jueves, 16 de abril de 2015

Salta la ficha

El triunfo de Juan Manuel Urtubey en las primarias salteñas incumbe, a la vez, resonancias propias de la coyuntura local --mayormente, y que de seguro explican el resultado mejor que cualquier otra cosa--, e implicancias que se inscriben en un panorama nacional que, para poder definirse como tal, requiere de que se precisen conceptos que, aunque no modificarán la síntesis que se arriesga a los efectos convencionales de estipular una conclusión (lo más general posible: victoria del Frente para la Victoria/derrota de las oposiciones), sí lo harán respecto de sus fundamentos.

No es un detalle menor: servirá para comprender que los dramas de los adversarios al proyecto de la presidenta CFK son todavía más agudos de lo que la superficie de una derrota electoral deja ver si se la estudia desde las minúsculas perspectivas que los análisis políticos metropolitanos admiten.

Haciendo a un lado, entonces, las especificidades de la realidad provincial, por carencias del comentarista, conviene entender que en modo alguno pueden considerarse nulas sus derivaciones más allá de las fronteras norteñas. Imposible, caso contrario, explicar información que a esta hora se está conociendo en cuanto a reconfiguraciones tácticas --hablar de estrategia acá sería demasiado-- tanto en el PRO como en el Frente Renovador a partir de conocida una votación que en la previa se suponía mucho más estrecha. Y aquí es cuando se hace necesario afinar la mirada: porque no se trata, en el caso de Juan Carlos Romero-Alfredo Olmedo, de una derrota tradicional de Maurizio Macrì y de Sergio Massa --más del segundo que del primero en este caso--; sino, mucho peor, de una a la que se subieron de prestado.

La edificación romerista excede y antecede a los referidos. Y más aún: adolece de instancia superior formal en la que articular con las dispares y numerosas UTE que los presidenciables opositores van rentando en cada comarca.

Por otro lado, de la segunda reelección de Urtubey emerge la constatación de una tendencia mayoritaria a la revalidación de los oficialismos, del signo que sean, a lo largo y a lo ancho del país, cuando el contexto socioeconómico es favorable. Lo que, proyectado, beneficiaría al gobierno nacional en sus planificaciones de cara a la cita de agosto/octubre venideros. Si esto, que fue norma en 2011 cuando Cristina Fernández batió récords históricos, se sostiene aún en el marco de un rendimiento sensiblemente inferior al de entonces, resulta una obviedad la algarabía oficialista del domingo último. Pero también significa una verificación de la solidez de su desempeño previo, que le permite capear bien el empedrado y aún sus propios errores.

De la incapacidad para observar esto, que se desprende de una previa negación de lo evidente, surge la decepcionante sorpresa de la vigente centralidad de CFK en la discusión por el futuro. De ahí la irritación que lleva al establishment a correr en auxilio inconsulto de las sucursales partidarias, intentando lubricar su ineficacia con enchastres varios, el último de los cuales ha sido la versión de una supuesta voluntad oficial de ampliar la actualmente incompleta Corte Suprema de Justicia, que surgió en llamativa coincidencia con la derrota de la entente macrimassista salteña. Las renovadas presiones tendientes a una confluencia entre el porteño y el tigrense, que brotan desde las mismas trincheras, hacen a idéntica praxis. 

El sueño húmedo del inevitable balotaje que devendría en caso de concretarse la alianza no se detiene siquiera a contemplar que en Salta ese experimento fracasó. Y no pasa por pretender una traslación mecánica de esa situación, pero sí debería quedar claro que la construcción política supone una operativa de mayor complejidad que mera matemática electoral. 

Una presencia contundente en los escalones superiores de la competencia complementa la contraparte de niveles subnacionales consolidados en su implantación territorial, y que conjugan reciprocidad con la conducción presidencial en un dispositivo común, corregido y profundizado en su arquitectura a través de la reconstitución jurídica y operativa del Partido Justicialista. Ello equivale al despliegue nacional a que tanto se alude cuando se exploran las razones de la supremacía del FpV. Después de todo, están por venir episodios provinciales más relevantes (en términos poblacionales), en los que la oposición recibirá noticias con las que compensar el traspié salteño. Si desde los fríos números no surge una explicación nítida es debido a que está en otro lado. Subyace un default político mucho más trascendente allí.

Carlos Pagni explicó, el lunes posterior a la elección, que Macrì, a su ver, "está empezando a darse cuenta que los problemas de la política se resuelven con política". Faltan menos de 60 días para que cierren los armados presidenciales, ¿y recién advierte semejante perogrullada? Estamos, pues, en presencia de no más que un voluntarismo in extremis.

Tarde piaste, a fin de cuentas, para tanto que todavía resta por desmalezar en lo que se aspira sea una alternativa seria.

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