lunes, 29 de diciembre de 2014

Acuerdo Cuba/EEUU: triunfo del populismo

El acuerdo, o principio de tal, que anunciaron en conjunto Raúl Castro y Barack Obama, como era de esperarse, disparó muchos análisis desde lo geopolítico. Aquí nos motivó a decir algo acerca de las estructuralidades de los sistemas políticos. Los marcos al interior de los cuales surgen decisiones.

Alguna vez escribimos aquí ya sobre estos asuntos, a propósito de las protestas estudiantiles que se sucedieron en Chile durante el gobierno de Sebastián Piñera, y también de la relación entre la crisis socioeconómica española y la agonía de la capacidad de respuesta del Pacto de la Moncloa como método de viabilización política de las demandas ciudadanas.

En buena parte de los países del globo, por no decir la mayoría de ellos, los sistemas políticos tienden a, por llamarlos de algún modo, cierres programáticos y representativos, institucionalmente definidos. Esto es, la construcción de recetarios de políticas públicas que se sostienen independientemente del partido que ocupe la conducción del Estado, con márgenes mínimos para variaciones meramente cosméticas. Lo que, a la larga, deviene en soldaduras de electorados: existen ciudades al sur de EEUU en las que resultan inimaginables triunfos demócratas; y, viceversa --aunque con menor intensidad--, sitios al norte de dicho país que le son hostiles al republicanismo. Con, como siempre, todos los matices y salvedades que corresponde efectuar sobre cuestiones de este tipo. Pero para muestra basta un botón: a los gobiernos norteamericanos se les denomina, en jerga, administración. Eficaz imagen del acotado menú de opciones que esos tableros admiten.

El éxito de pactos tales tiene un carácter necesariamente acotado en tiempo. Lo imponen las mismas sociedades. Que son, en esencia, inestables, máxime si conocen de avances en términos de prosperidad. Lo que lleva a reactualización y, por ende, complejización de reclamaciones. La obstinación en sentido contrario implica desconocer la naturaleza eminentemente histórica de toda construcción humana. Conveniente, por tanto, para situaciones específicas, determinadas.

Al principio hacíamos referencia a España y Chile. Otros ejemplos clásicos de lo que se viene referenciando en este post.

En la madre patria, el descontento ha estallado hacia la novedad de Podemos, luego de momentos de inicial violencia callejera y acción directa. Afortunadamente, la ruta de escape fue diseñada políticamente. No obstante lo cual, la caducidad de la Moncloa es irremediable, aun cuando el recambio presidencial venidero quede en manos de la angosta bifrontalidad PP/PSOE; que, se insiste, tanto da. Por este camino, es cuestión de tiempo para que la formalidad acompañe a los hechos, que hace rato se salieron de cauce. En Chile, las dificultades que exploraron Michelle Bachelet --en su primer turno-- y Piñera --más tarde-- con distintos sectores excluidos (estudiantes, usuarios del transporte público, trabajadores) del pretendidamente ineluctable modelo de desarrollo pospinochetista, derivaron en una segunda experiencia mucho más ‘a la izquierda’ de la jefa de la Concertación, que incorporó a su actual alianza social de poder a varios de los emergentes de aquellas protestas. 

La abstención electoral de 50% en su triunfo 2013, comparado con el apenas 12% de la victoria 2005, es suficientemente demostrativa de lo que supone la pérdida de representatividad cuando el esquema partidario se cierra a novedades.

* * *

Hablamos de las rupturas populistas. Ese instante que, según Ernesto Laclau, se produce cuando los sistemas institucionales en vigencia se revelan inhábiles en la atención de requerimientos para cuya atención no fueron diseñados.

La Venezuela del Pacto de Punto Fijo (vaya nombre para el tema que estamos comentando), estirada hasta el imposible, dio luz al chavismo. En mayor o menor medida, todos aquellos países que sufrieron fracturas de orden social fueron hacia el populismo. Y en Argentina siempre ha existido el peronismo, que tiene incorporado en su hoja de ruta lo que Alejandro Dolina ha denominado como capacidad de frenar en cada esquina a preguntarse si está en lo correcto. De ese modo, logra procesar los devenires de la heterogeneidad y la mutabilidad social. Uruguay, que aún con el nuevo principio de hegemonía electoral del Frente Amplio tramita su historia de manera muy acompasada, hacia el final del mandato de José Mugica está conociendo avances legislativos mucho más transgresores que lo habitual. Y resulta interesante pensar en el todavía presidente uruguayo, aunque acá somos defensores de la centralidad de otros asuntos a la hora del análisis político. 

Mugica es un hombre que va de salida de la vida pública. Aunque será senador durante el próximo período presidencial, su edad le inhabilita mayor futuro, y otro tanto podrá decirse del nuevo mandatario electo, que vuelve, Jorge Tabaré Vázquez, cuando acabe su segundo turno. Y llegamos al punto: tal vez podría pensarse la decisión de Obama en parte desde su actual condición de producto vencido en el mercado político estadounidense. No tiene reelección, que en ese país la hay por un sólo lapso, y consecutivo. Se abrió, de tal manera, un hueco a partir de un elemento que caminará todavía durante un tiempo más en el circuito, porque aún tiene mandato vigente, pero ya con un pie afuera. Las tan evocadas innovaciones económicas y productivas que impulsan el entendimiento no podían ser gestionadas por el statu quo vigente. No hace falta detallar la centralidad que el bloqueo a Cuba ocupó en la agenda norteamericana del último medio siglo.

¿Existe, entonces, ruptura populista en EEUU? No. Y tal vez ni siquiera se esté cerca de ello. Es muy probable que los resortes privilegiados del poder permanente intenten domesticar la nueva dinámica en sentido conservacionista. No obstante ello, acaba de producirse, sí, una herida apta para explicar una forma de construir innovaciones disruptivas.

Y conviene recordar que las cicatrices son útiles, pero incapaces de volver las cosas idénticas a antes de la lastimadura.

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