martes, 24 de diciembre de 2013

Lo que Jorge Lanata llama "la grieta"

En los últimos tiempos, ha tenido alto rating el intercambio --para debate le falta muchísimo-- acerca de lo que algunos han decidido llamar "la grieta". Una supuesta división irreconciliable que tendría atravesada al medio a la sociedad argentina en torno del posicionamiento de cada ciudadano respecto del kirchnerismo. Que, incluso, llegaría hasta las familias y las amistades. Al interior de las cuales, parecería, resulta ya imposible festejar un cumpleaños o una navidad en paz, debido a que las tensiones habrían separado hasta a parientes y compadres de añares. Todo ello pergeñado, por supuesto, por las pulsiones malvadas del gobierno K, con oscuros fines.

Uno está tentado de, para responder en tono chicanero o burlón, solicitarles, a quienes sostienen la tesis reseñada ut supra, las fuentes en que sustentan sus afirmaciones. ¿Cómo llega alguien a juntar datos que lo habiliten a sentenciar --con grado de seriedad considerable-- que existen familias que han dejado de frecuentarse por las discusiones que tuvieron acerca de la marcha del gobierno nacional (como hecho social relevante, entiéndase; es decir, de altas proporciones)? Es, eso, algo así como un conocimiento inasequible, en buena medida. Y, sin embargo, se paran ante la cámara y lo sueltan sin que se les caiga la cara de vergüenza.

En la vereda de enfrente a esta postura (o no, o vaya uno a saber), hay otros que dicen que en realidad nada de eso es veraz, que es todo una tramoya en la que están de acuerdo el oficialismo y otros que actúan de opositores para blindar sus parcelas y seguir durando en escena a costa de las rentas que otorgan los espacios institucionales que actualmente ocupan. Relegando, así, la agenda real (así la califican, sabe Dios cómo son capaces de establecerla con tal nivel de uniformidad como para que haya sólo una de ellas) de la ciudadanía. Que, ajena a esas controversias sólo aparentes, sufre de un deficit de representatividad. Es lo que se conoce como "negocio (o bien, "curro") del país dividido".   

Para nosotros, no es ni una, ni otra. Creemos que lo que se observa, en verdad, es que, en efecto, sí existe un cisma profundo a nivel de las elites nacionales.

Cuando hablamos de elites, ojo, no intentamos referir sólo potencia económica, bien que es ésa una porción importante del asunto. Más precisamente, se trata de sectores con capacidad de intervenir en los procesos de decisión del rumbo nacional (Estado, sindicatos, empresarios, intelectualidad, etc.). Lo cual siempre implica una tensión en cuanto al poder, que es lo que se juega en este tipo de trámites y que, como bien ha dicho José Natanson, supone una relación. Lo que da la idea de fluctuaciones entre esos actores, que es como se comprende mejor la dinámica que los envuelve. Y que explica lo que son, a veces, las mudanzas de alianzas socio/políticas, conforme aquello varía.

Debido a que la preservación de la sanidad en la noción de fluidez comentada es necesaria a efectos de que esos circuitos, que son los que mueven al país, funcionen a ritmo satisfactorio mientras las piezas del engranaje no sean afectadas, no subestimamos la cuestión, e intentamos problematizarla.

Sería deseable, pues, creemos, que existiera otro tipo de vinculación.

Pero vamos a lo central: da la sensación de que este tipo de litigiosidad se abre en el país cada vez que se pone en duda, siquiera mínimamente, la plenitud en el despliegue del programa que lo ha gobernado de modo dominante desde, más o menos, la Revolución de Mayo. No casualmente suceden estas cosas cada vez que no hay mero sometimiento desde el poder institucional al statu quo. Alejandro Horowicz lo puso en concreto en Tiempo Argentino, ayer: “Si Cristina Fernández tuviera que abandonar la Casa Rosada antes de que se venza su mandato constitucional (…) los poderes fácticos, los que no dependen del resultado de ninguna elección, restablecerían sus propios términos políticos. Es decir, la situación anterior a 2001.”

Asumido que hoy no logra (el establishment) hacerlo. No, al menos, sin… conflicto, claro. Cuando los saqueos del año pasado escribimos algunas palabras que, tal vez, vale la pena repetir en estas horas: “Apuntar todas estas cuestiones en horas en que se producen saqueos es tan insuficiente para explicarse la situación como propio de la ceguera política ignorar hasta qué punto puede llegarse cuando se es impotente políticamente en un marco en el que las reglas del trámite de disputas políticas parecen haber quedado de lado, y voluntariamente. Cuando se está dispuesto a todo contra un gobierno con el que se discute. El caldo en el que se cocina la trama de la irracionalidad que estamos conociendo.

Ahora bien, creer que esos alineamientos se reproducen de manera mecánica, idéntica y esquemática a nivel calle resulta, cuanto menos, ingenuo. Esto es, suponer que existen sujetos sociales para todos y cada uno de los distintos programas o pareceres que reclaman su parte en la cúpula societaria es un error de calibre grueso.

No es muy común, convengamos, que la gente pelee en las calles por lo que dijo Federico Luppi sobre Mirtha Legrand, ni tampoco por si tiene razón la presidenta CFK o bien Paolo Rocca en el diferendo que los separa en relación a los modos de consecución de rentabilidad económica. No por fuera de un tramo de ciudadanía sobrepolitizado e hiperinformado, aún cuando a partir del kirchnerismo las tendencias a favor de estas últimas crecieron.

Por tanto, si falta nada menos que la materia prima del hipotético gap social, mal podría hablarse de su existencia.   

¿Hay, entonces, grieta? Sí. El tema es dónde, por qué y cómo se la resuelve. O más aún: si conviene, y a quién, que sea saldada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: