sábado, 28 de febrero de 2015

"Yo soy Nisman"... pero, Nisman, ¿era Nisman?

El decisorio de Daniel Rafecas en rechazo a la denuncia que el fiscal Alberto Nisman presentó en enero pasado contra la presidenta CFK asesta un golpe durísimo para las expectativas que guardaban el establishment respecto de su instrumentación política.

La reacción de las primeras horas, el carpeteo contra el juez, era cantado. Y tiene la virtud de graficar perfectamente el enojo que produjo con su sentencia. Pero tampoco el oficialismo ha calibrado muy bien todavía las implicancias del tipo de rebote que dispensó Rafecas al mamarracho firmado por Nisman. O, por lo menos, no se desprende ese correcto entendimiento de las primeras manifestaciones públicas que se han conocido de varios importantes referentes del kirchnerismo.

La referencia a la rúbrica del ex jefe de la UFI-AMIA que se hace en el párrafo anterior es absolutamente deliberada.

La primera vez que escribimos sobre el fallecimiento de Nisman aquí, coincidimos, aunque con matices, con Martín Rodríguez y Horacio Verbitsky en cuanto a sus respectivos llamamientos a alejarse de la conspiranoia. Sin correrse un sólo milímetro de aquel posicionamiento, corresponde sí readecuarse en función de los elementos que ofrece el veredicto de Rafecas. Porque, producto de un minucioso examen de cuanto elemento haya circulado en torno a este asunto --no sólo los específicamente jurídicos-- que es, convoca, ahora sí, a indagar a fondo en cuanto a la verdadera autoría del dictamen póstumo.

Ya no se trata sólo de la desmentida rotunda del ex jefe de Interpol, Ronald Noble, ni de las cuestiones técnicas que impedirían en cualquier caso comerciar el petróleo crudo que Argentina no necesita. Y ni siquiera resulta fundamental lo relativo a las carencias probatorias de la acusación. La gravedad está en el razonamiento jurídico de la misma: su ausencia. Una que, al decir de Borges, es una presencia absoluta. A descifrar, en este caso. Rafecas se permite a propósito exhibirse con lenguaje de asombro en su sentencia, para exponer en toda su dimensión el volumen de la trama ante la que estamos parados. Se reitera algo ya dicho: no más que para abrir vías alternativas plausibles de pesquisa sobre su deceso.

Este comentarista sostuvo repetidamente en las redes sociales, aún antes de que la causa recayera en Rafecas, que aquí no cabía mucho más que optar entre creer que el difunto era un títere o bien un burro. Durísima, pero auténtica disyuntiva.

¿O resulta más sensato admitir que Nisman haya podido errar en cuanto al grado de consumación del supuesto de hecho que imputó? ¿O aceptar que para denegar la petición de Pollicita el magistrado haya dedicado 63 páginas, cuando se estilan no más de 4 o 5 en estos casos; y que, para peor, terminan pareciendo, por necesidad, una lección básica de Derecho Penal? 

Que se entienda: Rafecas rechaza la apertura de una investigación; es decir, niega entidad de proceso al dictamen de Nisman. Podría haber ordenado toneladas de medidas de probatorias y planchar la cosa, lo que habría representado un fallo salomónico, aceptable al menos en parte para las pretensiones de la totalidad de los involucrados. Pero la indigencia jurígena de aquella denuncia era demasiado: Timerman sencillamente carecía de facultades para exigir una baja de las famosas alertas rojas, con lo que ni siquiera interesa que su actuación en relación a las mismas se haya comprobado exactamente la opuesta de la que le achacaron. Aunque hubiese actuado según lo señaló Nisman, no siendo apta su potestad legal para tal fin, estábamos ante un imposible fáctico y de derecho. ¿Y eso se le pasó a un funcionario de la expertise de Nisman?

Se insiste: no es un error cualquiera el del defecto en el encuadramiento entre conducta y crimen denunciado.
Ni las tan meneadas escuchas, así las cosas, ni ninguna otra prueba, servirán, en tanto no hay qué demostrar. Dicho sencillo: Rafecas evitó prestarse al show mediático de allanar Cancillería para hurgar una hipotética confesión culposa de Timerman en su igualmente hipotético diario íntimo, porque aunque la encontrara, por muy repugnante que pueda resultar políticamente... no le serviría a su objeto procesal. Para coronarlo todo para peor, se supo que finalmente hubo cajas fuertes que hablaron: las de la UFI-AMIA en que el muerto había dejado documentación diseñada en espíritu diametralmente opuesto al de su posterior dictamen. Y que otro finado se llevó secretos a su morada final: Pepe Eliaschev, quien, ahora nos enteramos, no ratificó en tribunales su nota periodística, primer antecedente público de este trauma.

Cada quien sabrá interpretar lo que aquí apenas se insinúa para no imitar temeridades que encima están peor sustentadas. No deja de haber preguntas en este entuerto. Pero Rafecas acaba de argumentar mejor que ningún funcionario o militante que las respuestas deberán ser rastreadas puertas afuera de Casa Rosada. Es simplemente lo que conviene a la dilucidación.

Los cementerios no mejoran a las personas. Hemos confirmado que a las denuncias judiciales tampoco.

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