jueves, 30 de octubre de 2014

La integración no es una consigna: es racionalidad

“Dicen estar preocupados por las suspensiones en la industria automotriz, y, a la vez, que no les interesan las presidenciales brasileras.”

Algo así, la cita no es textual, se pudo leer en Twitter durante el recuento de votos de las elecciones que definieron la reelección de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil. La nota sería desubicada en este texto si se tratara meramente de una manifestación aislada de ciudadanos con bajo nivel de politización. El problema surge cuando un dirigente que se supone de primer rango padece de semejante indigencia en su razonamiento estratégico. Bien decía el general Juan Domingo Perón que la verdadera política de un país es la exterior. En la misma red social se pudo confirmar, antes y después de la primera vuelta y del balotaje, que quienes deberían pensar estas cosas intentaban presumir una poco verosímil indiferencia. Bastante vergonzante tesis, además, por cierto.

Quien mejor analizó este duelo, el periodista de Ámbito Financiero Marcelo Falak, se mostraba asombrado, para mal, de la poca conciencia que había en la dirigencia opositora respecto de la posibilidad de triunfo del antimercosuriano Aecio Neves.

El PT, nos enteramos ahora (esto es pura ironía), navega aguas encrespadas, y es perfectamente entendible que así sea. Por empezar, debió readecuar formatos operativos en su tránsito desde el sindicalismo hacia la conducción del gobierno: por la naturaleza del cambio en sí, desde luego; pero también por una cuestión que incumbe a las transformaciones que sus éxitos de gestión imprimieron velozmente en una sociedad acostumbrada a que los cambios procedan a ritmo cansino. Así, a la clásica división tripartita de clases que enseña la teoría (alta/media/baja, y las variaciones tradicionalmente aceptadas como media/alta y media/baja) se le agregaron matices de complejidad, altamente conflictiva en varios momentos desde 2013. 

La nueva clase ‘C’, que tanto se ha comentado a propósito de las transformaciones operadas por el posneoliberalismo en Sudamérica, y que en Brasil se ha observado como un fenómeno de mucha mayor fortaleza y dinamismo; tanto como el sector más postergado en la pirámide de ingresos, pusieron y ponen a prueba las aptitudes representativas del PT, en tanto se trata de universos ajenos a la tramitación a través de organicidad institucionalizada sobre la base de la cual el partido se desarrolló, dado su origen, que es el universo gremial, donde nada existe por fuera del agrupamiento. Respecto de los primeros, constituyen el núcleo duro del desencanto, que presumiblemente colocó al lulismo entre la espada y la pared. Para los segundos, el Bolsa Familia constituyó la respuesta que amplió el espectro de un dispositivo que nació exclusivamente obrero.

Por otro lado, y a partir de lo que explica detalladamente José Natanson en su último libro (altamente recomendable, tal su costumbre), El milagro brasileño. ¿Cómo hizo Brasil para convertirse en potencia mundial?, las mutaciones recién referidas implican, a su vez, una reconfiguración en la ecuación de fuerzas que organiza el poder.

Brasil ha tenido por habito, durante toda su historia, gestionar su devenir a través de pactos de elites. Lo que, por tratarse de una operación que desciende desde la cúspide, suavizó el impacto de las decisiones. Lula y compañía no han formalizado la participación de los sectores populares en sus reivindicaciones del modo que, por ejemplo, nos es común en Argentina desde el peronismo. Pero el sólo hecho de haber generado bienestar implica un barajar y dar de nuevo en que el statu quo se conmueve. Dado ello en el marco de un Estado que, aún sin alterar las grandes líneas del modelo de desarrollo, elaboró novedosas intervenciones sobre la actividad privada limitantes de la dinámica de mercado, y máxime en una coyuntura de mayor estrechez económica, hay amenaza de alteración en el tradicional reparto de costos. Dicho sencillo: quién manda.

El clima sereno que caracterizó siempre a Brasil tenía, en este contexto, las horas contadas. De las innovaciones a que el volumen de la disputa política aumente, había, hubo, medio paso. No era, a fin de cuentas, todo color de rosas por allí.

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¿Todo este análisis, o algún otro, estuvieron ausentes en las filas opositoras argentinas? ¿O fue desatendido el tema sin importar que derivara en apuestas perdedoras, tanto en Brasil como en Uruguay? En cualquiera de los casos, resulta delirante.

Y, en definitiva, ¿qué implica para Argentina, en términos políticos, el cuadro de situación brasileño?

El kirchnerismo tenía y tiene las cosas definidas: apoyo incondicional a Dilma. Elisa Carrió, que también suele tener claras sus aspiraciones electorales (que luego las pueda cumplir o no es otro tema), apuntó y disparó: explicó que deseaba el triunfo de Aecio Neves porque rechaza a Rusia y a China, que es la variable que se fortaleció con el triunfo lulista. La Alianza Pacífico, funcionalmente subordinada al compás que dicta EEUU, era la alternativa. No se trata de rozar, siquiera, el asunto del imperialismo, sino sencillamente de un esquema de integración económica de cuyo fracaso en cuanto al impacto sobre la economía nacional no se requieren mayores probanzas. A esto se refería Falak al expresar su alarmismo por las alianzas regionales que exploran los adversarios al kirchnerismo, desaconsejables para nuestra complementariedad productiva.

El análisis periodístico opositor advirtió mejor las disputas de fondo que subyacían a todo esto: abandonaron sus hasta hace poco usuales elogio a Lula, instrumentados como contraejemplo de las falencias que achacan al oficialismo nacional. Ahora el PT es el espejo que adelanta al kirchnerismo, sólo que para mal. Carlos Pagni encontró una conexión muy ocurrente entre ambos países, a partir de la estrategia de autobalcanización que ha decidido la UCR (entre Macrì, Massa y lo que quede de progresismo) de cara a 2015 como método para conservar espacios legislativos e intentar crecer desde las provincias: es lo que el histórico PMDB, la mayor formación partidaria de Brasil (que, sin embargo, no logra trascender en las sucesivas peleas presidenciales), hace años practica. Esa subordinación dice mucho acerca de la voluntad para el mando.

Cuando Sergio Massa inició su gira pac man por el interior, en disputa con Maurizio Macrì y mientras resuelve sus miedos con Marcelo Tinelli que hasta hoy bloquean el garrochazo de Martín Insaurralde, además de Pagni retumbó un concepto de Alejandro Horowicz que aquí ya refiriéramos: “Sin una estrategia sudamericana vos no tenes nada. Y la Argentina es escandalosamente provincial. (…) Todos creen que es más importante la interna radical de Trenque Lauquen que lo que sucede en el PT o en el sindicato de los metalmecánicos en San Pablo”. Formidablemente anticipatorio de este paisaje: Jujuy es apenas el 1,5% del padrón nacional, sin ofender. Los acuerdos en que uno inscribe sus construcciones dicen casi todo sobre un programa. Los paralelismos surgen de las proyecciones que se han potenciado en tiempos de mercados regionales.

Brasil sirvió para enseñar que, por fuera de tendencias sociales que pueden perfectamente tener influencia en los ánimos de época, existen estructuralidades definitorias que hacen sentir su mayor peso, y que combaten para sostener su vigencia.

No es para cualquiera eso de dinamitar las relaciones de fuerza de un período histórico determinado.

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