miércoles, 6 de agosto de 2014

Es lindo y gigante ver que hoy hay tantos sintiendo el triunfo de Estela como propio

La política sirve cuando hace felices a las personas. Cuantos más, mejor.

Que Estela de Carlotto haya por fin podido encontrar a su nieto es, definitiva e indiscutiblemente, una noticia que genera felicidad. Ayer La Nación la llamaba como siempre lo hacemos nosotros: Estela. Cuando a alguien se le menciona por su nombre de pila a secas es porque cambió de rango. Porque adquirió una dimensión distinta, superadora. Y en cuanto al hecho en sí, significa que la causa ha generado una hegemonía que la fortalece en términos de futuro: tranquiliza, siendo que tanto se ha discutido en este país en torno al fin de ciclo y a la necesidad de dar vuelta la página, habida cuenta que la de la memoria harta.

También podemos preguntarnos por el tipo de alegría. 
Casi nunca es criticable ese sentimiento; salvo, claro, cuando se funda en la desgracia ajena. Pero sí hay algunas dichas mejores que otras, no hay que temer a la complejización de ese asunto. Hace poco escribí en Facebook que creo que una persona pasa de nivel en la vida, como en los videojuegos, cuando es capaz de sentir felicidad por la del otro. De seguro no soy original con ese planteo. Pero siento que eso es lo que viene sucediendo desde hace unas horas en las que, casi a modo de catarata, indetenible, empezaron a caer de todos lados expresiones de satisfacción por la buena nueva en la vida de esa abuela que ya es querida como la propia por multitudes. 
Más allá de las minorías odiosas de siempre, que igualmente esta vez fueron más marginales que lo usual.

Estela misma es, de hecho, un ejemplo de eso.
Para cada uno de los 113 nietos recuperados previos ella puso su rostro de sonrisa eterna e ineluctable, asumiendo con entereza su rol de liderazgo aunque nunca le tocaba a ella… hasta que llegó.

Y ni siquiera ahora, aclaró sin que hiciera falta, está dispuesta a darse por satisfecha.

En un homenaje a la memoria de Eva Perón que hace pocos días organizó la Secretaría de la Mujer del PJ (hoy a cargo de la diputada nacional Mayra Mendoza, militante de La Cámpora), la historiadora Araceli Bellota explicó que, a su ver, Evita es símbolo de la lucha por los derechos de la mujer mucho más que sus antecesoras, y aún a pesar de ello, debido a su acierto político en cuanto a la articulación de tal reivindicación sectorial en un proyecto colectivo. Porque, a partir de entonces, los distintos sectores se convertían en defensores de las razones de todos los restantes, en reciprocidad; cobrando, pues, mayor fortaleza cada una de las partes, por el auxilio del conjunto. Lo que derivó en mayor cantidad de concreciones.

Eso hicieron desde 2003, salvando las distancias, las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. Cuyas historias, por supuesto, anteceden y exceden, en mucho, al kirchnerismo. Y que, sin duda alguna, lo trascenderán. Pero la cuestión ganó, al cabo de una década de politización, en densidad. La que se expresa en este afortunadamente tan extendido júbilo por el otro. Todo esto es hoy más amplio y fuerte de lo que siempre fue.

Cuesta no ser redundante a la hora de hablar del tema DDHH. Yo elijo agradecer que la política, creo, esta vez decidió servir para ayudarnos a crecer como personas. 

Estela se lo ganó. Y muchos de nosotros, por haber elegido acompañarla, también.



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