sábado, 22 de junio de 2013

Las explicaciones sobre un llanto (o relato descarnado de un hincha de Independiente acerca del significado del descenso)

Por ahí andábamos, aquella tarde,
Nico, Emi y yo.
Faltan minutos, apenas, quizás segundos, para que termine el partido. San Lorenzo nos está derrotando 1 a 0, y con eso, sumado a los respectivos triunfos de San Martín de San Juan y Argentinos Juniors --nuestros rivales en la lucha por el descenso-- a la misma hora, la caída hacia el Nacional ‘B’ es ya una sentencia de realidad. Estoy resignado. Derrotado. Me ayuda haber asumido la derrota hace mucho tiempo, aún en medio de la breve ilusión que encendió la llegada de Miguel Brindisi tras el frustrado tercer ciclo de Tolo Gallego.

Reviso entre mis chats de Facebook que a una compañera de Facultad, hincha fanática de Racing Club ella, le dije, el 10 de mayo último, antes del empate contra Lanus, que yo no creía en la salvación ni aún después de dos victorias consecutivas frente al Bicho de Paternal, cuyo bajón aparecía como ineluctable a nuestro favor, y Tigre. Así que fuimos al Libertadores de América, el 15 de junio del año con número maldito, al simple efecto de hacer el acto de presencia que correspondía en la hora. No por aquello del aguante en las malas. Porque sí, y ya.

Me encuentro, entonces, cantando la más bonita de las canciones que componen el repertorio actual de la hinchada: Señores, yo soy de Independiente. / Somos del orgullo nacional. / Ahora, que estamos en la mala… ¡NUNCA! te vamos a abandonar. / Porque el Rojo es pasión, / y mi viejo me enseñó / a quererte de la cuna hasta el cajón. / Nadie lo puede entender, / que copamos adonde vas. / Esta hinchada es diferente a los demás.

Creo que ésa es, e intentaré explicarlo en lo que sigue, la síntesis perfecta de lo que nos pasó en los últimos años. Leo, perdido por entre los blogs como usualmente me sucede, que alguien dice:

“La hinchada de Independiente siempre fue acusada de amarga y de no asistir a los partidos cuando el equipo no peleaba campeonatos. El mismo concepto se aplicó a River. En los dos casos, la actitud apática del hincha es entendible: el aliento nace cuando se intenta suplir desde afuera lo que no pueden hacer los jugadores adentro de la cancha y, en sus épocas de oro, River e Independiente casi nunca necesitaron de estrategias ajenas al fútbol para ganar un partido. Para los hinchas de River e Independiente nada que miles puedan gritar desde afuera puede ser más efectivo que la triple G: ganar, golear y gustar. No es casual que recién en los últimos años River se haya convertido en el club que lleva más gente (sólo hace falta ver las recaudaciones): esta devoción coincide con los peores años de la historia del club.” 

Termina el partido. Perdimos. Aunque si hubiésemos ganado tampoco habría servido de nada. Necesitábamos, lo dicho, además del triunfo, derrotas coincidentes de Argentinos y San Juan. No salió ni una, pero ni siquiera la de despedirse con un triunfo en un clásico.

Me veo en ese momento y recuerdo que, hasta el pitido final del árbitro, nada me importa demasiado ya. Me doy vuelta y los veo a Nico, mi amigo del alma, y Emiliano, mi hermano menor. Ambos mudos. No lloran pero están a punto de. Moquean. Se muerden los labios. Un nudo tamaño marinero les debe estar atravesando la garganta en ese instante. Yo estaba unos escalones más abajo, había visto el partido agarrado de mi para-avalanchas favorito. Subí a abrazarlos: así debía ser, soy el mayor. Me coloco en medio de los dos y sigo cantando.

De repente, me dio por prestar atención a mi alrededor.

Los ancianos que deben haber presenciado las siete Libertadores, sus hijos criados según la filosofía del paladar negro. Muchos adultos lagrimeando, demasiados. Entre ellos, un flaco que fue a la cancha con un brazo colgando, enyesado. Tiene anteojos de sol y sin embargo la irritación de los ojos por el llanto, cuyas gotas le recorren la cara, se le nota lo mismo: baja un par de escalones para encontrarse con alguien que debe ser su padre --o no, tanto da, es mayor que él-- en un abrazo. Y sobre todo, dos nenes, que deben tener no más de 10 y 5 años cada uno: el mayor es un mar desconsuelo; su hermanito mira para todos lados, no entiende nada, pero, cuando ve que su papá también sufre, no le queda más que imitarlos. Aunque, insisto, seguro no sabe bien por qué.

(Después los fui a abrazar a esos dos pibitos, aunque yo tampoco estaba para animar a nadie, entre los dos quiebres que tuve en la tarde. Cuando me derrumbé por segunda vez, el padre de ellos dos me vino a querer levantar a mí. Al menos nos tuvimos unos a otros entre todos esa tarde…)

Luego de recorrer todo ese cuadro atentamente, miré al cielo, se me nublaron los ojos, se me ahogó la garganta y… ¡pum! Rompí yo también. No pude seguir cantando más. La angustia, finalmente, me había perforado.

Muchas veces la gente que no es del fútbol ha intentado responderse por qué los fanáticos lloramos por las loterías que son los resultados en este deporte. Yo también quiero intentar pensar lo mismo pero desde una perspectiva distinta al de esa masa pretendidamente bien pensante. Y recordando tantas cosas vividas como hincha, por supuesto que no sólo de las buenas, y ayudado del párrafo citado arriba sobre las lógicas de conducta de nuestra parcialidad en tiempos pasados, la explicación estuvo al alcance de la mano.

Yo fui por primera vez a la cancha el domingo 17 de abril de 1994, cuarta fecha del torneo Clausura de aquel año, que Independiente terminaría ganando, empate a cero contra Belgrano de Córdoba como locales, en la vieja Doble Visera de cemento. Casualmente, dirigidos, como ahora que bajamos al abismo, por Brindisi. Independiente jugó, aquella tarde, tan mal, tan horriblemente, que me tocó ser testigo de que el equipo, pese a que se trataba de uno que peleaba la punta --y que, al fin y al cabo, venía de campañas razonablemente buenas aún con el reciente retiro de Bochini a cuestas--, fuese despedido por un concierto de puteadas tal que habría hecho sonrojar hasta a Jacobo Winograd y Silvia Suller… y sumados.

Pude presenciar muchas menos glorias que quienes me hicieron hinchas de Independiente (mi viejo, principalmente; pero también mi abuelo y mi tío), desde luego. Más bien soy contemporáneo de la decadencia del post bochinato. Pero toda la historia de glorias que sustentaron nuestra grandeza, sin embargo, la tuve, justamente por ser parte de una familia muy arraigada al infierno de Avellaneda, siempre demasiado cerca como para que no me resultara guía de comportamiento. Asistí, por ejemplo, a murmullos contra el equipo campeón de Gallego en 2002 el día que goleó 6 a 2 a Chacarita por la octava fecha de aquel torneo: porque hizo 5 de esos 6 tantos en el primer tiempo y el segundo quedó, pues, como un relleno en extremo aburrido, insoportable.

Desplomado sobre un escalón del estadio que aún no han terminado de construir, en medio del peor llanto que me ha atacado por lo peor que me pasó en la vida --yo no tengo la culpa de que sea ésta mi pérdida más grande, afortunadamente no he tenido otras todavía--, comprendo el sentido de esa letra que digo que es la más linda de todas las actuales: nosotros, los hinchas; el famoso aguante, que nos era tan ajeno y con orgullo; el desinterés por el rumbo y los resultados, finalmente, se hicieron espacio, cuando siempre habíamos intentado que acá todo fuese distinto. 

Tantos títulos, glorias, jugadores, partidos memorables, jugadas inolvidables, golazos, habían quedado atrás. Hasta aquello del primer estadio de cemento de Sudamérica hoy se ha convertido en una caricatura. Y por no entrar a revisar en qué queda de la calidad y el renombre que como institución supimos ostentar, por fuera de lo estrictamente futbolístico. Independiente acababa de descender, y nada de todo eso ya nos quedaba para aferrarnos en nuestra propia defensa en la hora más terrible. Ya no tenemos ni el listón de ser uno de los equipos que nunca descendieron de categoría. En definitiva, no nos quedó ninguna de todas las muchas cosas que teníamos. Apenas que la caída no fue epilogada por quilombos, de lo que desesperadamente intentamos cerciorarnos cuando nos subimos al auto para volver --vean a lo poco que nos aferramos, lo para abajo que terminamos nivelando--, y que eso que llamaron dignidad fuera destacado por unanimidad mediáticamente.

No más que nosotros mismos, ahí, a pie firme, en medio de la agonía cruel, absurda, tremenda, indecible de lo que fuera un club de primer nivel. De repente, nos vimos con las manos vacías.

Lo hemos perdido todo. Y por eso lloramos.    

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