viernes, 6 de septiembre de 2013

Poniendo la jeta

En mi último post incurrí en un acto de deshonestidad intelectual. Critiqué allí la táctica de agitar la posibilidad de una segunda reelección de la presidenta CFK sin computar también que yo mismo la había suscripto, varias veces.

En efecto --y vayan, con estas líneas, las disculpas del caso por la omisión--, así fue.

Hecha, entonces, esa aclaración, pertinente e ineludible, resulta no menos apropiado agregar que además postulé siempre la necesidad de acompañar la utilización de la hipótesis re reeleccionista junto con la construcción de un escenario al interior del cual la transición sucesoria resultase favorable a los segmentos que mayor compromiso demuestran al interior del vasto espacio oficialista con el programa inaugurado en 2003.

Y ocurre que al kirchnerismo le faltó esta segunda parte del asunto.

Si bien, y vuelvo aquí a girar en esta especie de zigzagueo argumentativo, tampoco yo entendía que fuese aún tiempo de otorgar pistas sobre la transición. Que, siempre es bueno aclararlo, no equivale a tener ya mismo asegurado el nombre propio de la designación.

El peor de los errores fue, así las cosas, confiar excesivamente en la nada que había por fuera de lo propio. Lo que condujo a un quietismo excesivo y desaconsejable en términos de acción política. Y si bien ese vacío es constatable en cuanto a formalidades partidarias, algo (ojo) que no ha variado con el resultado de las PASO, quedó, sí, fuera de la órbita de las prevenciones la probabilidad de que se registrase una mutación en el clima de época respecto del abrumadoramente favorable sobre el que se deslizó con suavidad la locomotora del triunfo 2011. Para lo cual no hacía, no hace, no hizo falta de acción opositora según los formatos tradicionales conocidos.

Es decir, un nuevo marco situacional que favoreciera las chances de una derrota a manos de cualquiera que tuviese aptitud para, navegando sobre la ola de esa alteración estructural, operar el sencillo expediente de venderse como mejor intérprete de aquello que no dependió de su actuación ni de su voluntad. Y que, por tanto, no controla ni conduce, al menos por el momento, quien apenas juega a rellenar un hueco que genera/n otro/s.

Las condiciones de disputa política, pues, variaron de dos años a esta parte. El massismo advirtió eso, se insertó allí como propuesta de representación mejor que nadie y por tanto venció. Ése es su mayor mérito y capital político en la hora actual. También será el corset de su capacidad de acción a futuro, si no se decide a valerse de las fuerzas que hasta aquí lo impulsaron como en el judo, reconfigurándolas detrás de movimientos de intelección propia.

Pero eso suponiendo que desee abandonar algún día el rol de gerente más calificado del establishment que hoy ostenta. Lo cual es todo menos seguro, según lo visto hasta ahora.  

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