martes, 17 de marzo de 2015

El Frente Conservador

Resulta difícil encontrar ángulos novedosos desde los que comentar un acontecimiento cuya previa ya había sido excesivamente explorada. La convención nacional de la UCR, como se preveía, decidió una alianza nacional con el PRO y la Coalición Cívica.

Esto, en buen romance, equivale a que los segmentos más relevantes del todavía vigente aparato territorial del radicalismo se pondrán, de cara a las próximas elecciones presidenciales, a labrar la candidatura de Maurizio Macrì. Con el objetivo de amplificar la significación institucional de esa maquinaria en el nivel federal, que desde la renuncia de Fernando De La Rúa durante el crack sistémico del año 2001 ha disminuido dramáticamente. Lo que derivó en deformaciones profundas del sistema político nacional, cuya condición misma de tal, por períodos, cuesta no poder en duda, si se lo estudia desde los parámetros locales históricos.

Andrés Malamud fue categórico a estos respectos: el radicalismo aspira a ganar... ¿en 2019? Para eso necesita, antes, fortalecerse desde abajo: bloques parlamentarios numerosos y, sobre todo, gobernaciones, siendo que hoy el partido se trata más bien de una confederación de intendentes. Beatriz Sarlo no comprende la hiperfederalizada política argentina, en la que, como bien explica Manolo Barge, la condición mayoritaria surge de la capacidad de articulación de minorías. Por eso criticó la incidencia municipal en este acuerdo. No obstante ello, la pensadora plantea un expediente a resolver.

Eduardo Fidanza fundamentó el sábado último en La Nación que la campaña venidera esté condicionada por el peronismo en el arraigo ciudadano que ha edificado el programa estrenado en 2003. Carlos Pagni entiende que la hegemonía kirchnerista ha estado en parte basada en la desaparición de antagonismo político que sobrevino de la pérdida de competitividad radical a posteriori de la gestión De La Rúa. Ha existido, en efecto, una especie de vacío conceptual alternativo a la cosmovisión kirchnerista desde inaugurado el vigente ciclo de época en 2003. Aquí, entre varios otros lados, hemos aventurado que en esa oquedad estuvo dada la razón de los cacerolazos 2012/2013, de fortísima intensidad. (Más: 1 y 2)

Dadas las distancias que marcó la presidenta CFK con su triunfo 2011, decrecieron las expectativas de recambio institucional, dando paso a la acción directa como método de encaje de demandas en la agenda pública, por omisión representativa.

Durante algún tiempo, pareció posible que el surgimiento de Sergio Massa solucionara el déficit, a través de la construcción de lo que, se suponía, podía resultar una nueva mayoría entre sectores adversos al programa oficialista y otros que sólo demandaban correcciones no esenciales a la gestión. Pero ese armado, que consiguió éxito en su debut, fue eficaz para una elección legislativa, en que las renovaciones son menores. En el contexto del recambio ejecutivo que se avecina, naturalmente más polarizado, los tironeos sectoriales dificultan las perspectivas de caminar la cada vez más angosta avenida del medioMáxime en el marco de una experiencia como la actual, que ha levantado erupciones en el establishment porque entre 1976 y 2003 se habían acostumbrado a que la institucionalidad se diseñara para exclusivo amparo de su rentabilidad. 

El kirchnerismo rechazó renovar ese contrato de gobernabilidad, constituyendo el suyo con bases populares. Esto puede sonar romántico, pero es lo que explica sus aún altísimos niveles de adhesión pese a cargar con una década de poder a cuestas.

En definitiva, la entente UCR-PRO, que había sido preludiada por la foto entre Elisa Carrió y el jefe de Gobierno porteño, viene a ocupar el rol de adversario modélico, hasta aquí vacante, disfuncionalidad que impide la dialéctica del juego político negociado, toda vez que si no existe disenso más que por modos y demás banalidades, tampoco habrá la necesidad de transar posiciones, que en tal caso no existiría más de una. La euforia de los mercados, que explotó inmediatamente después de conocida la decisión de la convención radical, otorga pauta acerca de su carácter ideológico. Ernesto Sanz no tiene empacho en reconocerlo: vamos contra el populismo, dijo. Ni tampoco Macrì ni Carrió, cuyo entendimiento calificamos en su momento, lisa y llanamente, de antiperonista; un ineludible requisito de pertenencia a este universo.

Claro que ninguna de estas disquisiciones tiene viabilidad, contestando a Sarlo, si se carece de una organización territorial que las sustente en una competencia que se desarrollará en un país de enormes dimensiones y multiplicidad de realidades. A esos fines lo apuntado por Malamud que referenciamos ut supra. Se trata de dos diagonales que se cruzan convenientemente, con el rebrote de la coloratura conservadora que la muerte de Alberto Nisman catalizó en la escena del ya célebre #18F. Y que encuentra en el hijo de don Franco Macrì una síntesis casi insuperable en términos de popularidad y pertenencia a las apoyaturas materiales de la liga. El radicalismo encara una marcha hacia ese ecosistema doctrinario con la mayoría de sus territoriales como propulsores. Conviene recordar el rol de la UCR durante la protesta de la patronal agraria en 2008, y la recepción que hizo el partido de referentes sectoriales que se transplantaron a la acción política. 

El agronegocio es otro ingrediente del caldo en que se termina de cocinar esta conversión, que quizá no lo sea tanto, dada la pertenencia mayoritaria de los alcaldes radicales a las comarcas del interior en que se desarrolla este fenómeno.

Horacio Verbitsky efectuó, a propósito de la marcha de los paraguas, una correcta alusión histórica en cuanto a nuestra secular carencia de una expresión democrática formal de los intereses del bloque de sectores dominantes de la sociedad. El surgimiento de una variable que repare esta rareza no puede dejar de celebrarse cuando se recuerda que fue la causa de la salida militar por más de cinco décadas. Claro que nada puede ser ordenado tan estructuradamente en nuestra realidad sociológica. Concédasele a Sarlo que, a tres meses de los cierres de listas, es demasiada tarea la de erigir tanto como una fuerza nueva. Es el inicio, pero la revitalización de la UCR es imprescindible para ello.

Massa funcionará como auxilio marginal de la fase instrumental que aspira a incrementar las bases gobernantes del partido que fuera de Leandro N. Alem y de Hipólito Yrigoyen en algunas provincias del NOA. Lo cual nunca estuvo en duda, excepto en el relato disimulado que intenta el massismo digital desde la paliza que ocasionó la exclusión sanzista. La PMDBización estaba a salvo en un debate inconcebible, en que el mayor dilema era si la incorporación de Macrì se daba en soledad o con la participación además del ex alcalde de Tigre en esa PASO. Mientras algunos actuaban desconocer el pensamiento de un espacio con el que compartieron votaciones legislativas --y no sólo eso: actuaciones tribunalicias también, por caso-- casi en su totalidad, seguramente para aspirar a un triunfo allí sobre sus hipotéticos adversarios extrapartidarios a partir de la mayor fortaleza del despliegue de las boinas blancas operada sobre la división ajena. 

Vale reiterarse aquí: no entraban todos, porque se dificultarían los cierres subnacionales, que es donde se trabaja el comicio. Por otro lado, había que tentar a los pactistas con expectativas de triunfo, que en una megaconfluencia se debilitarían.

Sanz asume que el ideario progresista, que la minoría de sus correligionarios todavía agitan de modo inverosímil considerando los antecedentes recientes de sus propios desempeños, es parte de un pasado demasiado lejano, que se remonta al fallecimiento de Yrigoyen, episodio al que le siguió la huida de sus trozos populares hacia una deriva que terminaría en su convergencia hacia el peronismo originario. Que más tarde se extendió en equilibrios inestables que produjeron varias rupturas internas entre una mimetización con el justicialismo del programa de Avellaneda y las relaciones pecaminosas con las sucesivas dictaduras, que no proscribían a la UCR y, más, se servían de sus integrantes para los equipos de gobierno. El alfonsinismo representó una aspiración cívica que de popular no tuvo más que discurseo y un plan económico que, a la distancia, poco tuvo que envidiar a los de Domingo Cavallo más que la eficacia, que no repitió en la Alianza. 

En la incapacidad para ubicarse debían rastrear las razones de la prevalencia electoral histórica del peronismo. La otra admisión es la captura que ya de hecho hizo Macrì de lo que alguna vez pudo considerarse voto tradicional del radicalismo, dato que se verifica en CABA, Santa Fe, Córdoba y Mendoza: 29% del padrón nacional, suficiente contundencia demostrativa.

Se trató, en resumidas cuentas, de abandonar la pelea contra la física, y avanzar hacia la ocupación de un desierto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: