lunes, 3 de junio de 2013

Las escaramuzas del debate sucesorio

Por la noche del día en que, con nuestro último post, decíamos que lo más relevante del discurso de la presidenta CFK durante el acto del 25 de mayo último fue el desafío que planteó al resto del sistema político respecto del programa de gobierno en curso, la misma jefa del Estado extendió ese litigio al territorio que conduce. Mechado con una serie de reproches enérgicos al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Cristina invitó a la concurrencia a preguntarse cómo creían que podría actuar frente a las presiones que en desarrollo de la tarea presidencial son moneda corriente, por caso las de los organismos internacionales de crédito, aquellos que no son capaces de decir esta boca es mía cuando se los cachetea a insulto limpio desde el periodismo opositor.

Comentábamos el 23 de mayo pasado que lo interesante a la hora de discutir sobre los beneficios sociales que en términos concretos había reconocido el kirchnerismo a amplios sectores de entre los más sufridos de la población, más que la enumeración de tales en sí misma o el trazo ideológico que dibujan, es la indagatoria respecto del marco de discusión de intereses que se configuró a partir de la inauguración del actual ciclo histórico y la posición que el Estado decidió asumir en ese conflicto desde 2003, a diferencia de la convalidación institucional de negocios privados como eje que había sido regla hasta entonces y desde recuperada la democracia.

Concluíamos que sólo quien deseara y fuese capaz de sostener el grado de tensión conflictiva que actualmente existe entre Estado y ciertos sectores del establishment tendría éxito en la tarea de conservar y ampliar las mejores novedades de la década.

Y en ocasión de analizar la masiva manifestación que en homenaje a la asunción de Néstor Kirchner se congregó en Plaza de Mayo hace diez días, agregábamos que la Presidenta acertaba en llamar la atención acerca del significado de la expresión fin de ciclo a que acude el bloque opositor a la hora de comentar lo que suponen será el fin del kirchnerismo en el ejercicio del gobierno nacional, tantas veces anunciado desde 2008 y siempre postergado para mejores ocasiones; no habiendo superado nunca, en definitiva, el rango de hipótesis.

Articulando ambas premisas, la tesis que intentamos es que la elusión opositora al debate propuesto por el oficialismo obedece a la imposibilidad de asumir electoralmente el programa que le piden expresar sus apoyaturas reales, el establishment que entiende amenazados sus privilegios con el kirchnerismo, al que por ello rechaza. CFK interroga al interior de su tropa quién estará dispuesto a asumir la epistemología fundada por Kirchner. En el caso que debiera el FpV armar una opción a la actual primera mandataria, y eso es lo que acá siempre hemos sostenido que se intentará para 2015 y no una segunda reelección, conviene identificar, antes que cualquier otra cosa, cuál dirigente coincidirá en sostener el actual cuadro de situación de la gobernabilidad.

Cuando a principios de 2011 la continuidad de Cristina era aún incógnita y Daniel Scioli frecuentó a los elementos más dinámicos del armado oficialista, depositario --según palabras de la conducción-- de ejecutar la trascendencia, dijimos, en sintonía con lo que ahora asume explícitamente la Presidenta como táctica, que lo fundamental, de cara a tales trámites, “no pasa por si apoyar o no a Scioli (…) sino por tener la capacidad de construir una línea interna capaz de condicionarlo, si es que se considera que, una vez en el gobierno puede llegar a poner luz de giro a la derecha (…) que ese apoyo se otorgue, y se mantenga, si, y solo si, Scioli hace kirchnerismo del más puro, o sea, que negocie en condiciones desfavorables.”

Es decir, construir el marco de fuerzas que habilite que un recambio de nombres no sea traumático, y siempre se ha dicho en este blog que las características personales de los dirigentes nunca son lo esencial a la hora del análisis político, en el que juegan una cantidad de variables largamente superior a la que puede domesticar cualquier individuo. En eso se está mientras a propósito de los más diversos expedientes que circulan alrededor de la trama del Estado todo el tiempo vuelven a surgir rebrotes de lo que fueran los acuerdos de tiempos pasados, repudiados ya desde el discurso de asunción de NK el 25 de mayo de 2003. En ocasión de los cambios de gabinete que decidió la presidenta CFK, esta vez.

La crítica a Cristina porque elige dirigentes de su partido para integrar el gabinete es lo más desopilante que se puede leer y oír. ¿Dónde debería ir a buscar ministros, pues? Resabios de las épocas en que los ministros tenían la potestad de mando por sobre el presidente, en tanto eran representantes del poder real. Y entonces el ministro de Economía era designado por los bancos; el secretario de Industria, por la UIA; el de Agricultura, por la Sociedad Rural Argentina; el ministro de Educación, por la Iglesia Católica; el de Justicia, por el Colegio Público de Abogados; y así, sucesivamente, cuestión que gobernaba cualquiera menos quien era designado a tales fines por las urnas.

Todo eso al tiempo que se quiere aleccionar sobre democracia y república. En fin.

¿A partir de qué momento y por culpa de quién el debate político se primarizó tanto que resulta que ahora hace falta que un presidente deba explicar por qué elige a dirigentes de su propio espacio para integrar su gabinete de ministros? A veces todo deviene un delirio ridículo.

Los ministros son secretarios del Poder Ejecutivo, por lo que no les cabe decidir sino asesorar. No porque lo diga este teclado, claro, así lo dispone la Constitución Nacional, increíble tener que aclararlo. Sin embargo ha sido una constante durante estos últimos tiempos tener que asistir a quejas por la imposibilidad de los ministros de ser ellos quienes definen las políticas de gobierno, o bien por la obediencia que dispensaron siempre los auxiliares a la conducción en el kirchnerismo, cual si debieran en verdad hacer lo opuesto, en función de aquello de que "cuanto peor, mejor" respecto de la marcha de la gobernanza.

Lo que se expresa, con todos esos berrinches, es el malestar del bloque de clases dominantes por su imposibilidad de operar en la interna del gobierno nacional construyendo las decisiones de Estado en la actualidad. Un comportamiento que pide Cristina sostener a posteriori de su salida del gobierno nacional. Y que Segundas Lecturas entiende como requisito esencial para la profundización del programa de gobierno actual y como receta adecuada para edificar un reemplazo pacífico.

En definitiva, terminará resultando, si se lee la cuestión con apenas un cachito de honestidad intelectual, que el oficialismo es, además de la única garantía para el bienestar de los sectores populares, también la mejor fórmula para la plena vigencia de la institucionalidad republicana.

Al fin que ambas están vinculadas, sólo que por distintas razones a las que dominantemente se invocan.

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