domingo, 12 de abril de 2015

¿Qué hay de nuevo?

Cuesta la originalidad cuando se pretende publicar de a dos veces por semana.

Conviene, además, cada tanto, frenarse a estudiar con mayor detenimiento del que permite el formato de discusión de la geografía multimediática, para comprender con exactitud superior las razones estructurales de un proceso histórico determinado. Cuando decíamos en nuestro último texto que la inexorable consumación de las escasas llamas que aún perduran del caso Nisman implicaba a la vez efectos concretos sobre la marcha de la campaña presidencial 2015, intentábamos aludir a una singularidad del sistema político nacional, sobre la que nos hemos expedido demasiadas veces desde iniciado este año: su ausencia. 

Dilema cuyo desenredo a esta altura no asoma siquiera a rango de conjetura, circunstancia ésa muy provechosa para los factores de poder extrainstitucional, que concitan así un grado de compromiso mucho mayor de los actores políticos que intentan proyectar una alternativa al kirchnerismo. Una arquitectura partidaria regular serviría como muro de contención de esos impulsos. Los distintos episodios de la cotidianidad, en el fondo, sólo reproducen este drama de modo incesante.

Se trata, pues, reiteramos, de lubricar carrocerías partidarias opositoras desvencijadas con aceites ajenos a la política. El papa Francisco, que reivindica su independencia de acción, avisa que no acepta ejercer delegaciones, restringidas por definición. 

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La presidenta CFK afrontó la cuarta huelga general desde que asumió la presidencia de la Nación en 2007, todas ellas acontecidas durante su segundo mandato, iniciado en 2011, en coincidencia con la fuga del ex secretario general de la CGT, Hugo Moyano, de la alianza de poder oficial, dato que otorga clara pauta acerca del carácter político de esas distintas medidas de fuerza. No porque ello constituya una extrañeza: aquí hemos coincidido en cuanto a la naturalidad de tal circunstancia. Pero, siendo que resulta difícil argumentar acerca de alteraciones en el programa de gobierno desde entonces, el elemento reivindicativo en específico no alcanza a explicar el viraje de su comportamiento. Hay que explorar razones por otros lados. Y no dejará de ser válida, en tal caso, la pretensión de Moyano de transplantarse a la acción político-partidaria. 

Sí cabe impugnar su pericia en tales negocios y los acuerdos en que puso a jugar hace tiempo a su sector. A tres años desde inaugurados sus intentos, ni uno sólo de los hoy candidatos considera relevantes sus opiniones para los cierres de listas. Los duros hechos lo exponen con menos poder que hace apenas cuatro años. Y con riesgo de boomerang hacia su posición en territorio gremial. Esa deriva explica ciertas reacciones de sus más fieles escuderos.

Mientras transcurría el paro, Máximo Kirchner vio la oportunidad de matar varios pájaros de un tiro, y, al tiempo que salió a contestar a una denuncia de Clarín por la que casi ninguno de los satélites que suelen subirse a esos colchones de humo creyó conveniente poner la cara, aprovechó para voltear de hoja y explayarse sobre la coyuntura electoral. Una exposición cuya nota más destacable fue la evidente intención del jefe de La Cámpora de profundizar en la polarización programática con Maurizio Macrì como hoja de ruta en el camino de las urnas, y en la que evidenció solidez conceptual y sobrada llaneza, muy útil para desmentir agravios previos que le habían sido dedicados desde las mismas tribunas que, luego, con la imputación por tenencia de cuentas bancarias en el extranjero, pretendieron elevarlo a alturas de genio maligno en casi un pase de magia.

Siendo que a la misma hora sucedía la protesta de los sectores asalariados mejor pagos del país, y que Julio Piumato había, un rato antes, reprochado a quienes no adherían atribuyendoles el asesinato --que no es tal-- de Nisman, resulta inevitable interrogarse acerca de esa invectiva de quienes al finalizar la jornada se presumían vencedores frente a la serenidad de un hipotético referente de los derrotados como MK. Tal vez porque las cosas son exactamente al revés.

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Tanto en la acusación al hijo de la Presidenta, como en la huelga de un fragmento de los trabajadores que lejos se encuentra de urgencias, se advierte un mismo hilo conductor, y es la necesidad del establishment de alimentar intrusivamente la discusión política con expedientes ajenos a los que esencialmente les interesan, porque las formaciones opositoras son incapaces de construir el dispositivo que las viabilice de modo competitivo, o bien les falta voluntad de asumir una agenda poco atractiva para las mayorías populares, en el marco --para peor-- de su haraganería y carencia de ductilidad para compatibilizarlas con la inclusión de esas mayorías de modo tal de evitar el naufragio comicial. La posibilidad de resolver ese laberinto está dada por la urdición de rebusques dialécticos que rehuyan de las cuestiones verdaderamente sustanciales.

Hacia 2003, cuando recién despuntaba la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, la táctica escogida por quienes se veían amenazados con tal novedad pasó por intentos similares en relación a lo actuado por las organizaciones político-militares en las décadas del '60 y del '70. Clarín responde al rastreo que de su actual hegemonía en el mercado infocomunicacional se hace sobre decisiones elaboradas en el mismo período con la calificación de dictadura hacia el actual gobierno nacional. Más acá en el tiempo, en el blog Nestornautas se explicó la denuncia de Nisman a CFK por supuesto encubrimiento a Irán en la causa AMIA con la cercanía del juicio por encubrimiento en la primera investigación del atentado, que sí llegó a elevación a la instancia de oralidad --y que incumbe un serio riesgo para la ficción que de este episodio tramaron la gestión de Carlos Menem junto a los gobiernos de Israel y EEUU--.

Este repaso a cuento de comprender la puesta en el centro del ring que Clarín hizo de Máximo Kirchner: es lo usual en estos segmentos que, de sentirse en problemas, respondan equiparando a quienes los impugnan con sus propias miserias.

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No casualmente, entonces, la operación contra el hijo de la presidenta de la Nación, que tuvo como temática la presunta posesión de depósitos financieros en el extranjero, se dio concomitantemente con el arranque en el Congreso nacional de la comisión parlamentaria que investigará el caso de evasión fiscal y fuga de divisas al HSBC Francia que denunció la autoridad tributaria gala a la AFIP argentina. Ese chiquero tiene, más allá de sus vericuetos judiciales, cuyo trámite corresponde a los tribunales --si es que se animan a encararlo; detalle no menor, por cierto--, el trasfondo político de un comportamiento sistémico por parte del entramado beneficiario del orden anterior, estallado en 2001, y que en el actual posneoliberalismo no terminan de aceptar que se les agotó la patente de corso para intervenir en los procesos de decisión nacional.

Se trata de un instinto que se expresó tempranamente a través del editorial con que José Claudio Escribano saludó en La Nación la asunción presidencial de Néstor Kirchner, que Rosendo Fraga reeditó, ya contra CFK, a escasos minutos de la muerte del ex presidente en 2010, y que en definitiva ya forma parte casi de un reflejo que late en cada una de las intromisiones a que hemos hecho referencia varias veces a lo largo de este texto.

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Mientras se escribía este post, y para confirmar la tesis que lo vertebra, Clarín publicó una nota bastante llamativa de una de sus más claros bajadores de línea, Julio Blanck. Frente a la constatación de que baja la espuma de la candidatura de Macrì en paralelo con la dificultad gigantesca que atraviesa Ernesto Sanz para bajar a los territorios el acuerdo UCR-PRO, y que el propio alcalde sufre en el distrito que gobierna para encuadrar a Gabriela Michetti; de que el derrape de Sergio Massa se frenó pero no significativamente; y de que las fortalezas y debilidades (PBA para Massa/Santa Fe, Mendoza, Córdoba, Entre Ríos y CABA para Macrì) de ambas candidaturas, al carecer de despliegue territorial acabado, encastran, el editorialista parece sugerirles a ambos, de nuevo, la necesidad de un entendimiento para enfrentar al Frente para la Victoria, que cuenta con un vuelo encuestológico de CFK a alturas que asustan, según reconoció hasta Carlos Pagni un día antes.

Y para no desentonar en este hábito de prestar auxilios que no se sabe con exactitud si son bien recibidos, y que en cualquier caso son inconvenientes proviniendo de gente que desconoce el oficio, el presidente de la UIA, Héctor Méndez, se pronunció, lisa y llanamente, contra la existencia de la discusión salarial. Bien suele repetir Aníbal Fernández que las mal llamadas paritarias se sostienen sólo gracias a la simultanea permanencia del kirchnerismo en el gobierno. Jorge Capitanich ha dicho alguna vez que el establishment acepta la inclusión social pero no la redistribución de la riqueza: perfectamente en sintonía con la declaración de Méndez contra otra cosa que una recomposición por precios, pero que no avance más allá de ello. 

El empresariado juega a construir un clima de inevitabilidad de un ajuste como consenso sucesorio al hablar de bombas a punto de estallar en el próximo periodo. 

No obstante todo, hay que agradecerle a Méndez que haya sincerado que aquí los litigios tienen que ver con las cosas, y no con las formas en que se las dice. 

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