martes, 5 de mayo de 2015

El renunciamiento del desespero

Los rumores conocidos hace pocas horas acerca de un intento de renuncia del presidente de la Corte Suprema Justicia de la Nación, Ricardo Luis Lorenzetti, a su reasunción en el cargo que actualmente ocupa y que ha renovado anticipadamente --aunque con dudosa legalidad--, forman parte de una maniobra de lo más sorprendente, por lo burdo, de que se tenga memoria en tiempos recientes. Lo que no es poco decir, habida cuenta que cuantiosas operaciones similares se han urdido en tal lapso. 

Y cuya precariedad, por lo mismo, igualmente supera las marcas de asombro registradas, toda vez que, gustos al margen, existía cierto consenso en cuanto a la capacidad política del personaje en cuestión. Hasta ahora. Si se escarba apenas un cachito, emergen nítidas las razones que impulsan esta movida de Lorenzetti, que se dispara como consecuencia de los referidos defectos --por decirlo de manera suave-- en las formalidades que lo consagraron por cuarta vez al hilo en su puesto.

Resulta sencillo adivinar que los datos conocidos en relación a la definitiva incapacidad de Carlos Fayt para continuar en el ejercicio de sus funciones de ministro del máximo tribunal del país, siendo que provienen de Horacio Verbitsky, serán rechazados ad hominem, como primera reacción, por el establishment y su circuito de acción política que, por automatización, buscarán instrumentar los problemas institucionales gravísimos en que ha derivado la actual situación de la Corte como material de posicionamiento electoral. Soslayando el dilema, en este caso. El problema de esa réplica está en los propios colegas del casi centenario supremo, quienes todavía no han considerado necesario desmentir al periodista de Página/12, pese a que ya han efectuado varias declaraciones públicas desde difundida la primera nota sobre este tema. Notable.

La circunstancia de salud en comentario derivará en la obvia necesaria revisibilidad de cuanto dictamen haya firmado Fayt desde iniciada su indisposición, siempre que su voto haya pesado decisivamente en la formación de mayoría. 

Ello requerirá de una pesquisa que demandará de algún tiempo hasta que sea posible precisar el punto de partida aludido y, por consiguiente, el volumen de lo objetado. Pero el problema fundamental de Lorenzetti no reside allí sino en que entre la información no desmentida se encuentra la resolución que lo reeligió por tercera vez consecutiva como titular del cuerpo. Es poco probable que la casi segura falsedad ideológica que supone la rúbrica de Fayt en ese documento público llegue a complicarlo seriamente. Lo seguro es que su posición como jefe judicial queda salpicada por la mugre de métodos que poco se corresponden con la retórica de republicanismo e institucionalidad que de seguro deberemos soportar a partir de las próximas horas, tan pronto como escale este desbarajuste, lo que resulta predecible, siendo que se hace impostergable tramitar alguna vía de solución al colapso al que se aproxima peligrosamente la cabeza del Poder Judicial de la Nación.

Este trance en la Corte implica, con toda lógica, la expresión más cabal de la pudrición mucho más profunda y compleja que afecta a los tribunales en general, y que la presidenta CFK, tal su costumbre, expuso al debate hace ya largo rato, a la fecha sin suerte porque los resortes corporativos de la famiglia se activan ante el menor cuestionamiento. 

Las aspiraciones políticas de Lorenzetti resultan tan innegablemente evidentes como difíciles de precisar. No es del todo claro que desee ingresar a la actividad partidaria ordinaria, pero de cualquier análisis elemental que se ejecute de su trayectoria como conducción de los togados surge patente su dedicación a por el empuje de los márgenes de acción del Poder Judicial hasta el forzamiento de los límites que le impone la Constitución Nacional, y hasta más allá si fuera conveniente a sus ambiciones. Sólo que esta vez, por confiado y petulante, parece haber perdido el control de las variables que desató, y que se cruzan también con la irresponsabilidad de los adversarios regulares del partido de gobierno, quienes con su negativa infantil a completar la integración de la Corte Suprema abrieron un espacio oportuno para este tipo de maquinaciones.

La singularidad que distingue al magistrado rafaelino de sus antecesores, la construcción de poder para sí, le ha valido, en más de una ocasión, las sospechas y algo más del Círculo Rojo, que nunca lo termina de considerar tropa propia como sí a la casi totalidad de la oposición parlamentaria. Justamente porque, a diferencia de los últimos, se trata de alguien que no pide prestada su autoridad. Como anécdota de estos desentendimientos, el fallo del año 2013 que declaró la constitucionalidad total de la ley audiovisual, y que le significó a Lorenzetti acusaciones mucho más graves que las de estas horas de la letrina oral de Elisa Carrió, sin que ello le haya cansado la moral, como lloriquea ahora para justificarse.

Va de suyo que si un funcionario no está en condiciones de afrontar una interpelación que hasta ahora no ha superado la categoría de polémica mediática mal puede considerárselo apto para el desempeño de un mandato en el que presiones mucho más punzantes son moneda corriente: como ejemplo, de nuevo, el caso Clarín, cuyos tiempos debió regular en extremo.

Esta tentativa de abdicación, entonces, buscará resucitar el activismo que ganara las calles del centro porteño masivamente el pasado #18F, pero para emplearlo ahora en beneficio de Lorenzetti, a los fines de subsanar su controvertida legitimidad. 

Ardid que, para más, se insertaría de modo fenomenal en la coyuntura pre eleccionaria en que, como hemos venido insistiendo hasta el hartazgo aquí, el establishment se vale de cualquier expediente ajeno a las discusiones de intereses específicos que lo involucran, tanto para disfrazar lo que se propone obtener de los comicios como para lubricar las actuaciones de una oposición partidaria pobrísima en el marco de un cada vez más consolidado Frente para la Victoria. Sólo quien adolezca de desmesurada ponderación de sí mismo, a la vez que de una grosera incapacidad para el análisis político, puede suponer que una jugarreta semejante logrará el impacto popular necesario para torcer determinantemente el curso de los acontecimientos de esta comedia patética. No es precisamente una mayoría la que podría evaluar que su bienestar depende de la suerte de Lorenzetti, quien debería recordar lo que fue la licuación del nismanismo si piensa profundizar su avance

Antes que el renunciamiento histórico que lo devuelva a su sitio envuelto en calor popular, como imagina, esto más bien se asemeja a la huida de Carlos Menem al balotaje de 2003, por el laberinto de incertidumbre institucional que fabrica con su irresponsabilidad. Ahora la condición de Fayt es difícil de gestionar en casi toda variante legal imaginable: sus achaques impiden validar una renuncia tanto como su derecho de defensa en un hipotético juicio político. Y con el agravante de que el vigor de los restantes ministros (Elena Highton de Nolasco y Juan Carlos Maqueda) tampoco es del todo robusta, lo que hoy tenemos, en vez de lo que debería ser, un cuerpo colegiado, se ha transfigurado en la agencia de los apetitos de su titular.

Néstor Kirchner estuvo a la altura del desafío cuando le tocó. Conviene no estimar que sus detractores quieran imitarlo.

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