martes, 31 de diciembre de 2013

Balance político 2013

Es alarmante para una fuerza política como la nuestra, el kirchnerismo, tener que escribir por segunda vez consecutivo que se va el peor año del ciclo histórico que se protagoniza. En realidad, hasta ha ingresado en zona de crisis esto último, lo del protagonismo (sin haberse extinguido, más vale, pero sí tal vez ahora se disputa el centro de la escena; quizás no: pero la sola duda mata), lo que no es menor para un espacio con las pretensiones proyectivas del oficialismo. Que, encima, ocupa nada menos que el gobierno nacional por tercer período consecutivo, dato inédito en la biografía argentina.

Digresión: vale la pena repetirse en algo tan trillado, a esta altura del partido, como lo es lo de la triada que hoy conduce Cristina Fernández. Porque, en general, a la hora de los análisis se requiere de herramientas comparativas. La novedad las mezquina, y por ende la lectura del asunto deviene más complicada. No parece menor este apunte cuando se observa que la explosión bloguera, que caracterizó sobre todo a la recuperación del Frente para la Victoria tras derrota frente a las patronales agrarias, ha disminuido en intensidad. Es evidente: los escenarios que abrió el triunfo de 2011, por desconocidos, imponen a quienes estábamos acostumbrados a otra cosa dificultades que nos cuesta superar.

No en vano somos una expresión, cultural, de un gobierno que marcha complicado.

2008 había sido tremendo, pero sobre el final hubo la estatización de AA.AA. y de la administración del sistema previsional para sostener la llama encendida. 2009, peor: por la derrota electoral de Néstor Kirchner en provincia de Buenos Aires. Pero, sobre el final, ley de medios, AUH y otros mediante, hubo la recomposición que funcionó a modo de inauguración de lo que se coronaría en 2011 con la reelección de la presidenta CFK. Ahora es distinto: YPF no logró torcer el saldo de 2012 como el peor año de esta experiencia, y el 2013 que se va supera la marca sin, para más, ninguna compensación, máxime tras la caída ante la nadería de la comparsa ABL en PBA.

Alguien dirá que, finalmente, la ley audiovisual mereció la consolidación institucional que estaba pendiente en los tribunales. Una hipótesis para responder: al haber dependido ese moño de las firmas de los ministros de la Corte Suprema no pudo ser capitalizado climáticamente.

Mucho de lo sucedido en este diciembre tortuoso que cierra el año casi a modo de resumen del trayecto rocoso que ha sido la cuestión desde reasumida la jefa del Estado, es innegable, habilitan, por los modos en que discurrieron, a sospechar de manos negras tras los cortinados. Ello no obstante, conviene no contentarse apenas con la conspiranoia. Porque lo cierto es que, en todo caso, se trata de, sí, nafta apagando fuego: pero uno que, ¡ay!, ya existe. No está de más reparar en que es distinto lidiar con una llamarada para asado familiar que con otra que consume un edificio. Y que hay quienes colaboran para que lo primero devenga en lo segundo, y eso es una miserabilidad.

Se trata, pues, de no ofrecerles siquiera chispas para que puedan prender. Allí reside la habilidad política que se viene mancando.

La sensación que aparentemente mejor podría encuadrar y englobar al entero derrotero reseñado es la de un gobierno que va explorando los topes de la estrategia del combate a lo viejo. Y que requiere, por fin, de elaborar un nuevo orden. Donde las respuestas dejen de ser virtuosas por responder a los agotamientos de lo anterior, pasando de pantalla: hacia el diseño de un nuevo marco institucional y administrativo que permita, por ejemplo, prever desbarajustes como el eléctrico. Dicho esto en función de lo que deriva a partir de esta otra forma de manejarse y que provoca, por la contraria, las incomodidades reseñadas en el primer párrafo respecto de la iniciativa política.

A colación de lo último, conviene no perder de vista que el equipo decidido para encarar el tramo 2011/2015 decididamente no fue el mejor. La propia presidenta de la Nación reconoció esto al decidir el recambio ministerial como primera y, hasta ahora, casi única respuesta a la derrota en las legislativas de octubre --cuando y donde impactó electoralmente el descontento con el último bienio--. No sólo por las limitaciones y carencias de los ahora ex ministros: si bien ella no debía favores en términos de sufragios a nadie, se despreció la suma de capital que podía servir para afrontar mejor el horizonte angosto que dicta la imposibilidad constitucional de reelección.

El kirchnerismo no se ha entregado a su propia autorefutación como hicieran otros gobiernos que lo precedieron cuando se vieron su rumbo atorado por amenazas. Nadie con mínima honestidad intelectual le podrá reprochar contradecirse o haberse traicionado a sí mismo. Sus déficits tienen que ver ya más que nada con la ejecución --de ahí que el triunfo de 2013 haya correspondido a los que dicen hacer bien, aunque no se trate más que de atención de countries--, y con el callejón que le supone la convivencia con aquello que lo combate en términos programáticos.

No era esperable nada distinto, habida cuenta de dónde la decisión política ha definido cargar la cuenta por los costos de los desequilibrios, cuya existencia es lógica en cualquier tiempo prolongado de gestión: siempre en procura del resguardo del sujeto social que ha sustentado tres triunfos presidenciales; el de los más necesitados de la amplísima y heterogénea geografía nacional. Los ajustes no son malos per se, sino cuando se quiere hacer correr con ellos a quienes no pueden ni con sus propias almas y, por el contrario, merecerían recibir y no que se les quite aún más de lo que ya de por sí el mercado se ocupa de rapiñarles.

La acción contra el oficialismo está destinada a, precisamente, no permitir que opere con virtuosismo las correcciones necesarias. No es casual que los conflictos aparecieron cuando, tras el tramo de reparación, de necesidades homogeneas, guiado por Kirchner.

Se equivocan, como tantas otras veces lo hicieron, quienes lo dan por finiquitado. Le sobra para reconstituirse, sobre todo cuando se presta atención a la imbecilidad que tiene enfrente.

Y fundamentalmente, lo contrario conviene a muy pocos. A los menos. 

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