miércoles, 17 de junio de 2015

Scioli-Zannini: buenos, pero muchos

"Los hay ortodoxos, los hay heterodoxos; los hay combativos, los hay contemplativos... pero todos trabajan."
(Juan Domingo Perón)

"Hay que rodear a Marcelo [Torcuato de Alvear]."
(Hipólito Yrigoyen)

Este comentarista había terminado de leer, justo en la mañana de ayer (esas ¿casualidades? de la vida), La maldición bonaerense. Por qué los gobernadores de Buenos Aires no llegan a la Casa Rosada.

Rosendo Fraga --tal vez lo más lúcido con que cuenta el pensamiento conservador en Argentina, por no decir que lo único-- intenta allí explicarse por qué los jefes de ese Estado provincial, desde que se constituyó la actual configuración nacional con la reincorporación del territorio a la Confederación y el triunfo de Bartolomé Mitre en las primeras elecciones presidenciales celebradas a posteriori de ello, llegaron a la presidencia de la república por vías democráticas y legales regulares.

Entre varias razones específicas de cada caso en particular, Fraga destaca dos cuestiones históricas que se han reiterado casi a modo de patología a lo largo de más de un siglo y medio: primero, que por tratarse del distrito más populoso del país, el presidente de la Nación y el mandamás bonaerense siempre han derivado hacia una competitividad conflictiva, por supuesto que agravada en caso de compartir pertenencia partidaria; y por otro lado, las provincias del mal llamado interior siempre se combinaron para encuadrar a la más grande, equilibrándose así el desnivel que su tamaño per se supone.

Domingo Mercante, entre otros, padeció lo primero, cuando se enemistó con el general Perón. Antonio Cafiero sufrió lo segundo, pues aquel Frente Renovador, el original, sucumbió saboteado por el resto de los caudillos locales de entonces.

Eduardo Duhalde intentó corregir la desconfianza federal a través de la promesa de constituir su gabinete ministerial con mayoría de ex colegas: los mendocinos Rodolfo Gabrielli y Arturo Lafalla y el santafesino Jorge Obeid, sólo por citar algunos. Pero, como bien se recordará, llegó a su candidatura llevándose a las patadas con el presidente saliente, su para colmo compañero justicialista Carlos Menem, de un modo que pocos otros antecedentes similares recuerdan.

Daniel Scioli, quien se propone quebrar el hechizo como parte de una carrera en la que se siente predestinado, es, se sabe de sobra, el preferido de la actual mesa de gobernadores peronistas, que a fin de cuentas eso es el PJ, analizado desde una de las perspectivas posibles. Y, además, siempre ha dedicado descomunales esfuerzos a cultivar su relación con la presidenta CFK. Tanto, que eligió como su candidato a vicepresidente a un alter ego de la jefa del Estado, Carlos Zannini.

Que la Historia nos ilumine en la comprensión del presente. Para eso está.

* * *


"Cuando tengo una duda, me acuesto pensando en eso; si cuando me levanto persiste mi duda, leo La Nación y hago exactamente lo contrario.” 
(Arturo Jauretche)

"La acción electoral es cuantitativa. Lo cualitativo es la acción de gobierno."
(Juan Domingo Perón)

La política requiere de destreza en el arte de maniobrar relaciones de fuerzas. Y en cuanto a lo que aquí nos ocupa, y dicho sencillo, implica el reconocimiento recíproco que hacen Cristina Fernández y Scioli de la dificultad de progresar competitivamente con prescindencia del otro. En las ya incontables veces que aquí hemos escrito acerca del ex vicepresidente de Néstor Kirchner jamás nos apartamos de la obvia sensatez de reconocer su condición de parte del proyecto político inaugurado en 2003.

Ningún drama debería deducirse de la candidatura de Scioli, decíamos el año pasado. Eso según determinadas condicionalidades: que la postulación resultara ser también la de los sectores más --según cierta jerga-- puros --que no debe confundirse nunca con purismo, sectario por definición-- del Frente para la Victoria; que ese diseño mezcle pacíficamente con una oferta taquillera; y comprender que el marco programático debe en gran medida resultar de un ejercicio político previo, a desarrollarse en el día a día, dinámica cuya responsabilidad CFK depositó en los segmentos que se expresaron masivamente más de una vez en el último tiempo como síntesis de esa fortaleza comparativa. La convocatoria a Zannini termina, conteniendo todo eso, de cerrar la continuidad de un acuerdo potente. El ex navegante a motor abarca a los sectores cuya biografía excede el capítulo en curso, que no resienten la representatividad kirchnerista determinantemente.

Basta con tener a mano la edición del día de la fecha del diario La Nación, en especial la columna de Joaquín Morales Solá, más un Jauretche básico, para constatar este diagnóstico. O con leer el saludo que dedicaron los mercados a la novedad.

Se agotó, con este gesto de Scioli, la funcionalidad de Florencio Randazzo en la interna del FpV-PJ, que por cierto la tramitó con llamativa deficiencia para lo que incluso desde aquí se creyera inicialmente que podría haber aportado el ministro. Quien, a la vez que el pacto a que se termina arribando, debía sumar el atractivo de una disputa voluminosa, en buena medida a partir de su comprobada capacidad de gestión, cóctel que debía adicionalmente arrimar nuevas voluntades a la boleta oficial. El oriundo de Chivilcoy, sin embargo, prefirió subordinar sus méritos de trabajo en el debate, que en cambio condujo hacia el encierro. Eso lo detuvo en su escalada, que alguna vez pudo ser atendible, y lo desvío del rol que se le asignara.

Instalada ya inconmovible la polarización en el escenario electoral, la utilidad del artefacto PASO se resintió sensiblemente, pues no existiendo ya mayor espacio para matices entre la continuidad y el cambio --pregunten, si no, a Sergio Massa--, el marco para la negociación perfeccionada por CFK y DOS se abrió de todas formas, sólo que por una ruta distinta a la en principio imaginada. Tanto da. En última instancia, lo importante ahora pasó a ser el engrose de la electorabilidad de la fórmula, instalandola con tiempo suficiente, para evitar lamentaciones posteriores por migajas como sucedió en la elección santafesina del domingo último con Omar Perotti, quien quedó en el umbral, porfiando desde atrás en todo sentido. 

Y vaya que se ha captado la lección. Habrá más para decir, pero el carro ya se echó a andar. Y los melones se acomodaron; solitos, nomas. 

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