lunes, 23 de febrero de 2015

La marcha del grito

Pasó el #18F y, desde que se desconcentró la enorme multitud que se congregó en torno a Plaza de Mayo, estamos en una disputa por colocarle sentido a un suceso que osciló entre el silencio --tal el lema de la convocatoria-- o tantas razones como asistentes hubo, se reitera que muchos. Y ocurre, a nuestro ver, que lo que en principio se trató de un homenaje al fallecido Alberto Nisman/reclamo por el esclarecimiento de esa muerte, en realidad terminó funcionando como catalizador de sentimientos de oposición al gobierno nacional, que preceden y exceden al hecho específico.

Cuando se hace el ejercicio de examinar los análisis de quienes evidenciaron su adhesión a la marcha, y/o las manifestaciones en redes sociales de figuras públicas que ídem, y hablamos de a quienes en ambos casos se les conoce rechazo al kirchnerismo, resulta sencillo advertir que los argumentos terminan confundiéndose con otros que utilizan para comentar diferentes capítulos de la actualidad política, independientemente del tema.

Conforme el expediente ha ido acumulando elementos concretos indubitables, la hipótesis suicida, si bien todavía no puede darse por confirmada, está cerca de materializarse. Incluso, durante el transcurso mismo de la protesta se conoció que la pericia toxicológica camina en esa misma dirección. La pregunta que surge inmediatamente es obvia: cómo se entiende, entonces, esta movilización "para pedir justicia" en el marco de una causa que, con solidez, avanza hacia el archivo. La duda respecto del resultado, será la respuesta: pero no de todos ellos, sino de cualquiera que no determine la culpabilidad de la presidenta CFK. Las ansias de forzar el homicidio son, pues, jalonadas por la aversión, que es previa. 

Sólo así se comprende que se ganen las calles en declamada defensa de valores morales a remolque de dirigentes que ni de cerca los profesan. Y que, incluso, tienen mucho para explicar en cuanto a encubrimiento en la causa AMIA, nada menos.

Asistimos a una escenografía impactante cuya composición social y etaria es similar a las de los cacerolazos de fines de 2012 y principios de 2013. Y en la que truena todavía el mismo dilema que entonces: ausencia de representación electoral competitiva. Se creía que ese deficit había sido saldado por las elecciones legislativas de agosto/octubre de 2013, lo que se verificaba en el progresivo debilitamiento de esa modalidad de expresión. Tal vez haya sucedido en un primer momento, a posteriori de los comicios. Pero a medida que las presidenciales venideras se acercan de la mano con una cada vez más consolidada sensación de probabilidad de triunfo oficialista en primera vuelta, en el marco de una oposición que no termina de constituirse confiable, la desesperación de sectores que de veras sienten al kirchnerismo como padecimiento se multiplica geométricamente. Eso gritaba el mutismo. Y son también los dramas del establishment.

Una complejísima trama para quienes detestan a la política adolecer de un problema que sólo se resuelve con... política. Y la faena de construir una representación (¿quién capitaliza esto?) a escasos seis meses de las PASO. En especial cuando los candidatos se dedican a, apenas, corear el descontento de las que pretenden sus bases, sin darse la distancia del procesamiento de eso articulado con las limitaciones que impone la gobernanza.  

Pasadas las primeras horas de producido el mitín, se oyen y leen atendibles mensajes editoriales que reclaman a por la megaconfluencia opositora en derredor del clima organizado por el asunto Nisman y sus derivaciones. Ya hemos comentado de sobra aquí las dificultades que tal jugada supondría (también de un primer reproche en ese entendimiento que formulara Carlos Pagni). Pero, igual, está sucediendo. Sin embargo, nos encontramos ante un problema adicional todavía mayor. No sólo el de la carencia comentada: para peor, el colectivo de referencia exterioriza más que habitualmente un rechazo a la política en sí misma. Dicho sencillo: si Maurizio Macrì o Sergio Massa hubiesen hecho el mismo llamamiento, seguramente la asistencia habría mermado, y dramáticamente. Y aquí convendría al kirchnerismo afinar mejor el planteo golpista.

Y es que la cuestión no pasa esencialmente por correr a CFK del gobierno antes de tiempo. A fin de cuentas, ella, en diciembre, inexorablemente, debe entregar el cargo al sucesor que consagre el voto popular. Las maniobras de las últimas semanas tienen, a nuestro criterio, otros dos objetivos; si se quiere, hasta mucho más sensibles que un golpe.

Primero, erosionar las --hasta la muerte de Nisman esto lo venían reconociendo con cada vez mayor frecuencia numerosos dirigentes opositores-- enormes posibilidades de triunfo en primera vuelta del Frente para la Victoria. Y más aún que eso, teñir los meses finales del mandato de Cristina de un clima que habilite que el recambio institucional lo sea también de ciclo histórico, pues no siempre son sinónimos. No lo sería, en condiciones normales, en el caso del kirchnerismo. Es decir, se intenta que quien asuma en reemplazo de ella dentro de 10 meses cuente con mayores márgenes para acelerar en dirección hacia una reconfiguración programática profunda, que es eso lo verdaderamente en juego ahora. Ricardo Tasquer habla de una maniobra para "desacreditar al kirchnerismo en tanto portador del virus del intervencionismo".

Dicho sencillo: si la imagen es la de un gobierno saliente reo, más sencillo será decir que todo lo actuado en estos 10 años, por provenir de la criminal que se pretende construir, está viciado de nulidad, y por ende debe irse con ella. Como dijéramos una vez acá, si fue posible remover grandes porciones del neoliberalismo en Argentina, se debió, en gran medida, a que acabó a sangre y fuego en 2001. Necesitan un final idéntico del kirchnerismo para arrancar de raíz las conquistas de una década. De otro modo, y máxime cuando el sujeto social con que se cuenta es reacio a fungir de soporte duradero, les será difícil. Más concreto: cuando se pega contra CFK se lo hace, a la vez, contra la AUH, la renacionalización hidrocarburífera y previsional, la ley audiovisual, la recuperación industrial y del empleo, y siguen las firmas.

Cristina Fernández entendió perfectamente el desafío. Y salió a notificar de ello --fundamentalmente, de su aceptación-- al mediodía de la marcha, poniendo blanco sobre negro en cuanto al litigio de poder y a las implicancias que supone para sus representados. Recordó que ésta ha sido una etapa de reparaciones porque antes lo fue de mando institucional auténtico.

Así, el oficialismo responderá mejor al embate si involucra a los suyos a nivel personal en la disputa que hay librada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: