lunes, 4 de mayo de 2015

Reflexiones en la primera posta

Hemos venido recomendando hacer observación de los movimientos ajenos como elemento orientador para la comprensión del estado de situación propio.

El intento de construcción de un clima electoral favorable a los vientos de cambio que el establishment desea que soplen en la política argentina es todo cuanto se proponen desde esos sectores como análisis del pack de provincias que se han expresado en las urnas durante el mes de abril. Subyace allí un reconocimiento acerca de las dificultades que supone la extrapolación mecánica de esos resultados hacia geografías ajenas. La atmósfera porteña --que se quiere hacer pasar por definitoria de lo nacional por razones culturales e históricas que exceden el objeto de este texto, las mismas que invariablemente han impedido concretarlo-- es la piola con que pretenden arrastrar a la dirigencia opositora a sus antojos.

Y sin embargo, ello no se corresponde con los movimientos que se observan en los campamentos opositores, en teoría triunfantes en dichas contiendas. En ese marco, lo que se juega entre el Círculo Rojo y sus adyacencias, en cada debate sobre elecciones distritales, es la mayor o menor contaminación con que se aspira a intrusar las distintas tácticas partidarias. En detrimento del análisis particular de las distintas realidades que desembocan en cada sufragio. Elisa Carrió pidió el voto para Martín Lousteau fundada en la necesidad de que apareciera tercera La Cámpora; ergo, nacionalizando la votación. A confesión de partes, relevo de pruebas: admitió así que el de ECO no es un duelo franco. 

De hecho, comparten el paraguas amarillo bajo el que Ernesto Sanz y Coty Nosiglia --cerebros detrás del que fuera primer ministro de Economía de Cristina Fernández-- guarecen a la desvencijada pero pertinaz y todavía útil Unión Cívica Radical. Tuvieron éxito allí. Sin embargo, no consiguen coordinar cada secuela local en sentido unívoco.

Un tweet de Coronel Gonorrea, la noche del comicio santafesino, por una vez adquirió rango de seriedad conforme el devenir de los hechos transformó una denuncia en realidad. Decía: “Lo que importa es ir 5 puntos arriba en el prime time del conteo. Al día siguiente, ya nadie se acuerda de la elección.” (La cita no es textual, vale decir). Los diarios de la mañana siguiente, despreocupados --por decirlo con suavidad-- de las modificaciones en el escrutinio mendocino, donde para esa hora la ventaja inicial de la megaconfluencia opositora se había reducido desde los 25 puntos iniciales de la apertura de urnas a escasos 4, confirmaron que esa humorada devino tesis. Y las cifras, estas sí incuestionables, de las PASO en Ciudad Autónoma de Buenos Aires --mejor dicho, el relato que se armó a partir de allí-- es parte de la misma hoja de ruta en comentario.

En ninguna de las variantes surge mayoritariamente un testimonio de rechazo a CFK, lo que dispara angustia enfurecida. Cuando se despeja la humareda y se estudian los datos duros (en todo sentido de la palabra), emerge con claridad la magnitud de una operación dirigida a ninguna otra cosa que a incentivar una sensación de ganabilidad que tiene poco de sustento.

Siendo que, como bien dijera el ingeniero Néstor Sbariggi en Twitter, hace pocos días, “sin expectativas, los votos se piantan”.

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CABA representa apenas 8,5 votos de cada 100 nacionales. Y eso siempre que haya presentismo total, un imposible que se acentúa en la capital del país. Entonces, suponiendo que se pudiera reflejar mecánicamente el caudal ‘Larreta+Michetti’ por entero en la candidatura presidencial de Maurizio Macrì, y aún si se añadiera a ello la cosecha de su evidente colectora ECO, el jefe del gobierno porteño estaría sumando apenas alrededor de 3,5/100 votos a nivel federal. Sólo por comparar proporciones, habiendo sido derrotado y todo, en 2013 Martín Insaurralde realizó 13,5/100 votos nacionales en provincia de Buenos Aires. No es descendiendo a esa precariedad, pues, que las oposiciones lograrán elaborar su mejor paisaje.

La dimensión nacional se constituye a partir de la articulación de minorías --en este caso, las distintas expresiones comarcales-- en un dispositivo común. Y a tal fin, el Frente para la Victoria cuenta con el PJ como herramienta aglutinante.

El kirchnerismo no consigue darse una expresión competitiva en la capital del país, ni tampoco en Santa Fe ni en Córdoba, debido a su incapacidad para plasmar una diferenciación --no contradictoria, por supuesto-- que atienda a lo específico de esas discusiones sin la referencia a las disyuntivas nacionales como exclusiva proposición. Los representantes de la jefa de Estado no consiguen, así, calcar la imagen positiva de ella en cada sitio, que supera sus sucesivos rendimientos. Se trata, como dijo Gerardo Fernández, de comprender que no siempre hacer política pasa por llevar cloacas y asfalto, sencillamente porque hay ciudadanos en determinados lugares que ya cuentan con eso. Lo que debería interpretarse como la necesidad de encontrar un modo de ofrecer desde la política razones atractivas a gente que no necesita del Estado en su vida.

Menudo desafío, ése, siendo que el kirchnerismo coloca a la acción del Estado como eje principal de su cosmovisión política.

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Una observación al desastre de los cómputos en Santa Fe ilustra acerca de las dificultades que sufre la oferta opositora para adquirir competitividad, que deriva en el llamamiento casi desesperado a replicar el modelo mendocino de una arquitectura opositora amplia como único remedio para enfrentar el desafío de agosto/octubre, que no cuaja con la lectura derrotista con que, a la vez, han toreado al kirchnerismo a partir de sucesos provinciales que en poco se diferencian de la tendencia, ya verificada en 2011, a la revalidación de los oficialismos de distinto signo. De hecho, la misma fórmula que, según Lilita Carrió, acaparó 70% de los votos porteños (en un reconocimiento implícito del carácter testimonial de ECO), a la misma hora, en Neuquen, redondeaba a duras penas cincuenta puntos menos, con el FpV más cerca que nunca del eterno vencedor MPN.

El enchastre estuvo básicamente motivado en las desinteligencias internas del entendimiento PS/UCR/CC que gobierna Santa Fe desde hace ocho años, con resultados tan pésimos como los de su predecesor Carlos Reutemann, hoy en el PRO. 

Santa Fe ha crecido por debajo de la media nacional en ocho años fabulosos en términos de intercambios comerciales externos para la agroindustria y el Estado ha sido intrusado por el negocio del narcotráfico, no por deficiencias administrativas en el combate del delito, sino, y peor, por connivencia con las estructuras mafiosas.

La perspectiva de una gran tarea de Omar Perotti, con el liderazgo de Miguel Del Sel consolidado, visibiliza más crudamente el debilitamiento electoral del Frente Progresista Cívico y Social gobernante, único sostén del acuerdo, que ya venía resentido en su pata radical –dada su incapacidad sistemática de perforar allí la predominancia socialista--, y cuya vigencia, por ende, queda en adelante carente de incentivos. Drama que se potencia a raíz de la decisión de la convención nacional radical en Gualeguaychú de apostar a Macrì, en el contexto de la impotencia de los restos del progresismo en tal instancia y de la demanda de funcionariado que abre la hipótesis de un gobierno de Del Sel --y las consecuentes listas legislativas nacionales--, todo lo cual genera el contexto propicio para que muten las alianzas en la patria chica de Estanislao López.

Dadas las coordenadas que le tocaron (la debacle del peronismo santafesino luego de la experiencia reutemista, el impacto negativo en lo local del despliegue nacional de Agustín Rossi y lo inexplicable de las actitudes de la hermana de Marcelo Bielsa que llevaron a arrancar tardísimo la campaña), Perotti redondea un excelente desempeño. 

Pero es una siembra de cara a 2019, a refrendar en un par de semanas, y con su recorrido durante los próximos cuatro años.

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En este panorama, pues, parecería emerger con mayor volumen la arquitectura de Macrì que la de Sergio Massa, salvo por el detalle para nada menor de PBA, que concentra más de 40 puntos (ponderando presentismos inter distritales) de electorado nacional. Allí el ex intendente de Tigre todavía retiene fuerza significativa, aunque cada vez menor. 

La complementariedad con las fortalezas y carencias del Frente Conservador (PRO/UCR/CC) inspira las súplicas pactistas, que de todos modos no resolverían la ventaja del FpV, dada la pertenencia peronista mayoritaria del Frente Renovador y de sus votantes, que fugarían naturalmente de regreso hacia el kirchnerismo en el supuesto de un convenio opositor masivo. Por otro lado, el cuello de botella dirigencial que semejante amontonamiento supondría vuelve más atractiva la posibilidad ir a pelear lo propio a las urnas, por escaso que sea, a confundirlo en una repartija tirada de los pelos. Lo desparejo de los encuadres entre resultados distritales y alianzas nacionales desespera a quienes intrusan los quinchos dirigenciales suponiendo que en política, como en las matemáticas, dos más dos son cuatro. A favor de Macrì porque significaría el país atendido por sus propios dueños, con la desaprensión propia de quien se guía por sus deseos que no por la realidad.

Todo modo, el marido de Juliana Awada solucionó la dificultad que lo amenazaba en cuanto a bajar la definición gualeguaychense de la UCR a los territorios. Los radicales que aspiran a gobernar sus provincias, y que rechazaban el formato de alianza nacional porque --creían-- ponía en riesgo sus armados particulares, porque entienden que para derrotar a los distintos peronismos deben replicar el esquema adversarial mendocino, van, de a poco, anunciando que compensarán en reciprocidad a Macrì en las presidenciales a cambio de que el PRO baje a sus hombres en Jujuy y Tucumán, entre tantos. 

Esto como consecuencia de las jugadas defensivas de Massa, quien, golpeado, retrocede para, al menos, conservar lo suyo. Esperando sabe Dios qué, pero no es equivocado eso a los fines de negociar luego desde posición respetable.

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Luego de una primera tanda en la que recibió una paliza tras otra (Salta, Santa Fe, CABA), o bien estuvo ausente o en rol secundario (Neuquen, Mendoza), el despiole interno del massismo terminó de desmadrarse, lo cual se expresó en tres giros tácticos en menos de quince días: desde mendigar una gran interna opositora a la posibilidad de bajar a la PBA pero con boleta corta, para, finalmente, terminar en una mini alianza con el cordobesismo de José Manuel De La Sota. En el supuesto de un rendimiento bonaerense que ya no es tal, que sumado a los buenos registros de Gallego en su tierra alcanzarían para ganar un lugar en el balotaje con el peligrosamente trabajan todos como hipótesis ineluctable (así fue también en 2011). 

Es un error dar por segura una segunda vuelta, tanto como la inevitabilidad de la derrota oficialista en tal caso, que se basa en suponer un 70% antikirchnerista irreversible que sólo surge de las dudosas extrapolaciones antes referidas, haciendo a un lado los fundamentos de cada caso en específico. Cuando los diagnósticos son inexactos, las planificaciones van al naufragio.

En ese sentido, le convendría al esposo de Malena Galmarini que el ex pre candidato a vicepresidente de Antonio Cafiero, en 2011, una semana después de conseguir su tercer mandato como gobernador con el 42% de los votos, sufrió una derrota fortísima de sus candidatos a diputados nacionales, sextuplicados por los que acompañaron entonces la boleta de la presidenta CFK. Lo que no extrañaba, habida cuenta de lo extremadamente alambrado de la propuesta delasotista, un espacio al cual el kirchnerismo le aportó una fracción propia que, aunque menor, le resultó siempre decisiva para extender su vigencia local. El propio DLS reconocía eso al buscar kirchneristas como candidatos a vicegobernador.

Massa no debería perder de vista que esa sociología se ha quebrado con la postulación efepeveísta de Eduardo Accastello. Para proyectar con mayor precisión lo que, conjetura, podría aportarle De La Sota, y, más importante, para comprender que las motivaciones del mediterráneo para acordar con él tal vez respondan más a embrollos domésticos que a aspiraciones presidenciales auténticas, tal como le sucedió ya con los radicales que creía conducir vía WhatsApp desde Nordelta.

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Al final del día, el kirchnerismo cuenta con la subsistencia del dibujo que mejor le sienta: una polarización sui generis con el PRO; con la discusión con Macrì como negocio principal, pero sosteniéndose Massa en juego a favor del gap necesario que induzca al voto peronista del FR hacia el FpV, para jugar a ganador, entre agosto y octubre. Ahora bien: no obstante estas potentes apoyaturas, conviene insistir en que los porotos son apenas manifestaciones de razones mucho más profundas y complejas --de aprobación-- que explican la fortaleza del kirchnerismo, como lo son las de la continuidad del PRO en Ciudad de Buenos Aires. Están en lo que cada votante retribuye voto a voto para construir mayorías en cualquier sitio que sea. Por decirlo mejor, un ejemplo, como recomendaba el general Perón: Hernán Brienza tiene toda la razón del mundo.

Unos y otros, en tanto no incorporen esas materialidades, por muy cautivantes alquimias que esbocen, seguirán errando fulero.

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