lunes, 2 de febrero de 2015

Macrì-Carrió, la largada del republicanismo perdido

El acuerdo entre Maurizio Macrì y Elisa Carrió, anunciado el último sábado, expresa, seguramente, más de una cosa. Cada una de las cuales irá siendo desgranada, al detalle, en diferentes análisis, que por cierto en la actualidad abundan.

(Aquí no creemos que haya mucho para agregar a varias cuestiones que ya hemos apuntado. Por otro lado, recién arranca; y se lo comentará mejor andando el tiempo.)

Ahora bien, aquello que, sin duda a nuestro criterio, lo define inicial y esencialmente, es su carácter antiperonista. Que no será explicitado. Al menos, no como tal, porque ya no queda bien asumirse gorila. Pero cuya media voz nadie, al interior de ese espacio, se esmera en silenciar. Basta con prestar atención a las bases sociológicas con que cuentan. Pocas, pero que se expresan intensamente, sobre todo en las redes sociales: exigen poco menos que una solución final para lo que definen como mafia peronista. En el PRO reelaboran eso para que quede presentable, y entonces Macrì dice que es necesario un cambio "respecto de quienes han gobernado durante los últimos 30 años". De los cuales convenientemente se excluye, y como si todo hubiese sido lo mismo.

No es casual que esta jugada, que se cocinaba desde hace varios meses, se concrete justo cuando transcurre el asunto Nisman. Conviene recordar, y esto lo escribimos en nuestro último post, que Carlos Pagni había reprochado a la dirigencia opositora su incapacidad para capitalizar el evento en función de la construcción de un frente único que los aglutine.  

Eso, a su vez, deriva hacia dos cuestiones adicionales: primero, confirma la condición del FpV-PJ como organizador dominante del escenario electoral. Porque la razón de la movida, y esto sí ha sido lo suficientemente expuesto, es la peligrosa (para ellos) cercanía del triunfo kirchnerista en octubre sin necesidad de segunda vuelta. Por otro lado, pero conectado a lo anterior, bloquea casi definitivamente las posibilidades de Sergio Massa de crecer hacia territorio antikirchnerista, que era y sigue siendo su verdadera apuesta desde que triunfó en las elecciones legislativas de 2013. Todo modo, nada de lo dicho hasta aquí implica todavía una sentencia definitiva para los múltiples cierres que se están tejiendo a nivel local. Pero sí que se trata del primer intento fuerte en procura de una definición más orgánica, pacífica y cohesionada.

Dicho sencillo: el pacto intenta constituirse en indicio de poder a través del señalamiento hacia el electorado más visceralmente adverso a la cosmovisión oficial de que se arquitectura una opción sólida, capaz de vencer. Y, sobre todo, pura. Respondiendo a la lógica sobre la que pretende organizar la presidenta CFK la cita de agosto/octubre: polarización.

Carrió es la piola con la cual se busca arrastrar hacia PRO al radicalismo aún remiso o más afín a Massa, a quien patoviquea.

En lo que hace a la rosca, se conjugan dos cosas que aquí ya hemos comentado: coronar el despliegue federal de la UCR con una figura taquillera que, a su vez, tenga el vacío que le sobra a Macrì para ofrecer en listas que permitan al radicalismo conservarse como primer minoría, con las cajas que ello supone en consecuencia, objetivo último de cualquiera de las alquimias que emprenden. Pero también debido a ello aún subsiste la alternativa PMDBista: la elaboración de acuerdos parciales a nivel provincial y municipal con más de un candidato opositor, que multiplique las alternativas en tal sentido. Es cierto, como señaló Horacio Verbitsky en Página/12, que esa fractura, aún vigente además por la negativa de algunos restos de FAUNEN y de la UCR a encuadrarse con con Carrió y Ernesto Sanz, no corrige per se la ventaja del FpV-PJ.

El gran dilema que los aqueja, sin embargo, es que tampoco permanecer disgregados les auguraba nada bueno. Ni mucho menos sería aconsejable una hipotética confluencia de Massa hacia la entente republicana: se produciría entonces un cuello de botella invertido, una sobreabundancia que dificultaría los órdenes subnacionales, y por ende derivaría en una huelga de brazos caídos para trabajar el sufragio, tanto en campaña como el día mismo de una elección nacional.
Sucede que el conflicto que, en su irresolución, late de fondo, es que una candidatura, y cualquier edificación que se pretenda imaginar a su alrededor, funciona sólo en tanto resulte expresión de algo previo, que el individuo culmina; y no al revés

La solución, en definitiva, sería hacer política. Lo que, es obvio, va más allá de fotos, quinchos y reportajes. Puede que se hayan acordado tarde. 

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