viernes, 7 de noviembre de 2014

Polarizados 2015

Las oposiciones se esmeran en la construcción de un triunfo contundente del peronismo en primera vuelta de las elecciones presidenciales 2015.

Las PyME del progresismo que vuelan por los aires del estallido de FAUNEN no se sumarán a la PMDBización de la UCR, ni tampoco a la deriva crecientemente gorila de Elisa Carrió (aunque compartan ese sustrato). Binner-Stolbizer en la fórmula presidencial y un binomio conformado por los hijos de Raúl Alfonsín y de Antonio Cafiero (que, a diferencia de Máximo Kirchner, no heredaron el talento político de sus padres) para disputar (es un decir) la gobernación de la provincia de la provincia de Buenos Aires. Pura racionalidad instrumental: necesitan conservar las pocas bancas que aún conservan; por ejemplo, la de Victoria Donda.

Apenas se construyó FAUNEN, dijimos aquí que los territoriales de la UCR harían esta vez (a diferencia de las últimas dos ocasiones de elecciones generales) valer el peso de su despliegue a efectos de las definiciones tácticas del espacio. Eso está sucediendo: se reparten entre Sergio Massa y Maurizio Macri para engrosar sus respectivas construcciones locales, desatendiendo la proyección nacional, ya no sólo de la alianza multimarca, sino también del propio radicalismo, condenado a funcionar como partenaire de alguno de los dos candidatos del hibridismo. Quienes, además de la captación de boinas blancas, se bloquean recíprocamente.

La caprilización ha estallado por los aires desde que, luego del fallo adverso de los tribunales norteamericanos en el conflicto buitre, la presidenta CFK decidió acelerar la polarización a partir del reimpulso de una agenda legislativa intensa, anclada en la profundización programática. Ése fue el modo elegido por Cristina para intervenir el trámite sucesorio. A partir de ello, comenzaron realineamientos en las alianzas opositoras, en paralelo con una carrera alocada en la que todos sus integrantes compiten entre sí por constituirse en el depositario del distintivo de mayor adversario de la cosmovisión oficialista, lo que se expresó en los anuncios de derogaciones masivas del paquete legislativo de once años de peronismo efepeveísta.

La Presidenta encontró, así, el modo de torcer la dinámica de la derrota 2013: la fuga de votos propios hacia una candidatura que, prometiendo conservar lo bueno de lo actuado desde 2003, debilitó su representatividad. Eso que pretendió convertirse en una nueva mayoría, impulsándose desde un cambio de mando en el PJ... que no sucedió. El Frente Renovador se dedica, desde entonces, a cultivar su faceta republicana. Por no tratar en este post las cuestiones de sábanas que están abundando por allí; o bien las delicias judiciales en que se han enredado con Carrió. La agenda de los temas concretos que le interesan a la gente pasó al baúl de los recuerdos, cediendo paso al business del país dividido. Una pena que el voluntarismo cool no haya alcanzado para torcer relaciones de fuerza estructurales. Un giro que, observado panorámicamente, implica la sobreabundancia de oferta para el electorado antiperonista, a menudo --para colmo-- sobreestimado en cuanto a sus dimensiones. 

De tal modo, el FpV queda en soledad para el atrape de voto peronista. La ultrakirchnerización de Daniel Scioli, entonces, no pasa por un consejo de Jorge Telerman, sino por sencillamente por una correcta observación del escenario coyuntural. 

El kirchnerismo fue primera minoría en las elecciones legislativas nacionales del año pasado, con 35% de los votos. 
Cifra, ésa, que es su valor histórico de referencia, pues la sostuvo aún en dos coyunturas adversas (ésa y 2009), y eso que en la segunda de ellas estuvo expresado en la candidatura bonaerense de un por entonces todavía desconocido como Martín Insaurralde. Es decir: CFK deposita en cualquiera un tercio como punto de largada. La segunda fuerza en aquella oportunidad fue el Frente Renovador de Sergio Massa, que aún no logró quebrar su condición de espacio provincial, con 17% de los votos (exclusivamente bonaerenses, proyectados a escala nacional). Pero una parte de ellos corresponde asignársela a Macri, quien para ese comicio había construido una alianza con el ex intendente de Tigre, hoy fragmentada en dos.

Las elecciones presidenciales argentinas se ganan con 45% de los votos, o con 40% si la distancia respecto del segundo es de 10 puntos o más. Sufragios, conviene recordar, afirmativos válidamente emitidos. Esto implica descontar blancos/nulos/impugnados; con lo cual, ese 40% se convierte en 38,5% de votos efectivos. Ésa es la meta a alcanzar, partiendo desde el 35% blindado a que arriba hacíamos referencia.

Haciendo números, se entiende el nerviosismo. Se pierde el autocontrol cuando antes no se cuidó la autonomía decisoria.          

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