sábado, 9 de noviembre de 2013

Cambio de pantalla

El buen kirchnerista es el que no puede con su propio genio. Así que, aunque había dispuesto un receso temporal del blog, retomo, sólo para decir una cosita más sobre el cacerolazo de ayer. Finalmente, fue un fracaso rotundo. Acá nos preguntábamos si políticamente no cabía indagar en el posible agotamiento de ese legítimo mecanismo de protesta. Efectivamente, el recurso a la acción directa ha perdido el enorme poder de fuego que exhibiera hace apenas un año. Carlos Pagni escribió sobre el primer 8N que si existiera un líder que hablase a los manifestantes, aquello no habría existido. Es decir, faltaba la representatividad del descontento.

La política, gustos al margen, ha canalizado ese déficit, inaugurado en los casi 38 puntos de distancia con que la presidenta CFK venciera hace dos años. Por ende, la ebullición ha cesado, y el partido cambia de cancha. Todo esto marca, quizá, dos cosas: los contornos del programa de los vencedores del 27 de octubre, por un lado; y la constatación de que un sistema político requiere de opciones con viabilidad seria, por el otro.

El reverso de victorias tan alegres y contundentes como la de 2011 fue la deriva cacerolera, inconveniente, y que por suerte ha mutado, si bien no de modo que agrade a quien esto escribe. Ni los triunfos ni las derrotas son, entonces, tanto como lo que parecen decir de entrada. El tiempo es lo que los ubica conceptualmente.

La democracia republicana sentencia sin atender a nuestras urgencias de coyuntura.

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