viernes, 29 de agosto de 2014

El raquitismo político del frente gremial opositor

Pasó otra huelga del moyanobarrionuevismo. Un fracaso contundente --medido en relación a las pretensiones que lo impulsaron--, del que abundan sobradas certezas.

Hemos escrito muchísimo aquí de la deriva del ex secretario general de la CGT, Hugo Moyano, desde que decidió desbarrancar demencialmente tras la reelección de la presidenta CFK en 2011. Tanto, que ya resulta imposible la originalidad.

El pasado 11 de abril habíamos sembrado dudas en cuanto al éxito que se había relatado con referencia al cese general del día anterior, que había estado apalancado en la adhesión de los gremios del transporte y de piquetazos varios a cargo del trotskismo. Casi un mes después, media Plaza de Mayo le quedó enorme a una convocatoria del mismo combo dirigencial para protestar contra la inseguridad, confirmando las sospechas: la protesta previa había funcionado, pero sin expresar representativamente; debido a la hábil construcción táctica con que la había sustentado Azopardo, no importaba cuántos se habían abstenido de prestar tareas sino dónde lo hicieron. 

No casualmente, estas jornadas de lucha, a diferencia de lo que usualmente se estila, se vienen celebrando sin que un acto las epilogue. Saúl Ubaldini enseñó una regla: "sin corte, con movilización". No obstante, se hace exactamente lo contrario.

Apenas entrada la tarde de ayer, en la web del Grupo Clarín, órgano oficial del paro, se publicó una columna de Ricardo Cárpena, en la que el periodista no pudo salir a incendiar al gobierno nacional ante lo obvio de que la medida tuvo un impacto mucho menor al que esperaban. Griseaba: “Ni parazo, ni parito”, era el título. Se la podía encontrar en la portada de la web, junto con las restantes noticias, en grande, de la protesta que estaba transcurriendo. Media hora después, aproximadamente, ya no estaba esa nota de opinión en primer plano, y la cobertura del asunto había quedado reducida a menos de la mitad del tamaño que mereciera hasta allí. No se habrían perdido la oportunidad de regodearse con Balcarce 50, de haberla tenido.

Evidencia del chasco en la movida que intentaba el sindicalismo opositor que encontraba un límite en la necesidad de evitar el ridículo, que al menos por una vez entendió Clarín, aunque también debía mixturarse con la complicación política de otorgar siquiera el empate a la administración. Un coctel periodístico casi imposible de domesticar racionalmente, tanto como le es esquiva a la escasa ductilidad estratégica de Moyano la síntesis de las distintas alianzas que explora desde hace tres años, sin mayor suerte: recordemos, en las elecciones 2013 Camioneros fiscalizó el 5% de votos de Francisco De Narváez, con el propio jefe sindical y varios otros de los suyos como candidatos. ¿Dónde serán mejor considerados que en el kirchnerismo?

La derrota, así las cosas, no requiere de acumular todavía mayor cantidad de probanzas; ahora, se trata de comprenderla.

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José Natanson explica en su libro La Nueva Izquierda que en América Latina no existen partidos puramente laboristas sencillamente porque con el viejo imaginario del obrerismo fabril, hoy muy disminuido, ya no alcanza para ganar elecciones.

Artemio López y Manolo Barge se expresaron, con algunos matices, en sintonía con ese diagnóstico.

En esos términos, no tiene sentido perderse en la discusión acerca del carácter político o no de las jugadas reivindicativas de un sindicato (más allá que el dato específico de reclamo es cada vez menos nítido en el caso de la dirigencia que estamos comentando): todas lo son, lo interesante es inquirir qué tipo de política fomentan. Habida cuenta de la incapacidad del dispositivo que se expresa en Moyano para, per se, imponer condiciones, requiere de acordar alianzas para viabilizar sus planteos en el campo institucional. Pero obstinado en sobreestimarse, intentó ocupar la silla decisoria que dejó vacante Néstor Kirchner al fallecer, de puro guapo. Sus errores en el territorio partidario, empero, derivan en heridas para el programa laboral.

De ahí que el jefe camionero descendió desde la pelea por el reparto de renta empresaria y la vicepresidencia de la Nación en 2011, a exigir disminución del impuesto a las ganancias en 2014. Ese conformismo asombroso es hijo de desaciertos precedentes: la impericia para concertar acuerdos que le permitan expandirse en la dinámica del poder.

Conviene recordar que, al mismo tiempo que Moyano se desperdiciaba en un nuevo sinsabor, la jefa del Estado conseguía la aprobación de un nuevo programa de incorporación previsional (que llevará la cobertura jubilatoria al 95%). Y discute una modificación del paradigma a través del cual Argentina se vincula con los mercados de deuda soberana, en un giro histórico para el promedio nacional, que resulta viable por la articulación que hizo la presidenta de la Nación de una coyuntura local con tendencias del plano geoestratégico que hacen prever una lenta pero inexorable modificación de la presente correlación de fuerzas internacional. Mientras sucede todo eso, algunos que cobran 5 mil pesos debieron resignar su presentismo para que los que ganan más de 15 mil no se vean perjudicados por el descuento de $98 mensuales de impuesto a las ganancias. 

Están enredados en un laberinto: entre un oficialismo que les pidió el temple y la paciencia que toda amalgama a veces demanda a alguno de sus componentes y... la nada. Desaconsejablemente módicos, por angurria, en sus intervenciones. ¿Qué rol quiere jugar el sindicalismo opositor en el contexto actual? De momento, retumban sus silencios. Es una corporación que eligió, casi por gusto, encerrarse como tal, sin mayor horizonte que el segmento convencionado al que mejor le ha ido.

La tradición argentina es la de una dirigencia gremial que disputaba en grande porque siempre pensó sobre los más diversos aspectos de la agenda pública. La Falda y Huerta Grande lo atestiguan. Está bien que uno no va a andar en estos tiempos, tras toda el agua que corrió bajo el puente (cuestiones muchísimas veces deliberadas), con ese nivel de exigencia.

Pero el vacío de acompañamiento es directamente proporcional al doctrinario.

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