viernes, 15 de mayo de 2015

En sus marcas, listos...

Una semana, nomas, le tomó a la presidenta CFK organizar la interna del peronismo, desde que se propuso hacerlo. Justo a partir del instante siguiente a que algunos divulgadores digitales cayeran al ridículo --visto lo sucedido en los últimos siete días-- de diagnosticarle el ingreso a una irrelevancia política ya irreversible.

La desorientación analítica es la razonable consecuencia del desespero electoral.

Y se hace imposible evitar una referencia comparativa entre eso y el cabaret en que por estas horas ha devenido el consorcio de vanidades, caprichos y rebeldías que gerencia Sergio Massa; a lo que fuera el estallido de FAUnen a nivel nacional y, aunque en mucho menor medida, al modo en que se tramitó la participación de Gabriela Michetti en la interna del PRO. La distancia que separa a aquellos episodios de la pacífica estructuración que está transitando el Frente para la Victoria sólo puede ser recorrida a través del puente que a tales efectos tiende un liderazgo sólido como el de Cristina Fernández, con cuyo acuerdo no basta para competir respetablemente, pero sin el cual cualquier postulación carece de viabilidad. Los teóricos del bacheletismo, así las cosas, reconfiguran cálculos previos.

La perspectiva cada vez más afianzada de continuidad del kirchnerismo en el poder --que por enésima vez desmiente las predicciones de fin de ciclo--, impulsada por el pacifismo ya ineluctable en que marchará el recambio institucional --y en que fluye la vida de la sociedad en general, relatos caóticos al margen--, al amparo de una economía que evitó tanto resbalones como zancadillas --y que, por el contrario, manifiesta síntomas indesmentibles de robustez, aún en la dificultad--, todo lo cual se expresa en la altísima ponderación con que CFK cierra su segundo mandato --singularidad histórica local y de la coyuntura regional--, es el aceite que lubrica renunciamientos en lógica de aportación colectiva.

Dicho sencillo: una observación apenas liviana del paisaje actual no habilita espacio a la duda, casi, acerca de la mayor estabilidad que supone el paraguas del FpV, más allá de divagues individuales mínimos, que acaban encuadrándose. La debilidad ajena desincentiva y, más, invierte las deserciones. El shock normalizador que las PASO progresivamente van imprimiendo al esquema partidario y el compromiso de la jefa del Estado con las chances del peronismo caminan en igual dirección. Vamos rumbo a novedades como el procesamiento sucesorio intra PJ jugando a ganador y un pato rengo que nunca llegó a concretarse: Cristina gravita tanto en su ocaso como lo hiciera al alba, en 2007. No es poco, ni ha sido sencillo. 

Es de esperar ahora que con idéntico espíritu se desarrolle la discusión hacia agosto próximo, pues de nada habrá servido todo esto si la necesaria diferenciación deriva en hostilidad. Que resultaría inútil y, por el contrario, contraproducente. 

Mientras todo esto sucede, diversos operadores del establishment empiezan a reconocer que las posibilidades del kirchnerismo alcanzan incluso para afrontar sin inconvenientes un balotaje que es cada vez menos probable. Como manifestación de esto, por caso, los desgajamientos del Frente Renovador no van a parar en su totalidad hacia el corral de la alianza PRO/UCR/CC, cual precariamente se sugiere a la hora de argumentar el provecho de un mega entendimiento opositor. El massismo suele insistir en cuanto a la pertenencia mayoritariamente peronista de su electorado para resistir las presiones abdicatorias con que se lo acecha: la ubican en proporción de 70/30. Quizá no sea tanto; da igual: en cualquier caso, no es furiosamente refractaria al gobierno nacional como se machaca para imponer la amalgama.

En igual sentido, el gobernador santafesino Antonio Bonfatti notifica de su preferencia por el oficialismo para una hipotética segunda vuelta. Todo apunta en similar trayectoria: no se verifica la situación que padeciera Carlos Menem en 2003, que lo obligara a huir antes de sufrir una derrota catastrófica. Fundamentalmente, porque hay en curso un cuadro socioeconómico diametralmente opuesto al que estallara en 2001, y en que se fundaba el antimenemismo como clima dominante por entonces, dadas las responsabilidades del ex presidente en aquella crisis. Como dijera alguna vez Manolo Barge, una transición armónica garantiza a CFK prolongar su incidencia política, más allá de su cese en Casa Rosada. Todo lo cual saca de quicio a varios. 

Subyacía en las apuestas a por una CFK irracional y de su equiparación con el epílogo del hoy senador riojano una operación más fina, tendiente a construir la atmósfera que se requiere a los fines de allanar el camino para una vuelta de campana programática profunda, que es lo que aquí está en juego como objetivo último del Círculo Rojo. No deja de llamar la atención, sin embargo, que hayan arriesgado tantas fichas a una variable que no podían controlar. Y que era tan poco probable.

Tanto empeño dedicado a enjuiciar los relatos para acabar enterrados por uno propio. Una cosa de locos.

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