miércoles, 22 de julio de 2015

Cristina y Francisco: los contornos de un acuerdo

El último 9 de julio fue significativo para Argentina más allá de los festejos por el 199º aniversario de la sesión del Congreso de Tucumán que declaró la independencia nacional.

Un discurso que sonó fuerte en Bolivia sirvió para recordar que es permanente la necesidad de profundizar las discusiones en torno a la noción de autonomía. Las amenazas que se ciernen alrededor de este asunto se reactualizan incesantemente, y en la era de la bancocracia globalizada están adquiriendo formatos especialmente complejos y feroces con velocidad. Nuestro país puede dar cuenta de ello a partir del litigio que sostiene con los Fondos Buitre en los tribunales de Nueva York, cuya resolución debe constituir el eje central de la discusión pública toda, dada su potencialidad para revertir el proceso de desendeudamiento, viga maestra de cualquier proyecto de desarrollo y bienestar que se quiera imaginar.

Las palabras que pronunció el papa Francisco en el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares celebrado en Santa Cruz de la Sierra, y en general la totalidad de la doctrina que elaboró desde su consagración en la silla de Pedro, se han convertido, por el peso específico concreto y simbólico del emisor, en la contradicción de mayor peso que se plantea al discurso neoliberal que hegemoniza los escenarios mundiales desde hace más de dos décadas.

Cuando Jorge Bergoglio fue ungido, no pocas voces se alzaron con dudas acerca de una potencial maniobra de la jerarquía católica universal en función del surgimiento en Sudamérica de una mayoría de gobiernos que impugnan la dominancia del mercado, por tratarse ésta de la única región fielmente comprometida como bloque que le queda consigo a la fe cristiana, en medio de la crisis de representatividad y convocatoria que actualmente sufre. Una iglesia que desde el asesinato de Juan Pablo I para acá acompañó con entusiasmo la miserabilización humana planificada no podía esperar resultados distintos.

Así, la popularidad que cosechan entre los sectores humildes de sus respectivos países Néstor y Cristina Kirchner, Lula, Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa podían perfectamente encastrar en ese cuadro de situación, ocupando un vacío. La física de la política.

Para el caso, poco importa si alguien imaginó un diseño tal en el Vaticano. Lo que interesa a los efectos del análisis es que no sucedieron así las cosas. Muy por el contrario, Francisco y sus pares de la Patria Grande --como todos ellos gustan decirle-- han activado sinergias a partir de sincronías que surgen evidentes con apenas escucharlos hablar a uno y otros.

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La creciente sintonía entre Cristina Fernández y Francisco genera resquemor en ciertos segmentos del Frente para la Victoria. Los ajenos a la tradición peronista. Las ligazones justicialistas con la doctrina social de la Iglesia se remontan a su génesis misma.

Hay dudas, acéptese que atendibles, sobre el futuro de la agenda de derechos civiles. Que, como tantas otras, avanzó enormemente durante la última década (matrimonio igualitario, identidad de género, fertilización asistida, fallos de Corte Suprema de Justicia que desincriminan el consumo personal de estupefacientes y --en parte-- el nuevo Código Civil y Comercial de la Nación), pero que aún tiene asignaturas pendientes (instrumentar en ley las sentencias del máximo tribunal referidas, otros aspectos del nuevo Código y, obvio, aborto).

Conviene, ante todo, entender que las fricciones de los primeros tiempos del kirchnerismo con el entonces cardenal Bergoglio no se debían a ninguna singularidad del jesuita, que en todo caso es de lejos lo más potable que se puede encontrar en uno de los cleros más conservadores de Latinoamérica. Lo que posiblemente le recortara márgenes de acción de un modo que hizo parezca ahora que gira quien en cambio encontró espacio para avanzar.

Querellas como las que se han producido a partir de la elaboración de los protocolos que instrumentan los casos de aborto no punibles definidos jurisprudencialmente, y nuevas sentencias, como la que convalidó la así llamada muerte digna en determinadas circunstancias, sirven para tranquilizar en este aspecto. Cuando, además, esta semana el gobierno nacional contestó con fuerza a los disparatados números que sobre la situación socioeconómica argentina difundió la UCA, dejó en claro que no resigna agenda ni gobernabilidad.

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El concepto de relación de fuerzas alude a la posibilidad (o no; mayor o menor) de insertar el curso de acción propio en un contexto determinado. Desde que se confirmó el fallo sancionatorio del juez neoyorquino Thomas Griesa contra Argentina, CFK decidió que ese dilema se convertiría en la columna vertebral de la cosmovisión que inspira a la fuerza política que conduce y eje organizador del clivaje fundamental de la competencia partidaria. No sólo porque es el que con mayor eficacia puede ilustrar acerca de las diferencias entre su espacio y los adversarios, sino, se insiste, debido a que es de veras un expediente comprometedor.

Desde entonces, se aceleró la reconfiguración de la geoestrategia nacional. El avance en los vínculos con China y Rusia tiene por objeto contribuir a la construcción de un polo de poder alternativo al que enmarca gestiones de deudas soberanas como la que estalló aquí a fines de 2001 y que hoy recorre una traza similar en Grecia. Más allá de lo que Alexis Tsipras decidió (o, mejor dicho, evitó) hacer con el respaldo que le otorgaron las urnas helenas, el antecedente del recurso al respaldo popular queda. E inquieta en algunos despachos.

La penalidad impuesta a Argentina por Paul Singer supone un escollo eludible sólo a través del egreso, liso y llano, hacia otro esquema que pueda proveer las divisas necesarias para el funcionamiento de la economía, correspondiente con la nueva fase productiva internacional a partir de la irrupción de las potencias emergentes. Una apuesta de larguísimo plazo. 

El entendimiento con Francisco opera en ese plano. Suma a favor de la posición argentina contra los acreedores hold out, en principio. Y mirando más ampliamente, respalda un espíritu distinto de administración financiera, tópico central en el alegato de cambio que agita el Santo Padre. Perderse una alianza de semejante calibre --cuya viabilidad es elemental, teniendo en cuenta las coincidencias reseñadas--, sabiendo la encrucijada que hay por delante, implicaría sencillamente renunciar al fortalecimiento de la caja de herramientas.

No parece ser tesitura de la presidenta de la Nación el suicidio en aras de la pureza. Una inteligencia idéntica ha guiado el cierre electoral del FpV en Daniel Scioli como método para asegurar continuidades: no todas, probablemente; pero de otro modo habría sido ninguna.

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Gobernar es priorizar, se ha dicho. Conducir requiere destreza en el arte del manejo de los tiempos. Como en el fútbol, la aceleración muchas veces se consigue de otro modo que sólo corriendo. La capacidad de progresar y trascender impone reconocer la existencia de otros actores, en concurso con los cuales se facilita la construcción de puentes que permitan resolver acertijos y cambiar de pantallas. Francisco es jefe de magnitudes humanas de dimensiones superlativas; y su mensaje, un viento que empuja la nave argentina en aguas encrespadas.

En caso de duda, un Jauretche básico, leído en conjunto con el empeño que dedican la prensa del establishment doméstico a tergiversar al Papa, y la extranjera a descalificarlo como marxista/populista; sobran para entender la conveniencia de contarlo entre los propios.

En última instancia, Perón enseñó que sólo con los buenos se es minoría, que no vencen.

[Publicado originalmente aquí: http://abcenlinea.com.ar/cristina-y-francisco-los-contornos-de-un-acuerdo/]

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