sábado, 20 de septiembre de 2014

Los mareados

Es entendible que el trotskismo vote en contra de proyectos de ley que, aunque mejoren los términos de la relación capital/trabajo a favor de los obreros, la convalide, la cristalice. Es decir, está bien, desde la perspectiva trotskista, no acompañar --por ejemplo-- una propuesta de reparto de renta empresaria entre los trabajadores o avances en la Ley de Contrato de Trabajo, porque eso los alejaría de su objeto esencial. Que no pasa por alivianar las desigualdades sino por, directamente, subvertir la lógica de dominación capitalista, en tanto ideas como las antes arriesgadas la aceptan como tal.

Ahora bien, el voto del PO, la semana pasada, en contra de la nueva regulación de las relaciones de producción y consumo sí resulta incomprensible. El programa de esa agrupación pasa por eliminar la propiedad privada. Y la reforma a la ley mal llamada de abastecimiento que aprobó el Congreso nacional hace algunas horas, si bien por supuesto no elimina la propiedad privada, sí la relativiza, en orden a operativizar la función social que le asignan la Constitución Nacional, el Código Civil desde su reforma en 1968 y sobrada jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

La propiedad privada es menos absoluta desde el miércoles último en Argentina. 
De modo que el troskaje está ahora más cerca sus aspiraciones, pero no gracias a sus legisladores sino al kirchnerismo. El PO jugó, se diría, a cuanto peor, peor. Qué pena por ellos.

No son los únicos, no obstante. El moyanismo está expresado en la Cámara de Diputados de la Nación por dos hombres: Omar Plaini y Facundo Moyano. Comparten un minibloque: ellos dos. La semana pasada, en cuanto al tratamiento de la ley de pago soberano, el primero no dio quorum, pero votó a favor. El segundo, en cambio, al revés: aportó para el inicio de sesión, pero no acompañó la iniciativa votada cerca de las 6 de la mañana del jueves 11 de septiembre tras haber anunciado exactamente lo contrario cerca del mediodía del miércoles 10. Una semana después, tampoco coincidieron en cuanto a las nuevas leyes de regulación del consumo y de la producción y de nueva justicia del consumidor. 
A eso se le llama claridad estratégica.

Cuando uno quiere explicarse por qué cada tanto la CGT blue derrapa, como con el hijo iletrado de Hugo Moyano, Pablo, amenazando con arrojar cadáveres sobre el escritorio del intendente de Quilmes Francisco Barba Gutiérrez; o con Luis Barrionuevo convocando a un agite social que termine anticipadamente con el mandato de la presidenta CFK, tiene que buscar en el fracaso doctrinario de los que suponíamos cuadros mejor formados del jefe camionero.

Como no se impone la razón, gana terreno la fuerza. Que veremos, además, si cuentan con ella. Corta la bocha.

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