lunes, 22 de junio de 2015

Unidad y organización en la hora sucesoria

El sábado último se completó la fisonomía del Frente para la Victoria para el turno institucional 2015/2019. Que será matizada por la renovación legislativa 2017, y que significa para el peronismo la excepcional situación de tramitar un recambio presidencial de modo pacífico hacia su interna; y para su fase kirchnerista, el desafío de insertarse, como segmento importante del espacio nacional y popular, en un cambio de pantalla que conjugará a la vez elementos de continuidad y otros de ineludibles mutaciones que, inteligentemente operadas, pueden perfectamente resultar no traumáticas, sino, y por el contrario, muy provechosas para el programa transformador inaugurado en 2003. Una transición en paz alumbra un candidato que a ello cuadra.

La conducción que hizo la presidenta CFK de este operativo implicó la compatibilización de tendencias, modalidades, culturas y biografías que alberga el universo peronista, sobre la base de un criterio orientador simple: equilibrio en las relaciones de fuerzas, expediente imposible de perder de vista a la hora de la construcción de mayorías aptas para trascender en la legalidad en que se reflejan. En definitiva, de sumar en función del objetivo se trata esto. Que supone, al mismo tiempo, la obviedad de impulsar el dispositivo que encabeza hacia el triunfo, tanto como el reparto de cargas que eso requiere y el consiguiente reconocimiento de la calidad de socios de los varios jefes territoriales con capacidad electoral que componen el FpV-PJ.

A los postres, incluso los departamentos más refractarios al gobernador bonaerense terminaron, tal lo mayoritariamente observado en estas horas, conformes con las definiciones elaboradas, presumiblemente porque no terminó cuajando como atractiva la idea de perder pero con lo propio. A la vez, el marco que promueve la oferta efepeveísta termina por tranquilizar a quienes dudan/dudaban --no es ni ha sido nunca nuestro caso-- acerca de las peculiaridades del ex motonauta, toda vez que son más definitorias de una serie histórica esas estructuralidades que los individuos. Los nombres y apellidos más relevantes del Poder Ejecutivo, de su bloque legislativo y los referentes subnacionales transitarán sobre un aparato común hacia el veredicto soberano, en una propuesta en que se comprometen todos, y cuyos beneficios serán por ende distribuidos.

En paralelo a que coopera con la victoria de sus compañeros, Cristina Fernández obtiene los porotos que le reservan una silla en la mesa de poder futura. La nominación presidencial Daniel Scioli-Carlos Zannini, así las cosas, es la punta que sintetiza un ovillo complejo pero ordenado, en tanto procesó con profesional espíritu pactista la diversidad característica de esta familia.

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Tanto el general Perón en 1974, cuando dijo que su único heredero sería el pueblo; como Cristina Fernández, un mes antes de los cierres, al depositar en la enorme multitud que la oía con grado de atención superlativo en Plaza de Mayo la responsabilidad de orientar el rumbo del próximo período (lo que se debe leer en combinación con su discurso del Día de la Bandera, en que destacó el valor de la sujeción del gobernante a su representatividad como sustento decisorio), explicaron sencillamente que los diferentes episodios en la vida institucional de un país significan modificaciones en los formatos de acción política, pero que en modo alguno eso debe entenderse ineluctablemente como rectificaciones de raíz.

Argentina no enfrenta hoy, afortunadamente, la amenaza que entonces representaba el partido militar con su pistola siempre cerca de las sienes de la democracia. Claro que los retos para el poder que emana de las urnas se reconfiguran, pero la herramienta del recurso plebiscitario adquiere renovada relevancia en esta instancia, si el dirigente se decide a articularla.

Daniel Scioli, al resaltar la dimensión de liderazgos como los de Néstor Kirchner y la presidenta de la Nación, habilita a suponer que entiende estos asuntos. Esa manifestación, reveladora de inteligencia, es destacable. 

E igualmente su aceptación del rol complementario que le cabe en tal arquitectura: algo que no imitó Florencio Randazzo, pese a sus constantes apelaciones a la sustancia colectiva que anima al ciclo cuya representación más auténtica él declamaba ser. Hasta que se perfeccionó el trato que desde la conducción se aspiraba a enmarcar a través de las PASO sin necesidad de celebrarlas. Con lo cual, en lo sucesivo, la prioridad pasaba a ser instalar con tiempo la centralidad que la polarización con Maurizio Macrì debe ocupar en el debate. Con su abandono, el chivilcoyano mezquinó funcionalidad en la tonificación del elenco que integra, en perfecta sintonía con lo que fuera su breve precandidatura, que gestionó en dirección hacia el purismo, expulsivo o por lo menos incapaz para la suma; mientras Scioli terminó incorporando incluso a quienes le desconfiaban. 

La política bien entendida estuvo, en definitiva, donde se la acusaba ausente. Scioli labró un perfil diferenciado no contradictorio con el de la jefa del Estado, singularidad que lo hace un atractivo electoral considerable. Una ruta alternativa potente para encarrilar la continuidad. Randazzo, a partir de sus méritos de gestión --en especial los ferroviarios, que alojaba cables de tensión--, contaba con razones de peso similares en su CV. Pero eligió relegarlas.

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De la repetida alusión que se viene haciendo --en cualquier lugar que se proponga comprender los nuevos tiempos-- en referencia a la territorialización de la política como nueva etapa del sistema de partidos en Argentina, debe necesariamente derivarse una resignificación de la tipología de conducción política. CFK varió sus ritmos de, digamos, autonomización respecto del PJ dependiendo de las circunstancias, sin tener nunca en el horizonte nada ni parecido a una ruptura total. Nada que deba extrañar, no se puede pretender que un dirigente prescinda del toreo que pueda proveerle de mayores márgenes.

Entre las postulaciones parlamentarias hay varios gobernadores que exceden temporalmente a la experiencia kirchnerista, pero que se identificaron comprometidamente durante el largo capítulo en que el peronismo se ha reconciliado con sus banderas históricas. Una analogía futbolera puede auxiliar: suele repetirse en el análisis del balompié que los equipos con mayor garantía de éxito son aquellos que combinan la veteranía con la juventud, conectadas por una gruesa línea intermedia (27/28/29 años en ese negocio). El FpV-PJ tendrá de lo primero entre sus candidatos (José Luis Gioja, Luis Beder Herrera, Nilda Garré, Julio de Vido), es el único sector que se propone lo segundo (Máximo Kirchner, Wado de Pedro, Axel Kicillof, Mayra Mendoza, Diego Bossio) y se caratula con un binomio que combina todos esos elementos, pues se trata de dos individualidades con recorrido, edad promedio y capacidad para acoplar las piezas del artefacto. Un caldo que se cocerá entre varios.

El coctel expresa una perspectiva exitosa, porque fue eso lo que indujo hacia la confluencia y porque las primeras reacciones posteriores de la intelligentzia adversaria a estos anuncios ni siquiera alcanzó a la furia: más bien, se nota una llamativa (casi) resignación, pues lo que se verifica en los armados es una persistencia que se resiste a abandonar la disputa.   

Así, el cierre más pacífico que se recuerde en años autoriza a ilusionarse con prolongar una etapa feliz del peronismo. 

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