sábado, 15 de junio de 2013

Las profundas raíces de una tragedia

Alguien dice: “El desierto opositor te lleva a enojarte mucho más con la única fuerza política que puede verdaderamente hacer algo: el kirchnerismo.” Tiene razón, es así. Otro hace una autocrítica muy completa y cierra de modo contundente: “Si tenés las convicciones bien puestas, te hacés cargo.” Bien. Ése es el camino.

La audacia que en incontables ocasiones le ha sobrado al gobierno nacional, por ejemplo para reivindicar los derechos humanos como política de Estado y afrontar el drama de la deuda externa, en cambio le ha faltado en materia de, por ejemplo, transportes e infraestructura.

Y es un problema eso, porque para salir del atolladero va a hacer falta, justamente, audacia, valga la reiteración, pues es demasiado complejo el descalabro del sistema de transportes, el ferroviario en este caso, así como lo es también el de las inundaciones extraordinarias que nos tocó sufrir hace un par de meses, como para pretender abordarlos con otra cosa que una trocha fina. Reclaman, todos ellos, y a gritos, una reconfiguración modélica que conmueva estructuras, sin lo cual será estéril cualquier intervención concreta que específicamente se quiera operar sobre cada uno de los espacios en que se está en default en particular.

Dicho sencillo: no existe, creemos, una política ferroviaria, así como tampoco --por caso-- una de infraestructura, sino como expresiones de un trazo proyectivo del cual no son --ni deben ser-- más que partes de una totalidad más amplia, cada cual en el ámbito en que les toca según el caso.

Acá nos está haciendo falta --lo decimos hace mucho, lo dijimos con las inundaciones, lo reiteramos ahora-- una revolución. Pero no en el sentido guevarista del término, que no le falte el aire a nadie. De federalismo, en este caso. Queremos decir: una vuelta de campana, y abrupta. Porque allí, en la tercera de las formas en que se organiza nuestro país según dispone la Constitución Nacional, se puede encontrar la semilla de todos los dilemas que derivan en tragedia; dicho más sencillo: de la locura que implica el estado del área metropolitana de Buenos Aires. Es una idea, apenas. Como para empezar con y por algo.

Comprar mejores frenos, sistemas de señales más avanzados, hacer obras de desagües para el caso de los temporales, los benditos controles: nada va a alcanzar si una zona adolece de una superpoblación del tipo que existe entre GBA y CABA. Supera cualquier previsión posible imaginable.

Se insiste: es muy profundo el asunto. Quizás no se trate de federalismo, o incumba dimensiones aún superiores a ello. Pero no suena plausible que se trate apenas de dejar caer mayor cantidad de billetes sobre un tren. Enfoque, ése, que, preocupantemente, deslizó la presidenta CFK cuando durante la apertura de las sesiones legislativas ordinarias del año 2012 intentó vincular los dineros que debieron disponerse para cubrir las obligaciones de pago internacionales --en aplaudible construcción de soberanía decisoria en el plano económico-- con los que faltaron, explicó, para inversión ferroviaria. No parece ser tan sencillo como la readecuación de lo que dicho así suenan como operaciones contables.

A grandes problemas le urgen idéntico tipo de soluciones: hace falta reformular los términos del esquema federal. Eso va a requerir de mucho más que un ministerio de transporte y mayor inversión, que por supuesto también hará falta: pero mayor cantidad de líquido, si es drenada a través de canales igual de viciados que lo están ahora, será más tarde, pero acabará estallando, ineluctablemente; de una forma u otra.

No vale la pena insistir en el aprovechamiento miserable que hacen de esto quienes ya se sabe: es conocido, era esperable. Que se queden hablando solos. Tampoco en subrayar que la destrucción del sistema ferroviario lleva seis décadas, es muy previa al kirchnerismo: gobernar es así, y conlleva sinsabores y la obligación de comérsela cuando corresponde. Son las reglas de juego, hay que bancársela. Las cuentas las paga siempre el que está atendiendo el mostrador a la hora de la desgracia, a lo que valga recordar que nadie lo obliga; se sabe, y ya está. Menos en que es una locura que un transporte de recorrido local sea gestionado por un gobierno nacional.

Si no lo hace el kirchnerismo no lo va a hacer nadie. Tiene que liderar una acción de magnitudes enormes, que lo trascienda y exceda. Es cierto que se cuenta con una arco político que, mayormente, no da la talla. Consecuencias de gobernar sin tener en claro el sujeto social de representatividad. No debe escaparsele a nadie que solamente con la acción de un gobierno nacional, sea el de Cristina Fernández o cualquier otro que hipotéticamente pueda venir, no va a alcanzar. Pero es a la actual jefa del Estado, en función de su propia historia y de las características del marco que hoy protagoniza, a quien corresponde dar el puntapié inicial.

Habrá que pujar para que los topes que organizan el estatuto de posibilidades de la acción de la clase dirigente argentina se amplíe, incorporando el bienestar social ciudadano como eje de funcionamiento, desplazando del altar en que se encuentra al lucro privado, que en lo relativo a geografía supuso la actual centralización productiva. “Las tragedias son consecuencia de la contemplación de no otra cosa que la expansión sin límites de los negocios. Y frente a eso, el impacto social colateral no goza de rango alguno.”, dijimos a propósito de las inundaciones de principios de abril en La Plata y Ciudad de Buenos Aires. Y no encontramos forma de no repetirnos a la hora del presente.

Mientras tanto, habrá que esperar para saber más y mejor qué pasó realmente el jueves. Pero aún cuando es probable que esta vez sí se haya tratado de un accidente, hay tarea pendiente. Terminar de matar lo viejo y hacer nacer, de una vez por todas, lo nuevo.

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