jueves, 28 de mayo de 2015

De qué depende

La modalidad que ha elegido el titular del Ministerio de Interior y Transporte, Florencio Randazzo, para tramitar su diferenciación respecto del gobernador bonaerense Daniel Scioli en la interna del Frente para la Victoria, resulta errónea, por varios motivos.

El alboroto en que derivó su participación en la reunión de Carta Abierta tiene como efecto nocivo principal para el ministro el corrimiento de la discusión desde el terreno de la política hacia rumbo impreciso. No importa cuál. En definitiva, desplaza de la centralidad las mejores virtudes de chivilcoyense: su eficacia en la recuperación del transporte ferroviario, su largo recorrido en la escalera del peronismo --cuyos peldaños exploró en todos los niveles del territorio bonaerense, aunque nunca desde la jefatura-- y su capacidad para encontrar una singularidad identitaria, pero a la vez no contradictoria, en relación a la presidenta CFK en el dispositivo kirchnerista. Lo que, presumiblemente, constituye el elemento decisivo de su inserción electoral competitiva.

El barullo también colaboró con las fuerzas opositoras, porque la otra cosa que apartó fue la profundización de la crisis de arquitectura que atraviesan todavía los distintos segmentos que, dicen, intentarán proyectar la sucesión 2015, a apenas un mes de los cierres de listas. Y la ayuda vino en doble sentido, toda vez que los acertijos en los armados expresan una incapacidad política mucho más profunda, relativa a la discusión programática que la jefa del Estado volvió a aludir en su último discurso en Plaza de Mayo. La incapacidad que exhiben las diferentes variantes que dibuja el universo adversario al oficialismo nacional --unas cuantas aún durante el presente año-- remiten a carencias en cuanto a los sustentos de una representación política, cualquiera ésa sea, asunto que viene antes de darle el formato de competición. 

Ya dijimos aquí alguna vez que “una candidatura, y cualquier edificación que se pretenda imaginar a su alrededor, funciona sólo en tanto resulte expresión de algo previo, que el individuo culmina; y no al revés.” Eso es lo que está sucediendo.

La enorme multitud que se congregó para acompañar el mensaje de CFK por el Día de la Patria es expresión del muy consolidado núcleo duro que ha construido el kirchnerismo en doce años a cargo del gobierno nacional, y que se ha reflejado repetidamente en las urnas en un piso histórico que no se alteró ni en los peores momentos: 35% de votos nacionales en 2009 y en 2013. 

Ese porcentaje, estudiado desde el sistema de balotaje argentino, representa una magnitud imposible de desdeñar. Por eso, en tanto la propuesta alternativa no destine siquiera una palabra a intentar la intervención de tal sociología, por muy originales que puedan entenderse los sucesivos diseños que logren urdir como caratula, caerán en saco roto. Sencillamente porque ninguno será apto para construir una nueva mayoría. Antes que con otro integrante del elenco propio, urge empujar a los ajenos a expedirse sobre estas limitaciones, que son ideológicas y de gestión.

En ese laberinto se encuentran las respuestas, tanto para la esterilidad de la rosca, como para las reacciones con que en consecuencia el establishment supone correr en auxilio de esos vacíos frente a la inminencia de una cita comicial que se encamina, en lo más probable, a revalidar un proyecto político cuya continuidad no toleran ya en ninguna forma. Fue Horacio Verbitsky quien la semana pasada pudo dar testimonio de estas embestidas, como pocas horas antes las había sufrido el ministro Axel Kicillof en relación a su (no) salario en YPF, y Máximo Kirchner en abril (ambas desmentidas, y de sobra).

Claro que Randazzo vocea un malestar de varios sectores del FpV hacia Scioli, debido a razones de sobra conocidas por todos quienes frecuentan la política, y dada la ventaja que el ex navegante a motor parece llevarle a su rival. 

Bien apunta Santiago Costa en su blog que sobran recursos para condicionar al ex vicepresidente de Néstor Kirchner, si es que acaso se duda de él: de tipo institucional (bancas legislativas, por caso); la correlación de fuerzas que indican las multitudes que sigue convocando el gobierno nacional, tanto como su hasta ahora indisoluble rol de eje del tablero político nacional --a pesar de restarle casi nada de mandato a su figura principal, quien por otro lado ha hecho papel mojado de la tesis del pato rengo--; y la enorme gravitación que per se sigue significando la conductora del espacio, que será puesta en juego en las boletas electorales venideras. Los temores, así las cosas, no se corresponden con la exaltación de esa envergadura en que a la vez, y correctamente, se insiste. Y que en modo alguno puede ser atribuida en exclusiva a la situación de mandataria en funciones de CFK, so pena de acabar mordiéndose la cola con un fundamento gorila.

Ahora bien, convendría no transitar la ruta hacia las PASO --diseñadas por Cristina Fernández en términos reñidos como método de copamiento escénico-- de modo que pudiera mal interpretarse como fractura de ese universo abundante. 

La política no puede ser evaluada en exclusiva a partir de las características particulares de sus protagonistas, que en cambio son emergentes de estructuras sociales complejas que laten tras bambalinas, con menor visibilidad pero mayor determinación. Humberto Zúccaro señaló estas especificidades cuando, al explicar su abandono del Frente Renovador, atribuyó a sus bases los movimientos que el acabó por ejecutar. El cuadro más amplio que explica la progresiva fidelización que de Scioli logró el kirchnerismo fue explicitado por la Presidenta cuando convocó a la muchedumbre a poner debidamente en valor su aptitud de apoyatura. 

No se trata, entonces, de pelear o no, sino de cómo se encara una disputa, del contrincante y de la temática en litigio.

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