miércoles, 31 de diciembre de 2014

El hecho maldito goza de buena salud

El primer post de 2014 fue titulado de manera contundente: La derrota más dura en una década (...). Ello a propósito de la devaluación que el gobierno nacional dejó correr --en enorme proporción, alrededor de 23%, para un sólo saque-- a principios de año.

Hubo entonces una pequeña discusión, que pareció semántica pero no lo es en absoluto, sobre la calidad de aquella situación cambiaria: la presidenta CFK había decidido devaluar o se vio forzada, como aquí definimos, a habilitar ello aún contra su voluntad, dado que la alternativa en esa coyuntura se había vuelto definitivamente peor. Y valía la pena dar ese debate porque, se insiste, iba, y va, más allá de cuestiones de mera idiomática: hacen, por el contrario, a la voluntad política. Éste es el primer dato. Dicho de otro modo: sentado que es casi unánime la convicción acerca del recupero de terreno del oficialismo de cara al 2015 que ya se inicia, conviene destacar que eso fue posible sin ceder a cantos de sirena moderacionistas.

Evidentemente, 2014 fue el peor año en lo socioeconómico del proyecto inaugurado en 2003. Pero ello fue debido a déficits de gestión, que por otro lado aquí nunca negamos, y no programático. Tal como ocurriera en 2010, el kirchnerismo recobra impulso desde sus convicciones. No es un tema menor. De hecho, es la polarización ideológica lo que gana espacio como territorio de disputa de la sucesión que asoma. A esta altura, algo que a pocos les escapa.

En ese marco, y restando tan poco medido en relación a lo que 2001 significó en términos de despliegue para las fuerzas políticas nacionales que ya no lo son, que el único instrumento electoral con desarrollo federal satisfactorio esté además definiendo las coordenadas en que se jugará el partido implica un cierre muy por sobre la expectativa inicial. Y es que aunque este año haya sido peor que los dos anteriores del segundo mandato de la presidenta CFK, resulta fundamental destacar que esta vez se ha quebrado la tendencia: el gobierno nacional no finaliza 2014 en retirada ni apagando incendios, como se le auguraba/operaba ya desde fines de 2013, y aún antes también. Por caso, se registran corridas desde apenas reelecta CFK.

Por si todo fuese poco, se trata de un ciclo histórico que lleva más de once años ejerciendo poder no de forma cómoda.

Así las cosas, esto que seguramente será adjetivado como conformismo, por el contrario supone la enormidad de mover a adversarios a modificar planes de acción a casi nada de la hora decisiva, porque habían dibujado las partituras originales sobre la base de presupuestos que no se verificaron. Para un oficialismo, máxime uno que asume a gusto el rol de tal, las cosas son siempre más fáciles. 2014 dejó, con la reelección de Dilma en Brasil, esa moraleja, pese a enormes dificultades.

En definitiva, se verá, pero se está en la lucha. Lo que, vale aquí reiterarse, esta vez no es poco.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Acuerdo Cuba/EEUU: triunfo del populismo

El acuerdo, o principio de tal, que anunciaron en conjunto Raúl Castro y Barack Obama, como era de esperarse, disparó muchos análisis desde lo geopolítico. Aquí nos motivó a decir algo acerca de las estructuralidades de los sistemas políticos. Los marcos al interior de los cuales surgen decisiones.

Alguna vez escribimos aquí ya sobre estos asuntos, a propósito de las protestas estudiantiles que se sucedieron en Chile durante el gobierno de Sebastián Piñera, y también de la relación entre la crisis socioeconómica española y la agonía de la capacidad de respuesta del Pacto de la Moncloa como método de viabilización política de las demandas ciudadanas.

En buena parte de los países del globo, por no decir la mayoría de ellos, los sistemas políticos tienden a, por llamarlos de algún modo, cierres programáticos y representativos, institucionalmente definidos. Esto es, la construcción de recetarios de políticas públicas que se sostienen independientemente del partido que ocupe la conducción del Estado, con márgenes mínimos para variaciones meramente cosméticas. Lo que, a la larga, deviene en soldaduras de electorados: existen ciudades al sur de EEUU en las que resultan inimaginables triunfos demócratas; y, viceversa --aunque con menor intensidad--, sitios al norte de dicho país que le son hostiles al republicanismo. Con, como siempre, todos los matices y salvedades que corresponde efectuar sobre cuestiones de este tipo. Pero para muestra basta un botón: a los gobiernos norteamericanos se les denomina, en jerga, administración. Eficaz imagen del acotado menú de opciones que esos tableros admiten.

El éxito de pactos tales tiene un carácter necesariamente acotado en tiempo. Lo imponen las mismas sociedades. Que son, en esencia, inestables, máxime si conocen de avances en términos de prosperidad. Lo que lleva a reactualización y, por ende, complejización de reclamaciones. La obstinación en sentido contrario implica desconocer la naturaleza eminentemente histórica de toda construcción humana. Conveniente, por tanto, para situaciones específicas, determinadas.

Al principio hacíamos referencia a España y Chile. Otros ejemplos clásicos de lo que se viene referenciando en este post.

En la madre patria, el descontento ha estallado hacia la novedad de Podemos, luego de momentos de inicial violencia callejera y acción directa. Afortunadamente, la ruta de escape fue diseñada políticamente. No obstante lo cual, la caducidad de la Moncloa es irremediable, aun cuando el recambio presidencial venidero quede en manos de la angosta bifrontalidad PP/PSOE; que, se insiste, tanto da. Por este camino, es cuestión de tiempo para que la formalidad acompañe a los hechos, que hace rato se salieron de cauce. En Chile, las dificultades que exploraron Michelle Bachelet --en su primer turno-- y Piñera --más tarde-- con distintos sectores excluidos (estudiantes, usuarios del transporte público, trabajadores) del pretendidamente ineluctable modelo de desarrollo pospinochetista, derivaron en una segunda experiencia mucho más ‘a la izquierda’ de la jefa de la Concertación, que incorporó a su actual alianza social de poder a varios de los emergentes de aquellas protestas. 

La abstención electoral de 50% en su triunfo 2013, comparado con el apenas 12% de la victoria 2005, es suficientemente demostrativa de lo que supone la pérdida de representatividad cuando el esquema partidario se cierra a novedades.

* * *

Hablamos de las rupturas populistas. Ese instante que, según Ernesto Laclau, se produce cuando los sistemas institucionales en vigencia se revelan inhábiles en la atención de requerimientos para cuya atención no fueron diseñados.

La Venezuela del Pacto de Punto Fijo (vaya nombre para el tema que estamos comentando), estirada hasta el imposible, dio luz al chavismo. En mayor o menor medida, todos aquellos países que sufrieron fracturas de orden social fueron hacia el populismo. Y en Argentina siempre ha existido el peronismo, que tiene incorporado en su hoja de ruta lo que Alejandro Dolina ha denominado como capacidad de frenar en cada esquina a preguntarse si está en lo correcto. De ese modo, logra procesar los devenires de la heterogeneidad y la mutabilidad social. Uruguay, que aún con el nuevo principio de hegemonía electoral del Frente Amplio tramita su historia de manera muy acompasada, hacia el final del mandato de José Mugica está conociendo avances legislativos mucho más transgresores que lo habitual. Y resulta interesante pensar en el todavía presidente uruguayo, aunque acá somos defensores de la centralidad de otros asuntos a la hora del análisis político. 

Mugica es un hombre que va de salida de la vida pública. Aunque será senador durante el próximo período presidencial, su edad le inhabilita mayor futuro, y otro tanto podrá decirse del nuevo mandatario electo, que vuelve, Jorge Tabaré Vázquez, cuando acabe su segundo turno. Y llegamos al punto: tal vez podría pensarse la decisión de Obama en parte desde su actual condición de producto vencido en el mercado político estadounidense. No tiene reelección, que en ese país la hay por un sólo lapso, y consecutivo. Se abrió, de tal manera, un hueco a partir de un elemento que caminará todavía durante un tiempo más en el circuito, porque aún tiene mandato vigente, pero ya con un pie afuera. Las tan evocadas innovaciones económicas y productivas que impulsan el entendimiento no podían ser gestionadas por el statu quo vigente. No hace falta detallar la centralidad que el bloqueo a Cuba ocupó en la agenda norteamericana del último medio siglo.

¿Existe, entonces, ruptura populista en EEUU? No. Y tal vez ni siquiera se esté cerca de ello. Es muy probable que los resortes privilegiados del poder permanente intenten domesticar la nueva dinámica en sentido conservacionista. No obstante ello, acaba de producirse, sí, una herida apta para explicar una forma de construir innovaciones disruptivas.

Y conviene recordar que las cicatrices son útiles, pero incapaces de volver las cosas idénticas a antes de la lastimadura.

martes, 23 de diciembre de 2014

Ya nadie escucha tu remera

A principios de diciembre fue tema, una vez más, el mal llamado impuesto a las Ganancias. Ese gravamen se ha convertido en el eje casi único de las maniobras de Hugo Moyano desde que quebró su alianza con el kirchnerismo a fines de 2011. 

A través de su problematización intenta tender puentes que lo proyecten más allá de su ámbito de pertenencia. Ha intentado convertirlo en fundamento de alguna posibilidad de convergencia opositora. Hemos dicho aquí ya infinidad de veces que la apuesta del moyanobarrionuevismo no puede ser impugnada sino desde su efectividad, habida cuenta que no está en discusión la legitimidad de su juego. 

Y los resultados son magros. Constatables en ya muchas medias plazas vacías.

Se anunció una huelga general si no había decisiones del gobierno nacional al respecto. El mismo día, más tarde, fue exceptuado el aguinaldo de tal carga. Ergo, de inmediato se desactivó el paro. Ésa, así, fue la secuencia de hechos.

Para la CGT blue, la resolución oficial fue producto de sus presiones. Dicen otros que fue en cambio la presidenta CFK quien, estratégicamente, aguardó que la amenaza llegara antes de efectuar ella cualquier movimiento, para dejar en evidencia el actual raquitismo programático del gremialismo opositor. Sería difícil adivinar cuál de entre ambas versiones es la correcta. Pero sí es verificable la centralidad, para la agenda de Moyano, de un asunto marcadamente de minorías (Ganancias involucra a, apenas, 10% de los trabajadores). La cuestión social, pareciera, se agotó una vez solucionada la urgencia en cuanto al tributo sobre los ingresos. Va de suyo que no, pero lo cierto es que este activismo reivindicativo no explora otros expedientes que los de sus segmentos menos necesitados. Dicho políticamente: han elegido resignar representatividad.

Desde hace algunas semanas, la rosca electoral 2015 ha atrapado la mayor parte de los espacios de este blog, y en general de la discusión política nacional. Y ya sea que se admita la tesis de la hegemonía en paridad de la trilogía Scioli/Macrì/Massa, o bien que se estimen en más variables alternativas, en ningún caso resultan ya relevantes para las numerosas conjeturas que se arriesgan los pareceres de Moyano al respecto. Entre el desprecio natural que le dispensan sectores a los que no puede ofrecer más que un servicio acotado de veloz consumición --cuya amortización, por ende, tiende a cero--, y su abandono del plexo de mayor perentoriedad, se despeñó violenta y velozmente a una intrascendencia que costaba imaginar hace tres años.

En 2013, a Camioneros le tocó fiscalizar el 5% de votos de Francisco De Narváez en PBA. Julio Piumato, su más leal recluta, no llegó al 1% en CABA; es decir, ni superó las PASO. Ninguna de las listas triunfadoras incluyó tropa moyanista. 

Nada hace suponer que eso no empeorará el año que viene. Y resulta cualquier cosa, menos sorprendente.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Diciembres y diciembres

El neoliberalismo se terminó en el estallido de su propia inviabilidad lógica los días 19 y 20 de diciembre de 2001. Es en el modo de ese epílogo que debe rastrearse la imposibilidad actual de reconstitución electoral de lo que gobernó Argentina, ininterrumpidamente, entre 1976 y De La Rúa (no sólo, sí principalmente).

Para el establishment no se trata simplemente de que finalice el mandato de la presidenta CFK, cosa que inevitablemente sucederá --en términos jurídicos-- el 10 de diciembre de 2015. Pero ese separador institucional no equivale a un ídem políticamente considerado, porque Cristina dejará el gobierno en una situación sensiblemente mejor de la que recibió Néstor Kirchner en mayo de 2003. Y lo traspasará con normalidad. Lo que la hará referencia ineludible durante, por lo menos, otra década más a partir de su egreso del gobierno nacional dentro de 12 meses.

Y es por ello que los ideólogos, ejecutores y beneficiarios del modelo de cuya finalización acaban de cumplirse 13 años necesitan operarla, aún cuando ella ya no tenga reelección disponible. Les hace falta un cierre caótico, que habilitaría mejores condiciones para definir un programa de gobierno en pleno refutatorio del populismo actual. Dicho sencillo: requieren la demostración de la imposibilidad de tramitar una sociedad a través de los formatos definidos por la ortodoxia peronista en funciones, así como el crack aliancista selló el fracaso del mercado como regulador esencial de la vida pública.    

La paz social, así las cosas, debe ser un valor innegociable a la hora de la gobernanza.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Kirchnerismo 2015: sin beneficio de inventario

Así como sucede en las últimas semanas con las candidaturas al Parlasur, por cuyo anuncio hubo revuelo en las filas opositoras a propósito de una hipotética lista de unidad para enfrentar una amenaza de postulación de la presidenta CFK, el discurso de la jefa de Estado del último sábado, que tiró a dos bandas sobre la coyuntura del juego político, intenta intervenir lo que será la dinámica del debate por la sucesión 2015. No fue casual que Cristina pusiera en palabras el recorrido del proyecto político inaugurado en 2003 por Néstor Kirchner. No suponía mera recordación histórica: instrumentó conceptualidad para la discusión que nos envolverá durante los próximos meses.

Para empezar, delimitó los contornos según los cuales aspira a que tramite el asunto: esto es, polarización. 
Dividió el territorio a través del programa que enunció, advirtiendo que no existe margen más que para tomarlo o dejarlo, en bloque. Como paquete cerrado. No hay en disponibilidad gran número de variantes, agregó. Recogiendo el ejemplo de las elecciones presidenciales en Brasil de este año en las que fue reelecta Dilma Rousseff, que discurrieron de tal modo. 

Esto impacta de lleno en las líneas de flotación del diputado nacional rejuntador en uso (de facto) de licencia Sergio Massa, quien surgió a la escena nacional sobre la base de un mensaje de pretendida bifrontalidad, que aspiraba a recoger frutos de ambas agendas, la oficialista y la opositora, generando una tercera vía de alternativa electoral. Como a Marina Silva, en su momento muy festejada por el pensamiento massista, esa prédica le angostó espacio de existencia hasta quitarla de la contienda, el propio Massa salió a anunciar que se daba por notificado de la novedad construida por CFK lanzándose a la caza de voto visceralmente antikirchnerista, mediante una declaración en la que copió insultos que Maurizio Macrì había destinado, previo a él, a la causa de los DDHH, a su vez fuerte y centralmente reivindicada por el alegato presidencial.

A Macrì le cuesta menos asumir la agenda gorila. Y, a su vez, los beneficiarios de aquella le retribuyen mejor en confianza.

Por otro lado, esto se entiende hacia adentro del espacio kirchnerista como indicativo de la cosmovisión que deberá guiar, no sólo la campaña del que termine resultando el candidato designado/elegido, sino también su eventual gobierno. Así deben entenderse las alusiones a la flojedad de los sustentos que pueden cosecharse por fuera del dispositivo del Frente para la Victoria para el devenir más allá de 2015. Cristina no será sólo referencia de consulta durante los próximos cuatro años, sino líder en ejercicio de una coalición en aptitud de condicionar. Cuestiones que aquí ya hemos comentado, se trata de poner en valor la capacidad de apoyatura que todos los precandidatos presidenciales del peronismo aspiran a heredar.

Así, entonces, quien quiera que fuere el encargado de portar los estandartes efepeveístas el año que viene deberá asumir íntegramente la agenda de la profundización modélica, descartando corrimientos centristas donde ya abunda oferta.

Por último, Cristina demuestra funcionar en su propia sintonía, desestimando las interferencias con que se intenta dificultar la finalización de su mandato como forma de facilitar una reconfiguración programática profunda luego del recambio presidencial, que además --no es lo mismo-- se lo pretende de ciclo histórico. Las ignora, lisa y llanamente, en su curso de acción.

Demasiado firme sostiene todavía el timón la que, dicen, va de salida y ya no cuenta, pero que no deja de hacerlos bailar.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El laberinto de la representatividad opositora

La semana se inició con bastante tela para cortar en cuanto a rosca política.

Martín Insaurralde, finalmente, y luego de estirarla más de la cuenta, develó uno de sus misterios: renunció a la Cámara de Diputados de la Nación, y regresará a la intendencia de Lomas de Zamora. El análisis de esto es que, como lo hecho a destiempo es siempre malo, ya sus movidas interesan más bien poco: no hay más quien derrame lágrimas por su permanencia dentro del Frente para la Victoria, sino más bien todo lo contrario. Tampoco ahora domina mucho los tiempos ni los modos respecto de su hipotético salto al Frente Renovador, donde difícilmente lo reciban de buena gana. Allí también ocurre casi 180° al revés de lo que pretendería. 

Abusó de nervios y juego de indefinición; ergo, perdió cualquier sorpresa. Y con ello, dominio de las acciones que lo involucren.

Sergio Massa, que de él también hablamos, quedó, por su parte, envuelto en un juego, a la vez inverosímil y pornográfico, de operaciones y presiones mediáticas que intentan ser políticas. Y que, de hecho, lo son: sólo que de muy baja calidad. Se confirma lo que Sergio Ranieri advierte hace ya rato: el FR cree estar dominando a la UCR, que en realidad se debate entre funcionar como herramienta de la candidatura presidencial de Maurizio Macrì y jugar la propia en distintos niveles subnacionales en los que aparece con buenas perspectivas. Julio Cobos es la última barrera, más o menos seria, que debe derribar el jefe partidario Ernesto Sanz para conciliar ambas diagonales. El resto de FAUnen no cuenta.

Massa, que apuesta a, por lo menos, la PMDBización radical (que se repartan entre él y Macrì) para desplegarse federalmente, termina siendo apenas el profiláctico con que Cobos agita sus porotos en la interna mendocina, que también comparte con Sanz y con otro pesado, el intendente de Godoy Cruz, Alfredo Cornejo, otro macrìfilo. Ése es todo el rol del massismo en Mendoza: ninguno, o instrumental de ajenidades --que vendría a ser lo mismo, sólo que aún más humillante para quien amenazaba pedantemente estar por comerse a los chicos crudos hace nada--. Igual le sucede en Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y CABA. Demasiado. Necesitado de demostrar algo de músculo, el diputado nacional rejuntador (en uso, de facto, de licencia) apeló a los intereses concurrentes de sus aliados del Grupo América, Daniel Vila y José Luis Manzano, otros mendocinos, que añoran la permeabilidad de Cobos para otorgar negocios petroleros en la provincia. 

Pero no es a través de Jorge Rial, y menos en modo matón, que se intenta intervenir sobre un dirigente que tiene, cuando menos, algún recorrido. Y que conserva restos de territorialidad sobre los que pararse para responder. Massa quiso hacer creer que era él quien movía las palancas de la rosca radical mendocina, y termina, una vez más, viéndola desde la platea.

A todo esto, la todalidad de la oposición pasó, en paralelo con los vaivenes del humor clarinista al respecto, del rechazo liso y llano a la posibilidad de competir por la legislatura mercosuriana, a envalentonarse con la probabilidad de una lista única que aglutinase a toda la oposición para competir contra una supuesta candidatura de la presidenta CFK en ese territorio en 2015. Elisa Carrió, que está chapa pero sabe que la electorabilidad de cada trozo del archipiélago se resentiría en una mega confluencia, hizo volar esa verónica, que apenas despuntaba, por los aires. Hace política: parte escenarios y escoge un pedazo para sí. Y mientras tanto, la presidenta CFK, por cuya futura y ni siquiera anunciada candidatura regional sucede todo este revuelo, no hizo más que callar al respecto. No obstante lo cual, todos bailan al compás del minué que de ella surge. 

Extraño fin de ciclo, éste, con semejante centralidad de aquella que, según se cuenta, ya va de salida. 

Es todo un tema el debate sobre la calidad de este tipo de procedimental político. Cuando dejó una silla vacía en el programa de Bernardo Neustadt durante la campaña presidencial de 1989, Carlos Menem enseñó, con brutalidad, que la hiperactividad de un candidato desnuda sus carencias. Y a decir verdad, a esta hora la jefa del Estado luce bastante calma, casi sobrandola.

Resta, entonces, determinar las razones de las dificultades de posicionamiento en la oposición que se observan a hoy.

* * *  

En el blog Cartoneros de San Telmo se radiografiaron perfectamente las implicancias de la denuncia por evasión, fuga y lavado al HSCB, más allá de sus vericuetos jurídicos. Se trata de un forzamiento operacional del establishment, al límite de lo legal o tal vez aún más allá de ello, sobre el programa de gobierno, a los fines de recuperar la centralidad que otrora se le dispensara en ese distrito: el Estado ejerciendo como gendarme de su rentabilidad; aquello que Cristina prometió no hacer ya el día de su asunción en 2007, disputa que la circunda --no con pocas dificultades-- desde entonces. No ha lugar a la cantinela de las inconsistencias del plan económico, que las hay: cuando no las había, era --el que por estos días es objeto de tramitaciones en tribunales que... las esquivan-- un comportamiento legal. 

El objetivo es recuperar eso que consideran normalidad. Y que, se insiste, alguna vez lo fue. Raúl Degrossi lo sintetizó como tensión entre Estado y mercado, con las derivaciones que en términos de democracia supone: quién define qué se hace. En esta disyuntiva se organiza dominantemente la batalla por la construcción de representatividad. 

Y quienes han intentado abstraerse de ella, fueron absorbidos por una dinámica que los excede como para domesticarla.

Artemio López define al kirchnerismo como “encuadramiento de las fuerzas populares vertebrado en torno a pobres de toda pobreza, sectores medios empobrecidos, minorías diversas, cuentapropistas, la clase trabajadora formal e informalizada, pequeños y medianos empresarios y comerciantes”. Es decir, cuenta con sustento sobre el que expresarse, aún cuando en ocasiones se complique en cuanto a la reactualización de demandas que naturalmente se sigue de sucesos previos. Y resulta que en el dilema arriba comentado se litigan salarios, jubilaciones, hospitales, escuelas; es decir, el bienestar ciudadano. Maurizio Macrì resuelve con un tanto mayor de facilidad este inconveniente: asumiendo como propias las demandas de la cosmovisión involucrada en el enchastre HSBC, plenamente refutatoria de la del oficialismo.

Los votos hay que ir a buscarlos entre los beneficiarios de varias de las políticas que impugnan los soportes materiales del accionar antagonista al kirchnerismo. Pavada de enredo. También... como para no andar a los bandazos.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Representación, territorialidad y demagogia

El pacto de representatividad que sustenta el contrato institucional de cualquier sociedad, y cuya construcción (en pugna) es la sabia de que se nutre la disputa política, es el gran problema que atraviesa la vida pública argentina desde 2001.

Pero nunca desde entonces como en 2013 ese dilema formó parte tan explícitamente de la agenda de debate electoral, en un proceso que promete acentuarse en 2015.

Hay que reconocerle a Sergio Massa tanto su decisión de problematizar el asunto como temática en sí misma, cuanto la de elaborar su construcción en función del abordaje de tal. El problema es cómo se hace eso. Los massistas explican al Frente Renovador como emergente de los cacerolazos de 2012. En efecto, se hizo sentir entonces el default que en términos de expresión adolecía la estructura partidaria nacional: el gap del triunfo de Cristina Fernández en 2011, los casi 40 puntos que la separaron de sus competidores, generaron una sensación de irreversibilidad en quienes no se sienten contenidos por el programa del Frente para la Victoria.

Pero la representación, en los términos que venimos comentando, y en los de la mayor parte del arco dirigencial opositor, más bien se asemeja a una mera vocería del descontento en la que no media siquiera el mínimo procesamiento que impone la necesidad de articular el reclamo con otra numerosa cantidad de dimensiones que integran la compleja trama de la acción de Estado. Es válida, obvio, la mimetización a la hora de la prédica de campaña. Pero en el caso de Massa esto se vuelve peligroso porque se está poniendo, de puño y letra, el qualunquismo en proyectos de ley. Así, por caso, con sus adefesios alternativos de pago soberano de deuda en sede local, en que garantizaban a los fondos buitre el cobro del 100% de sus acreencias por una ley previa al vencimiento de la cláusula RUFO --ergo, disparándola--; y de Código Procesal Penal de la Nación, en el que se arrasa sin más con las garantías constitucionales del debido proceso. 

No sorprende: ya a principios de año, cuando se presentó el anteproyecto de Código Penal de la Nación elaborado por una mesa pluripartidaria de expertos en la materia, se podía leer al massismo digital reconociendo que el escándalo que al respecto armó el diputado nacional rejuntador en uso de licencia tenía únicamente que ver con la construcción de electorabilidad. No se trata de reprochar la posibilidad de abastecerse del descontento. De hecho, Néstor Kirchner bebió de la fuente del “que se vayan todos”. No obstante ello, jamás dio curso a, por ejemplo, el asambleísmo barrial que allí se clamaba como solución al crack neoliberal. La materia prima debió ser elaborada para convertirse en producto competente: le llaman política.

Y conviene tener presente que lo útil a la hora de las urnas, quizás no lo sea tanto para gobernar si ello resulta de la significación de exigencias a las que se acostumbra a no convivir con elementos que son ineludibles en la administración.

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La propuesta inicial del FR era el, digamos, retorno a 2006. Un kirchnerismo nestorista, suponiendo que eso hubiese existido como tal. De ahí la convocatoria a notorios colaboradores del gobierno de Néstor Kirchner, eyectados conforme avanzó la profundización del programa oficialista a posteriori del conflicto con las patronales agrarias en 2008. Momento, dicen algunos, en que el gobierno nacional habría abandonado “la agenda de la gente”, debido a la construcción de lo que se conoce como “la grieta”, fuera de la cual quedan requerimientos ciudadanos sin atender por la distracción que supone. La apuesta, entonces, era a por la reconstrucción de la alianza de mayorías que había sustentado al kirchnerismo, por medio de un quiebre de la territorialidad bonaerense que buscaría capturar el enojo antes descripto con la oferta de una construcción partidaria potente. 

Todo esto como verónica previa al intento futuro de desplazamiento de CFK de la conducción del peronismo.
Sucede que las boletas del FpV conservaron en 2013 su piso histórico nacional de votos, 35%, igual que en 2009 pero sin Néstor Kirchner, y en un contexto de dificultades socioeconómicas similares pero con mayor cantidad de años de desgaste a cuestas. Ello obligó a una reconfiguración en la estrategia de los renovadores, en la que se subordinó a los instrumentos pejotistas y ganó mayor espacio el discurso republicano de sus integrantes con menor cantidad de votos. 

Manuel Barge comentó acerca de las incomodidades que eso supone para los compañeros que ahora militan en el FR.
Los garrochazos desde el FpV se frenaron (también gracias a la reconstitución del PJRA y el PJPBA). Y la pesca de distritalidad opositora en funciones, que exploran como nueva apuesta para cubrir el déficit de despliegue nacional, implica una competencia más concurrida. La UCR oscila entre la preferencia por Maurizio Macrì como mascarón de proa de sus restos y jugar la propia, habida cuenta que los niveles nacionales no afectan el desempeño propio en lo local.

La arquitectura que Massa había logrado dibujar luce inadecuada para las nuevos escollos que le impuso la realidad. Pero es, a la vez, su mejor soporte. Un verdadero callejón. Conforme la distancia temporal con 2015 se acorta sin novedades satisfactorias para el desarrollo federal del FR, la deriva neustadtista de su discurso escala en frecuencia y densidad.

La demagogia es el salvavidas al que apela en busca de una sociología a la que no logra enamorar.

martes, 2 de diciembre de 2014

Evidencias de alarma

Hace un par de semanas corrió fuerte el rumor de un cierre gigantesco en el Frente para la Victoria, inclusivo de la totalidad de sus fracciones, en torno de la candidatura del gobernador de la PBA, Daniel Scioli, a la primera magistratura. 

El mega diseño incluía la postulación a jefe de Estado bonaerense del ministro de Interior y Transporte de la Nación, y también pretendiente presidencial kirchnerista, Florencio Randazzo, máximo retador de Scioli en la interna oficialista. La versión sonó convincente cuando, casi en simultáneo, se verificó un freno en la dinámica de las campañas de todos los aspirantes del FpV a la sucesión de la presidenta CFK… excepto en la de Scioli. Lo que parecía dar crédito a la hipótesis de un guiño de Olivos a quien fuera vicepresidente de Néstor Kirchner. 

Con el correr de los días, ese globo se fue desinflando, y hoy lo único confirmado es la reaparición de movimientos en el espacio efepeveista tendientes a vigorizar la idea de una PASO competitiva, que igualmente en algún momento se reducirá respecto de sus actuales (excesivos) ocho participantes (además de Scioli y Randazzo, Julián Domínguez, Aníbal Fernández, Agustín Rossi, Jorge Taiana, Sergio Urribarri y Juan Manuel Urtubey).

En paralelo, desde la semana pasada, Cristina Fernández está siendo investigada de modo, por lo menos, cuestionable por el juez federal Claudio Bonadio, en una causa que sufre de serias inconsistencias procesales, que en algún momento también deberán ser materia de tratamiento en sede judicial. El telón de fondo de esa disputa es la reforma del Código Procesal Penal, que, por la conversión del sistema inquisitivo en acusatorio que propone, lo cual implicaría un desempoderamiento de los magistrados, genera esta reacción defensiva en los tribunales federales, el sector de la magistratura que con mayor fuerza acusa ese golpe. La causa Hotesur en sí, y los problemas de Bonadio en el Consejo de la Magistratura --tanto como su pasado-- son, así, cuestiones secundarias. A lo mucho, diagonales que se cruzan como meras efectividades conducentes.

Se trata, entonces, de preguntarse, e intentar responderse, si ambas situaciones se conectan.

Desgraciadamente para la cosmovisión antagónica a la que se organiza en derredor de la conducción de CFK, el más pavo de sus delegados, Luis Majul, dejó ver los hilos de la maniobra: el objetivo, explicó, no pasa por establecer una verdad jurídica, sino por ensuciar lo suficiente a la acusada en el camino hacia la contienda 2015. Todo venía muy tranquilo en esos campamentos hasta el resultado de las presidenciales brasileñas, que imaginaban distinto en un contexto muy similar al local, sumado a encuestas por ellos mismos publicadas que confirman el enorme peso que, aún a despecho del enorme desgaste a que es sometida y del natural al cabo de 12 años de gestión, conserva todavía la presidenta de la Nación. Determinante para la perspectiva del desempeño del FpV en las urnas, luego de que, por enésima vez, se apresuró el acta de su defunción.

El último estallido dramático de Elisa Carrió, tal vez la más fiel representación del establishment en el elenco dirigencial opositor, es apenas la escenificación del desespero antikirchnerista. Ese quiebre, a su vez, ensancha los márgenes de acción de la jefa del Estado para jugar en el trámite de su reemplazo, por su impactó en lo específicamente partidario. No resulta necesario concentrar fuerzas en el contexto conflictivo y desorganizado del adversario.

Carlos Pagni citó a Francis Bacon en cuanto a su tesis acerca de que a la naturaleza es más útil estudiarla cuando entra en convulsión, porque se vuelve más sincera. Con la política suele ocurrir lo mismo, agregaría el lúcido analista opositor.

Acierta. Sólo que, evidentemente, escribió el inicio de esa columna de opinión mirándose frente a un espejo.

jueves, 27 de noviembre de 2014

1988

Luciano Chiconi saludó la inauguración del massismo con un post titulado 1985.

Esa referencia al calendario no era ni es inocente. Hacía alusión al momento en que Antonio Cafiero rompió con el PJ oficial, entonces conducido por Herminio Iglesias y Lorenzo Miguel, para, a través de un sello que bautizó Frente Renovador (la originalidad no es precisamente una virtud de Sergio Massa; tampoco la sutileza), desplazarlo en las urnas del lugar de segunda minoría del alfonsinismo triunfante en las primeras elecciones legislativas de medio término de la democracia recuperada. Dos años después, con la renovación ya al mando del peronismo, Cafiero completó su epopeya derrotando a la UCR, con lo que terminó quitándole a Raúl Alfonsín el control de la Cámara de Diputados de la Nación (en el Senado el peronismo fue mayoría ya desde 1983) y la PBA.

Parecía, hacia fines del año 1987, irrefrenable el ascenso de Cafiero a la presidencia de la Nación para dos años después. Lo que siguió es conocido por todos. Antonio no pudo, ni aún luego de su gesto de enorme estadista y cabal demócrata de acompañar a Alfonsín cuando el alzamiento carapintada. Y dicen algunos que tal vez por ello mismo. Incomprobable, claro.

Dicho sencillo, Chiconi intentaba homologar la maniobra de aquella renovación con la de la actual. Esto implicaría la amenaza de desplazar a la presidenta CFK de su actual jefatura del peronismo.

El problema de esa hipótesis era y sigue siendo sus términos. Primero, porque Cafiero, a diferencia del kirchnerismo, era oposición al gobierno nacional y también al interior del partido justicialista. Hizo lo suyo por fuera del Estado y de cualquier otra estructura para adecuar al peronismo a las nuevas tendencias sociopolíticas nacionales. El massismo, en cambio, y por mucho que ha intentado vender una imagen contraria, es un encuadramiento de oficialismos municipales que, principalmente, quebraron el Frente para la Victoria, que integraron hasta 2011, disconformes --según explicaban-- con el reparto de poder que merecían en relación a su electorabilidad, que sólo debieron reconfirmar ya sin paraguas nacional. Por otro lado, y aunque debería ser innecesario aclararlo, Cristina Fernández no es Herminio Iglesias ni Lorenzo Miguel.

Por último, el PJ fue derrotado en 1985 sin llegar a juntar siquiera el 10% de los votos en la provincia de Buenos Aires. El Frente para la Victoria, en cambio, conservó en 2013 su 35% de piso histórico nacional, como ya lo había hecho en 2009.

Seguramente consciente de todas esas disimilitudes, Sergio Massa reconfiguró su estrategia inicial, que era la captura del peronismo oficial (ayudado esto también por la ausencia de garrochazos posteriores a octubre de 2013, contenidos por el PJ reconstituido), y se dedica desde hace más de un año a intentar sus cultivos sobre otros espacios y sociologías. 

Lo que, desde luego, supone resonancias en términos discursivos: la conservación de lo bueno para cambiar lo malo quedó de lado, a favor de un discurso mucho más confrontativo para con la cosmovisión oficial. Eso entre tantos otros constantes recálculos que han decidido. Las dificultades que explora ese viraje, dada la sobreabundancia de oferta de tal tipología, y el estudio del pretérito citado, ayudan a comprender la crisis que atraviesa el FR. Massita no logró incorporar nuevos intendentes (no pudo siquiera cerrar a Martín Insaurralde, por cuya permanencia ya nadie derrocha sudor en el FpV-PJ), el único gobernador que anunció saltar a las filas renovadoras (el rionegrino Alberto Weretilneck) va rumbo a convertirse en cadáver político y el gobierno nacional controla sin mayor esfuerzo la escena política a esta hora. 

Hace poco, los twitteros massistas, habituales voluntaristas del humor ácido --con escaso éxito--, difundían una foto de Daniel Scioli junto a Cafiero, para editorializar lo que, suponen, será un futuro fracaso presidencial del ex motonauta.

Se trata, esa pretensión de agudeza, de un fenómeno que la psicología denomina proyección.

(También esta historia continuará...)

lunes, 24 de noviembre de 2014

El teatro de revista opositor

Hasta hace 15 días, la UCR marchaba hacia la PMDBización, indiscutidamente.

Esto es, apostaría a colar gente tanto en los armados de Maurizio Macrì como en los de Sergio Massa. Lo que, además, presumían, les daría mayores chances de arrimar en las distintas competencias locales.

Los rumores alrededor de una supuesta voluntad de Gerardo Morales y Ernesto Sanz a favor de una interna transversal, inclusiva de la totalidad de las facciones opositoras; o bien los incipientes intentos de presión al diputado nacional renovador en uso de licencia para que converja, como aspirante a la gobernación de PBA, hacia la candidatura presidencial del jefe de gobierno porteño testimonial, dan cuenta de dificultades para la táctica PMDBista. No hace falta mayor explicación para tal giro: para una campaña presidencial hace falta plata. Mucha. Y en el marco de una supremacía del FpV-PJ de cuyo ensanchamiento ya nadie oculta tener registro, la fragmentación a que apostaba la UCR no convoca chequeras. Ergo, hay que concentrar. Así les exigen hacer, tal como ya les hicieron firmar su compromiso de debate 2015.

Pero en política 2+2 suele no ser 4. Y la mera suma de las partes probablemente (y lo decimos de esa manera sólo porque a seguro se lo llevaron preso) daría como resultado un número distinto al que, a priori, se podría suponer.

El abajo, los niveles subnacionales, tan a menudo subestimados (por todos), y a favor de cuya consagración parecía haber nacido el Frente Renovador (hoy más preocupado en problemas de sabanas y en defenderse en tribunales de los dardos denuncistas de Elisa Carrió), se complica. Lo sobreabundancia de una amalgama multipartidaria dificultaría al extremo los cierres provinciales y municipales, de tal suerte que las potencialidades que amenazan los distintos mencionados como aspirantes corren riesgos de resentirse: a las heridas que provoque la definición de las listas, le sigue una huelga de brazos caídos (para trabajar el sufragio comarcal, que se entienda). Las organizaciones vencen al tiempo, enseñó alguien que de esto entendía bastante. Y la resolución de los cuellos de botella comentados requiere de ambas cosas: sistematicidad y paciencia.

Esto ha pretendido saldarlo, a favor de Macrì, Lilita Carrió, a través de su enésimo vómito verbal, al inicio de la semana pasada, luego de que la inveterada e ineluctable ineptitud radical no lo lograra en la cumbre payasesca de San Fernando. Deberá procederse, descartada la hipótesis del revival de la Unión Democrática, a través del darwinismo.

La ventaja comparativa de Macrì es su nulo armado, que le permite entregar todo por debajo de él. Le encaja justo a la UCR.

El programa del radicalismo pasa por, apenas, conservar su condición de segunda minoría parlamentaria --que, a su vez, implica cajas en organismos de control (AGN y Consejo de la Magistratura)--, las intendencias que aún posee y, a lo mucho, avanzar en algunas gobernaciones. Nada más. Pero debe conciliar eso con las apuestas de quienes han sido designados en aptitud de ganar por los financistas electorales, que se juegan en la sucesión 2015 cuestiones bastante más frondosas que la rosca del partido que hace rato dejó de ser el de Hipólito Yrigoyen. Y, también, con la definición del formato de aprovechamiento de lo que les ofrece el massismo, regalado en su desesperación, sin afectar la estrategia nacional. 

Demasiado para lo que admiten las destrezas de Sanz y Morales, incapaces siquiera de domesticar los caprichos de estériles como Julio Cobos y el hijo de Raúl Alfonsín. No pudieron más que pedir aplazamientos. Pero los atormentan las urgencias de sus bases de sustentación reales: el establishment. Linda autonomía decisoria la de ese hipotético gobierno.

No debe extrañar semejante mediocridad en un elenco dirigencial que tramita litigios en fiestas de casamiento.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Scioli 2015: sí o no, cuándo y por qué

Daniel Scioli, como muchas veces durante los últimos años, vuelve a ser tema trascendental de discusión al interior del espacio nacional ordenado por el kirchnerismo en la figura de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. 

La proximidad del litigio sucesorio 2015 es el disparador en esta oportunidad.
Un interrogante que circula alrededor del asunto, más precisamente: ¿será Scioli el encargado de ocupar el asiento de conductor en la pole position que a la fecha ocupa el Frente para la Victoria? O bien, complejizado: ¿ya lo es, a casi un año de la cita?

Conviene arrancar recordando el concepto que ha regulado todas las intervenciones que aquí se han hecho acerca del gobernador de la provincia de Buenos Aires, que no fueron pocas, incluso desde antes de la reelección de CFK en 2011. 

Como resulta imposible adentrarse en la cabeza del hombre en cuestión --ni en la de ningún otro--, ni mucho menos predecir el futuro, más vale ponerse a construirlo --al sujeto tanto como al contexto que lo va a interpelar--. Dicho de otro modo, lo interesante en estos negocios no es la evaluación de las características particulares del postulante sino la integración social de su armado. Como dice Oscar Cuervo, en sintonía con esto último, si la candidatura de Scioli resulta ser la de los sectores más dinámicos del encuadramiento efepeveísta; si, por decirlo de modo sencillo, se logra que dependa de esa relación de fuerzas para gobernar, independientemente de lo que pudiesen ser sus hipotéticas oscuras intenciones, no podría concretarlas. A menos que intentase hacerlo a través del acompañamiento opositor: no es lo que más probablemente suceda.

Las señales son cada vez más inconfundibles. Cuando Clarín opera supuestos apuros en el peronismo en procura de cerrar una definición en el ex motonauta, uno puede y debe alertarse por esa manifestación de preferencias del establishment. Pero, también, comprender que se trata de una confesión derrotista del universo adversario que, convencido de que le será dificultoso vencer con candidatura propia, aspira a intrusar el elemento que presume victorioso.

Los más lúcidos exponentes del pensamiento opositor lo vienen advirtiendo a sus dirigentes con creciente frecuencia: se angostan las vías para el desarrollo de una experiencia refutatoria del ciclo histórico abierto en 2003. Ergo, urge concentrar fuerzas. La estrechez que para la repartija de cargos supondría esa alternativa lo impide. Y si se desatendiera ello, los brazos caídos en los niveles subnacionales para trabajar las decisiones superiores, o aún el quiebre de las fracciones rivales tal como las conocemos hoy, harían de la suma una quimera. La construcción del orden en una alianza partidaria requiere de un lapso superior al que nos separa de 2015, tanto que ni siquiera es seguro que las PASO puedan proveer solución adecuada.

La probabilidad de que la presidenta CFK consiga diseñar un esquema de contención de Scioli está demostrada en la creciente kirchnerización del discutido. La observación estructural de la supremacía del FpV lo ha definido en tal dirección.

Más allá de teorizaciones acerca de las distintas sociologías que puedan ser capaces de capturar uno u otro precandidatos, dato aún inmaduro, la condición de organizador electoral del oficialismo es casi indiscutida. Y aún cuando se pueda decir de Scioli que sería, a priori, el más apto para ir en busca de los votos fugados que provocaron la derrota de 2013 (luego habría qué discutir lo que se debe hacer para ello), no puede prescindir del voto duro que consolidó Cristina. Esa especie de empate convoca a la negociación. Pero también hay la circunstancia, el año próximo, de un peronismo creciendo desde, primero, la construcción de competitividad en cada provincia. Es decir, yendo de lo particular a lo general. Y es el ex vicepresidente de Néstor Kirchner quien mayor consenso reúne entre sus pares para que los represente en una coalición de gobierno que no es homogénea a su interior, y que en la etapa venidera deberá reflejar en mayor medida su despliegue territorial nacional.

Así, la candidatura sciolista surge de un acuerdo como el arriesgado, conservando CFK poder expresado en el dibujo del nuevo gobierno (vicepresidente, fórmula en PBA, legisladores nacionales y provinciales) y quedándole abierta la posibilidad de una candidatura competitiva a la senaduría bonaerense en dos años y al PEN de nuevo en cuatro. Una maniobra capaz de contener la enorme amplitud del frente, y con ello su aptitud para la gobernabilidad.

La polarización ya está dada en este escenario, y para afrontarla lo más conveniente es la conservación de la unidad que hace del FpV-PJ el único dispositivo con desarrollo federal: de nuevo, colectivos y no individuos. Peronismo.

Conclusión: falta mucho como para definirse. Pero si sucediera la designación de DOS, no debería resultar ningún problema.

(Va de suyo, pero igual queremos dejarlo en claro: esta historia continuará...)

lunes, 10 de noviembre de 2014

La oposición ideal: la endeble e impotente

Las idas y vueltas en la opinión de Ricardo Lorenzetti acerca de la integración de la Corte Suprema de Justicia, la negativa de la UCR a negociar con el gobierno nacional un acuerdo para completar la integración del máximo tribunal frente al cese constitucionalmente dispuesto del mandato de Eugenio Zaffaroni enunciada por el senador nacional y jefe del partido Ernesto Sanz, el griterío histérico de Daniel Sabsay en el coloquio de (pocas) IDEA(s), las permanentes rutinas de comedia dramática de Elisa Carrió, la deriva gorila del Frente Renovador con recurrentes menciones despectivas al chavismo venezolano, las promesas de derogaciones masivas de la legislación 2003/2014 con que se atropellaron los distintos fragmentos del Grupo A, los insultos que a renglón seguido les dedicó Jorge Lanata con más sus ataques al niño Casey Wander y las cada vez más frecuentes columnas editoriales del diario La Nación en las que se pretende establecer vinculaciones (delirantes, por supuesto) entre el kirchnerismo y los regímenes totalitarios nazifascistas o soviéticos. 

Múltiples expresiones, éstas, pasibles de ser articuladas bajo un único concepto organizativo: se trata, en todos los casos, de discursos opositores. Lo que diferencia al del presidente de la Corte, de todos los demás, es el modo en que instrumenta sus diferencias: no casualmente, es uno de los blancos predilectos de Carrió, emblema del todo/nada antikirchnerista.

Lorenzetti practica un juego de oposición equilibrada, propio de la perfecta vigencia democrática y republicana que indiscutiblemente vive Argentina. Lo que lo lleva a, alternativamente, acelerar y ralentizar su marcha, o acercarse y alejarse de las posturas de la presidenta CFK: publica en concurrencia fallos amables y amargos para con la voluntad oficial. Golpea para, luego, negociar. A los otros guía un maximalismo que supone como premisa negar entidad sistémica al kirchnerismo. Diagnosticarlo como virus intrusivo del Estado de Derecho, lo cual legitimaría a hacer tabla rasa con todo lo que ha actuado en once años, en tanto sería el producido de una situación de nulidad absoluta e insanable. Y que, además, impide dialogar y/o competir en regularidad con el Frente para la Victoria en los espacios correspondientes: así se echaron a perder los marcos pluralistas que concibieron los proyectos de Códigos Civil y Comercial y Penal de la Nación.

Del mismo modo que se hizo ya en Argentina con el peronismo inaugural entre 1955 y 1973; o, más acá en el tiempo, como definió el antichavismo refutar a la revolución bolivariana de Venezuela más o menos hasta la aparición de Henrique Capriles, y que se está reeditando desde sus sucesivas derrotas electorales (también le sucedió a Evo Morales en Bolivia).

Con muy poquito le alcanza al quinto hombre en la escala sucesoria presidencial para diferenciarse cualitativamente de todo el resto. La mayor serenidad, responsabilidad y, vamos, en definitiva, la superior inteligencia de Lorenzetti, ha merecido como contrapartida que Cristina Fernández le habilite mayor entidad como interlocutor institucional. Más allá de ocasionales roces, generalmente han logrado edificar entendimientos cuando los convoca simultáneamente esa necesidad. Y sucederá lo propio con el reemplazo de Zaffaroni. No se intenta aquí convalidar lo que en el caso de Sergio Massa se niega, una avenida intermedia de adversarialidad: Lorenzetti negocia para su sector, lo que le provee consenso mayoritario entre sus pares. Con los matices que se permite ha construido un poder relativo superior al de cualquier dirigente partidario rival.

Ese énfasis que dedica al cuidado de su autonomía lo inhabilita como opositor ideal: no lo consideran hombre propio.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Polarizados 2015

Las oposiciones se esmeran en la construcción de un triunfo contundente del peronismo en primera vuelta de las elecciones presidenciales 2015.

Las PyME del progresismo que vuelan por los aires del estallido de FAUNEN no se sumarán a la PMDBización de la UCR, ni tampoco a la deriva crecientemente gorila de Elisa Carrió (aunque compartan ese sustrato). Binner-Stolbizer en la fórmula presidencial y un binomio conformado por los hijos de Raúl Alfonsín y de Antonio Cafiero (que, a diferencia de Máximo Kirchner, no heredaron el talento político de sus padres) para disputar (es un decir) la gobernación de la provincia de la provincia de Buenos Aires. Pura racionalidad instrumental: necesitan conservar las pocas bancas que aún conservan; por ejemplo, la de Victoria Donda.

Apenas se construyó FAUNEN, dijimos aquí que los territoriales de la UCR harían esta vez (a diferencia de las últimas dos ocasiones de elecciones generales) valer el peso de su despliegue a efectos de las definiciones tácticas del espacio. Eso está sucediendo: se reparten entre Sergio Massa y Maurizio Macri para engrosar sus respectivas construcciones locales, desatendiendo la proyección nacional, ya no sólo de la alianza multimarca, sino también del propio radicalismo, condenado a funcionar como partenaire de alguno de los dos candidatos del hibridismo. Quienes, además de la captación de boinas blancas, se bloquean recíprocamente.

La caprilización ha estallado por los aires desde que, luego del fallo adverso de los tribunales norteamericanos en el conflicto buitre, la presidenta CFK decidió acelerar la polarización a partir del reimpulso de una agenda legislativa intensa, anclada en la profundización programática. Ése fue el modo elegido por Cristina para intervenir el trámite sucesorio. A partir de ello, comenzaron realineamientos en las alianzas opositoras, en paralelo con una carrera alocada en la que todos sus integrantes compiten entre sí por constituirse en el depositario del distintivo de mayor adversario de la cosmovisión oficialista, lo que se expresó en los anuncios de derogaciones masivas del paquete legislativo de once años de peronismo efepeveísta.

La Presidenta encontró, así, el modo de torcer la dinámica de la derrota 2013: la fuga de votos propios hacia una candidatura que, prometiendo conservar lo bueno de lo actuado desde 2003, debilitó su representatividad. Eso que pretendió convertirse en una nueva mayoría, impulsándose desde un cambio de mando en el PJ... que no sucedió. El Frente Renovador se dedica, desde entonces, a cultivar su faceta republicana. Por no tratar en este post las cuestiones de sábanas que están abundando por allí; o bien las delicias judiciales en que se han enredado con Carrió. La agenda de los temas concretos que le interesan a la gente pasó al baúl de los recuerdos, cediendo paso al business del país dividido. Una pena que el voluntarismo cool no haya alcanzado para torcer relaciones de fuerza estructurales. Un giro que, observado panorámicamente, implica la sobreabundancia de oferta para el electorado antiperonista, a menudo --para colmo-- sobreestimado en cuanto a sus dimensiones. 

De tal modo, el FpV queda en soledad para el atrape de voto peronista. La ultrakirchnerización de Daniel Scioli, entonces, no pasa por un consejo de Jorge Telerman, sino por sencillamente por una correcta observación del escenario coyuntural. 

El kirchnerismo fue primera minoría en las elecciones legislativas nacionales del año pasado, con 35% de los votos. 
Cifra, ésa, que es su valor histórico de referencia, pues la sostuvo aún en dos coyunturas adversas (ésa y 2009), y eso que en la segunda de ellas estuvo expresado en la candidatura bonaerense de un por entonces todavía desconocido como Martín Insaurralde. Es decir: CFK deposita en cualquiera un tercio como punto de largada. La segunda fuerza en aquella oportunidad fue el Frente Renovador de Sergio Massa, que aún no logró quebrar su condición de espacio provincial, con 17% de los votos (exclusivamente bonaerenses, proyectados a escala nacional). Pero una parte de ellos corresponde asignársela a Macri, quien para ese comicio había construido una alianza con el ex intendente de Tigre, hoy fragmentada en dos.

Las elecciones presidenciales argentinas se ganan con 45% de los votos, o con 40% si la distancia respecto del segundo es de 10 puntos o más. Sufragios, conviene recordar, afirmativos válidamente emitidos. Esto implica descontar blancos/nulos/impugnados; con lo cual, ese 40% se convierte en 38,5% de votos efectivos. Ésa es la meta a alcanzar, partiendo desde el 35% blindado a que arriba hacíamos referencia.

Haciendo números, se entiende el nerviosismo. Se pierde el autocontrol cuando antes no se cuidó la autonomía decisoria.          

lunes, 3 de noviembre de 2014

Poder decir/querer hacer

Han sido verdaderamente extrañas las discusiones parlamentarias por la sanción de presupuestos durante el kirchnerismo. 

Las distintas oposiciones han dedicado sus esfuerzos, a lo largo de 12 años, apenas a intentar demostrar la mayor o menor veracidad de las cifras que ha puesto en debate el gobierno nacional. Resulta gracioso que el radicalismo pueda hacer impugnaciones de este tipo cuando durante el gobierno de Raúl Ricardo Alfonsín las discusiones por el presupuesto eran ex post. Los legisladores se encontraban con los números de lo ya actuado. La cúspide en cuanto a ausencia de límites a la administración.

Pero lo central aquí remite a lo que es el significado de esta norma. Allí se vuelcan, en números, los objetivos y las definiciones político/ideológicas de un gobierno; se cristalizan los intereses que se propone defender. Con lo cual, las diferencias no deberían ser planteadas en torno a la mayor o menor veracidad de las previsiones, sino, más bien, a la decisión respecto del destino de lo invertido y a la calidad en la ejecución de ello. Porque, y volviendo al inicio, la realidad es que nadie que no esté en funciones tiene chances materiales de efectuar cálculos de gasto estatal; ni, por ende, tampoco de impugnar el que proyectan otros. Se trata, sencillamente, de un imposible. Sólo el Estado cuenta con herramientas para esa tarea

Así, entonces, si se concediera que el gobierno nacional falsea datos, cualquiera que pretenda rebatirlo estará, sin dudas, mintiendo enormemente más, por mucho que simule (o aún crea) pretender lo contrario.

En conclusión, la polémica en relación a la veracidad de un presupuesto cumple una función troyana: rechazar los beneficiarios del gasto estatal decididos por la soberanía popular expresada institucionalmente. Como queda mal insultar la AUH, se la agarran con la mayor o menor probabilidad de que el dolar y la inflación sean los que se dice que serán.

Sebastián Fernández reflexiona muy bien a propósito de estas cuestiones, cuando establece una correlación entre programas poco taquilleros y la búsqueda de fundamentos democráticos en cualquier cuestión excepto en el voto popular. 

Sucede eso cuando los intereses defendidos resultan piantavotos. Fácil.

jueves, 30 de octubre de 2014

La integración no es una consigna: es racionalidad

“Dicen estar preocupados por las suspensiones en la industria automotriz, y, a la vez, que no les interesan las presidenciales brasileras.”

Algo así, la cita no es textual, se pudo leer en Twitter durante el recuento de votos de las elecciones que definieron la reelección de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil. La nota sería desubicada en este texto si se tratara meramente de una manifestación aislada de ciudadanos con bajo nivel de politización. El problema surge cuando un dirigente que se supone de primer rango padece de semejante indigencia en su razonamiento estratégico. Bien decía el general Juan Domingo Perón que la verdadera política de un país es la exterior. En la misma red social se pudo confirmar, antes y después de la primera vuelta y del balotaje, que quienes deberían pensar estas cosas intentaban presumir una poco verosímil indiferencia. Bastante vergonzante tesis, además, por cierto.

Quien mejor analizó este duelo, el periodista de Ámbito Financiero Marcelo Falak, se mostraba asombrado, para mal, de la poca conciencia que había en la dirigencia opositora respecto de la posibilidad de triunfo del antimercosuriano Aecio Neves.

El PT, nos enteramos ahora (esto es pura ironía), navega aguas encrespadas, y es perfectamente entendible que así sea. Por empezar, debió readecuar formatos operativos en su tránsito desde el sindicalismo hacia la conducción del gobierno: por la naturaleza del cambio en sí, desde luego; pero también por una cuestión que incumbe a las transformaciones que sus éxitos de gestión imprimieron velozmente en una sociedad acostumbrada a que los cambios procedan a ritmo cansino. Así, a la clásica división tripartita de clases que enseña la teoría (alta/media/baja, y las variaciones tradicionalmente aceptadas como media/alta y media/baja) se le agregaron matices de complejidad, altamente conflictiva en varios momentos desde 2013. 

La nueva clase ‘C’, que tanto se ha comentado a propósito de las transformaciones operadas por el posneoliberalismo en Sudamérica, y que en Brasil se ha observado como un fenómeno de mucha mayor fortaleza y dinamismo; tanto como el sector más postergado en la pirámide de ingresos, pusieron y ponen a prueba las aptitudes representativas del PT, en tanto se trata de universos ajenos a la tramitación a través de organicidad institucionalizada sobre la base de la cual el partido se desarrolló, dado su origen, que es el universo gremial, donde nada existe por fuera del agrupamiento. Respecto de los primeros, constituyen el núcleo duro del desencanto, que presumiblemente colocó al lulismo entre la espada y la pared. Para los segundos, el Bolsa Familia constituyó la respuesta que amplió el espectro de un dispositivo que nació exclusivamente obrero.

Por otro lado, y a partir de lo que explica detalladamente José Natanson en su último libro (altamente recomendable, tal su costumbre), El milagro brasileño. ¿Cómo hizo Brasil para convertirse en potencia mundial?, las mutaciones recién referidas implican, a su vez, una reconfiguración en la ecuación de fuerzas que organiza el poder.

Brasil ha tenido por habito, durante toda su historia, gestionar su devenir a través de pactos de elites. Lo que, por tratarse de una operación que desciende desde la cúspide, suavizó el impacto de las decisiones. Lula y compañía no han formalizado la participación de los sectores populares en sus reivindicaciones del modo que, por ejemplo, nos es común en Argentina desde el peronismo. Pero el sólo hecho de haber generado bienestar implica un barajar y dar de nuevo en que el statu quo se conmueve. Dado ello en el marco de un Estado que, aún sin alterar las grandes líneas del modelo de desarrollo, elaboró novedosas intervenciones sobre la actividad privada limitantes de la dinámica de mercado, y máxime en una coyuntura de mayor estrechez económica, hay amenaza de alteración en el tradicional reparto de costos. Dicho sencillo: quién manda.

El clima sereno que caracterizó siempre a Brasil tenía, en este contexto, las horas contadas. De las innovaciones a que el volumen de la disputa política aumente, había, hubo, medio paso. No era, a fin de cuentas, todo color de rosas por allí.

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¿Todo este análisis, o algún otro, estuvieron ausentes en las filas opositoras argentinas? ¿O fue desatendido el tema sin importar que derivara en apuestas perdedoras, tanto en Brasil como en Uruguay? En cualquiera de los casos, resulta delirante.

Y, en definitiva, ¿qué implica para Argentina, en términos políticos, el cuadro de situación brasileño?

El kirchnerismo tenía y tiene las cosas definidas: apoyo incondicional a Dilma. Elisa Carrió, que también suele tener claras sus aspiraciones electorales (que luego las pueda cumplir o no es otro tema), apuntó y disparó: explicó que deseaba el triunfo de Aecio Neves porque rechaza a Rusia y a China, que es la variable que se fortaleció con el triunfo lulista. La Alianza Pacífico, funcionalmente subordinada al compás que dicta EEUU, era la alternativa. No se trata de rozar, siquiera, el asunto del imperialismo, sino sencillamente de un esquema de integración económica de cuyo fracaso en cuanto al impacto sobre la economía nacional no se requieren mayores probanzas. A esto se refería Falak al expresar su alarmismo por las alianzas regionales que exploran los adversarios al kirchnerismo, desaconsejables para nuestra complementariedad productiva.

El análisis periodístico opositor advirtió mejor las disputas de fondo que subyacían a todo esto: abandonaron sus hasta hace poco usuales elogio a Lula, instrumentados como contraejemplo de las falencias que achacan al oficialismo nacional. Ahora el PT es el espejo que adelanta al kirchnerismo, sólo que para mal. Carlos Pagni encontró una conexión muy ocurrente entre ambos países, a partir de la estrategia de autobalcanización que ha decidido la UCR (entre Macrì, Massa y lo que quede de progresismo) de cara a 2015 como método para conservar espacios legislativos e intentar crecer desde las provincias: es lo que el histórico PMDB, la mayor formación partidaria de Brasil (que, sin embargo, no logra trascender en las sucesivas peleas presidenciales), hace años practica. Esa subordinación dice mucho acerca de la voluntad para el mando.

Cuando Sergio Massa inició su gira pac man por el interior, en disputa con Maurizio Macrì y mientras resuelve sus miedos con Marcelo Tinelli que hasta hoy bloquean el garrochazo de Martín Insaurralde, además de Pagni retumbó un concepto de Alejandro Horowicz que aquí ya refiriéramos: “Sin una estrategia sudamericana vos no tenes nada. Y la Argentina es escandalosamente provincial. (…) Todos creen que es más importante la interna radical de Trenque Lauquen que lo que sucede en el PT o en el sindicato de los metalmecánicos en San Pablo”. Formidablemente anticipatorio de este paisaje: Jujuy es apenas el 1,5% del padrón nacional, sin ofender. Los acuerdos en que uno inscribe sus construcciones dicen casi todo sobre un programa. Los paralelismos surgen de las proyecciones que se han potenciado en tiempos de mercados regionales.

Brasil sirvió para enseñar que, por fuera de tendencias sociales que pueden perfectamente tener influencia en los ánimos de época, existen estructuralidades definitorias que hacen sentir su mayor peso, y que combaten para sostener su vigencia.

No es para cualquiera eso de dinamitar las relaciones de fuerza de un período histórico determinado.