miércoles, 2 de octubre de 2013

El que se va era un rebelde, y por eso su partida duele más

Nunca los héroes son como se los cuenta en libros y películas: lineales en su perfección inmaculada, predestinados, enteramente pulcros y ejemplares. Eduardo Galeano dijo alguna vez que la enorme atracción que --ya sea para alabarlo, o bien para denostarlo-- concita Diego Maradona está sustentada en su condición de "Dios sucio, pecador". Humano, en definitiva. Pero eso, lejos de ser una exclusividad de Diego, en verdad se ajusta más a la vida real. Donde la sinuosidad es regla. No obstante, uno permanentemente enfrenta el desafío de hacer su voluntad frente a los imperativos, escritos o no, del deber ser. David Nalbandian constituyó, quizás, el ejemplo máximo de esa pulseada en el universo de la raqueta.

Vayamos al punto. Es, cuando del tenista que acaba de anunciar su retiro de la actividad profesional se trata, número puesto la cantinela de “lo que podría haber sido”. Si se hubiese dedicado. Si se hubiese cuidado más. Si no se hubiese desperdiciado tanto en los menesteres del buen vivir.

Este verdadero artesano del juego que en esta tierra inventó Guillermo Vilas optó en su carrera por modificar las medidas del éxito. Aquellas desde la que evaluaría el suyo, mejor dicho. Y, entonces, allí donde todos se desviven por maquinar sus físicos, sumando torneos del circuito y horas (y millas) de sangre, sudor y lágrimas, porque en eso encuentran satisfacción, él prefirió siempre reservar sus mejores armas para la Copa Davis. Un extraterrestre: en el deporte que por excelencia rinde culto al individualismo, se especializó en el único rinconcito con espíritu de equipo que tolera ese espacio de egoísmos y vanidades, que igualmente tanto interfirieron a su sueño máximo.

Porque, ojo, también Nalbandian pecó en ese sentido. Y no se exime por haber activado sus miserias en función de un objetivo que en un país futbolero puede entenderse superador (pero que, a la vez, por ello lleva a tantas metidas de pata en la discusión de los asuntos que rodean al torneo/obsesión que le falta a la Argentina tenística; tema para otro momento): estar más pendiente del equipo que de su ranking.

David era el raro, no los otros. Y desplegó lo problemático de su yo detrás de una razón de existir poco común para su ámbito.

Por entremedio de esos pliegues, regó con su talento, que a la fecha de despedida aún faltaba explorar del todo --inagotable que era su repertorio--, a lo largo y a lo ancho del mundo, canchas de todo tipo. Porque ésa fue otra de las particularidades tan suyas, escapando a lo que parecía ser una condena histórica nacional en el rubro: la falta de competitividad por fuera del polvo de ladrillo, la superficie --en cambio-- más floja del unquillense --deberíamos decir "menos buena", porque la rompía en todas--. Y allí abrió una senda que hoy también recorre Juan Martín Del Potro, su alter ego; tal vez la única continuidad que los conecta en las profundidades de sus desencuentros, tan lamentables y dolorosos para los hinchas.

Se despide un fuera de serie que vivió huyendo de marcos estructurados preestablecidos. Eso mismo hizo, y sigue haciendo, del personaje en cuestión, alguien tan rico y atrapante por fuera de lo que estrictamente hacía con la pelotita amarilla. Así en la abstracción de los análisis, como en lo concreto de los hechos. Probablemente, vivió como jugó. Nadie, lo quiera o lo deteste --con esta clase de tipos no suele haber espacio a términos medios, justamente porque salen de la previsibilidad que los admite--, podrá, entonces, negarle méritos a su rango de extraordinariedad.

Nos deja David Nalbandian.

Y ¡la puta que ya se lo extraña!, en la gris mediocridad del mundo en que gobierna la dictadura de los normales, que encima siempre están atentos a mirar el punto negro del pizarrón blanco ajeno. Más allá de en las voleas, los reveses a dos manos, los drops, y tanto otro golpe de novela salido de esa muñeca que, a base de mera prepotencia del más puro talento, lo puso en la cima de un campeonato preparado para otra clase de jugadores, su legado se proyecta.

Vale la pena vivir a lo Nalbandian, más que sólo jugar como él. 

1 comentario:

  1. Excelente! Muy acertado el punto de vista vertido, al menos en lo que a mi manera de ver este asunto respecta. Creo que el principal error que se comete con este tipo de personajes (deportistas,artistas exitosos y talentosos), es pedirles más de lo que pueden dar, mirarlos con nuestras propias expectativas y juzgarlos a través de ellas. Diego fue un futbolista excepcional y David fue un tenista de ensueño: Todo lo bueno que venga, llámese actitudes, gestos, declaraciones, etc, es extra, viene de regalo.

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