viernes, 5 de diciembre de 2014

Representación, territorialidad y demagogia

El pacto de representatividad que sustenta el contrato institucional de cualquier sociedad, y cuya construcción (en pugna) es la sabia de que se nutre la disputa política, es el gran problema que atraviesa la vida pública argentina desde 2001.

Pero nunca desde entonces como en 2013 ese dilema formó parte tan explícitamente de la agenda de debate electoral, en un proceso que promete acentuarse en 2015.

Hay que reconocerle a Sergio Massa tanto su decisión de problematizar el asunto como temática en sí misma, cuanto la de elaborar su construcción en función del abordaje de tal. El problema es cómo se hace eso. Los massistas explican al Frente Renovador como emergente de los cacerolazos de 2012. En efecto, se hizo sentir entonces el default que en términos de expresión adolecía la estructura partidaria nacional: el gap del triunfo de Cristina Fernández en 2011, los casi 40 puntos que la separaron de sus competidores, generaron una sensación de irreversibilidad en quienes no se sienten contenidos por el programa del Frente para la Victoria.

Pero la representación, en los términos que venimos comentando, y en los de la mayor parte del arco dirigencial opositor, más bien se asemeja a una mera vocería del descontento en la que no media siquiera el mínimo procesamiento que impone la necesidad de articular el reclamo con otra numerosa cantidad de dimensiones que integran la compleja trama de la acción de Estado. Es válida, obvio, la mimetización a la hora de la prédica de campaña. Pero en el caso de Massa esto se vuelve peligroso porque se está poniendo, de puño y letra, el qualunquismo en proyectos de ley. Así, por caso, con sus adefesios alternativos de pago soberano de deuda en sede local, en que garantizaban a los fondos buitre el cobro del 100% de sus acreencias por una ley previa al vencimiento de la cláusula RUFO --ergo, disparándola--; y de Código Procesal Penal de la Nación, en el que se arrasa sin más con las garantías constitucionales del debido proceso. 

No sorprende: ya a principios de año, cuando se presentó el anteproyecto de Código Penal de la Nación elaborado por una mesa pluripartidaria de expertos en la materia, se podía leer al massismo digital reconociendo que el escándalo que al respecto armó el diputado nacional rejuntador en uso de licencia tenía únicamente que ver con la construcción de electorabilidad. No se trata de reprochar la posibilidad de abastecerse del descontento. De hecho, Néstor Kirchner bebió de la fuente del “que se vayan todos”. No obstante ello, jamás dio curso a, por ejemplo, el asambleísmo barrial que allí se clamaba como solución al crack neoliberal. La materia prima debió ser elaborada para convertirse en producto competente: le llaman política.

Y conviene tener presente que lo útil a la hora de las urnas, quizás no lo sea tanto para gobernar si ello resulta de la significación de exigencias a las que se acostumbra a no convivir con elementos que son ineludibles en la administración.

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La propuesta inicial del FR era el, digamos, retorno a 2006. Un kirchnerismo nestorista, suponiendo que eso hubiese existido como tal. De ahí la convocatoria a notorios colaboradores del gobierno de Néstor Kirchner, eyectados conforme avanzó la profundización del programa oficialista a posteriori del conflicto con las patronales agrarias en 2008. Momento, dicen algunos, en que el gobierno nacional habría abandonado “la agenda de la gente”, debido a la construcción de lo que se conoce como “la grieta”, fuera de la cual quedan requerimientos ciudadanos sin atender por la distracción que supone. La apuesta, entonces, era a por la reconstrucción de la alianza de mayorías que había sustentado al kirchnerismo, por medio de un quiebre de la territorialidad bonaerense que buscaría capturar el enojo antes descripto con la oferta de una construcción partidaria potente. 

Todo esto como verónica previa al intento futuro de desplazamiento de CFK de la conducción del peronismo.
Sucede que las boletas del FpV conservaron en 2013 su piso histórico nacional de votos, 35%, igual que en 2009 pero sin Néstor Kirchner, y en un contexto de dificultades socioeconómicas similares pero con mayor cantidad de años de desgaste a cuestas. Ello obligó a una reconfiguración en la estrategia de los renovadores, en la que se subordinó a los instrumentos pejotistas y ganó mayor espacio el discurso republicano de sus integrantes con menor cantidad de votos. 

Manuel Barge comentó acerca de las incomodidades que eso supone para los compañeros que ahora militan en el FR.
Los garrochazos desde el FpV se frenaron (también gracias a la reconstitución del PJRA y el PJPBA). Y la pesca de distritalidad opositora en funciones, que exploran como nueva apuesta para cubrir el déficit de despliegue nacional, implica una competencia más concurrida. La UCR oscila entre la preferencia por Maurizio Macrì como mascarón de proa de sus restos y jugar la propia, habida cuenta que los niveles nacionales no afectan el desempeño propio en lo local.

La arquitectura que Massa había logrado dibujar luce inadecuada para las nuevos escollos que le impuso la realidad. Pero es, a la vez, su mejor soporte. Un verdadero callejón. Conforme la distancia temporal con 2015 se acorta sin novedades satisfactorias para el desarrollo federal del FR, la deriva neustadtista de su discurso escala en frecuencia y densidad.

La demagogia es el salvavidas al que apela en busca de una sociología a la que no logra enamorar.

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