicionalmente argumentar que más del doble de eso es lo que ha decidido la segunda vuelta. Con lo que, encima, lo respalda la ley.

Frente a eso, otra instrumentación. En este caso, la que el establishment se propone del resultado en CABA a favor de la disputa nacional que le espera al candidato que encarna su programa, el actual jefe de gobierno porteño. Que en cuanto a la extraña pretensión de proyectar mecánicamente votaciones distritales al plano federal, no ha podido exhibirlos ni allí, ni tampoco en Santa Fe ni en Córdoba. La UCR triunfadora en Mendoza lo dejó salir en la foto, pero de costado.

No hace falta mayor abundamiento, así las cosas, acerca de la confluencia, apenas maquillada, PRO/ECO, denunciada por el FpV porteño durante toda la campaña. Hipótesis que organiza su postura para el turno decisivo.

* * *

El problema surge cuando se verifica el grado de intervención que las formaciones opositoras han habilitado a las distintas sucursales a través de las que se expresa el Círculo Rojo. Desde donde han surgido presiones abandónicas al ex ministro de Economía de CFK que deberían sonar inverosímiles... salvo que uno haya prestado atención --apenas un cachito-- a lo que es la discusión pública argentina, siendo suaves, desde que en el año 2008 estalló el lock out de las cámaras patronales agrarias contra las potestades regulatorias del Estado nacional. Se trata de una contradicción histórica, y ya a esta altura deberíamos decir insalvable, entre el poder democrático y las voluntades minoritarias del bloque de clases dominantes.

Que en esta cuestión específica se expresa en la suposición de que no debe existir ningún otro interés que el del barrido de cualquier vestigio de kirchnerismo del gobierno nacional, con más el escarmiento del caos como formato de salida del poder, a los fines de advertir a cualquier sucesor que fuere en relación a posibles veleidades autonomistas. Como las de Lousteau y el nosiglismo hoy, que de todos modos no alcanzan para denunciar a los autores de la coacción apenas comentadas, como bien solicitó Mariano Recalde, en beneficio de la transparencia democrática. Allá ellos quienes han alimentado el Frankenstein.

Estas pulsiones chocan con exponentes como los Rodríguez Saá en San Luis, el MPN en Neuquén, De La Sota --aunque en mucho menor medida-- en Córdoba, y ciertos desobediencias tácticas que se ha permitido incluso Macrì en cuanto al diseño de la propuesta que lo sustentará en los comicios venideros. Ninguno de los cuales, sobre todo los caudillos provinciales, entienden obligatorio resignar el aporte que puede proveerles la significación nacional --más allá de los servicios de oposición, muchas veces acérrima, que allí prestan-- a sus construcciones comarcales. Más allá de las dificultades --de sobra tratadas aquí durante este año-- que aún el allanamiento a las mega concertaciones supondría per se, a propósito de los cuello de botella subnacionales que, vía el darwinismo, restarían mano de obra al sufragio opositor.

Al final del día, nadie, como bien explicó Manolo Barge, se cree mucho los delirios republicanos de Morales Solá y Carrió sobre batallas finales entre ética y populismo, y ofrecen, máxime, negociaciones. Dando y recibiendo, porque saben que la huella democrática no se termina mañana, ni pasado tampoco. Incompatible con la desesperación que experimenta el statu quo.

No debería extrañar, siendo que aún al papa Francisco se han permitido señalarle el rumbo que debiera perseguir. No cierran a ese esquema, en definitiva, los ejemplares que apoyan su existencia política en el elemento popular.

Estas solas insinuaciones supondrán desbarajustes desagradables para la institucionalidad por todavía mucho tiempo más.

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