miércoles, 26 de junio de 2013

Las desventuras de Hugo Moyano, un camión a la deriva

Vicepresidencia de la Nación, vicegobernación de la provincia de Buenos Aires y 33% de todas las listas de legisladores a nivel nacional, provincial y municipal. Ése fue el pliego de condiciones que le valió a Hugo Moyano la merecida patada que le encajó la presidenta CFK en el traste durante la previa de la campaña 2011.

Descontento, Moyano mutó a opositor. Bravuconeó, hizo paros y movilizaciones, recordó de repente que los salarios obreros pagan impuesto a las ganancias.

Mintió, para disimular lo evidente, que el gobierno nacional era quien había cambiado respecto del programa de reivindicaciones del segmento obrero que representa. Se le olvidó explicar a cambió de qué resignó el proyecto de ley de reparto de renta empresaria entre los trabajadores durante las exequias de Néstor Kirchner.

Anunció, luego, que lo suyo, en adelante, sería apostar a por un salto hacia la política, y que entonces los trabajadores “repensarían su voto”. Dicho con sencillez: se plantó en la carrera electoral para este año mucho antes que la mayoría. En el lapso que va desde el quiebre hasta hoy, en cada nueva amenaza quedó claro que su capacidad de convocatoria descendía a rango de testimonialidad raquítica, sobre todo durante el acto al que convocó en memoria del crack de 2001 el último 20 de diciembre, en un intento patético por homologar aquella situación con la actual.

Finalmente, irá a 2013 de la mano de Francisco De Narváez. Poco interesa, a esta hora, señalar las contradicciones que ello supone, por el pasado y el presente de cada uno de los contratantes; lo importante es el rol que le cabe a Moyano en esa alianza: aportar a la fiscalización de las urnas el día de la votación. Hasta esa insignificancia se derrumbó luego de aventurarse la réplica argentina del ex presidente de Brasil, Lula Da Silva, dirigente sindical de nacimiento. No en vano alguna vez dijimos que su nueva apuesta conducía a los trabajadores sindicalizados a quedarse sin política; y ahí está: ahora vigilarán mesas electorales. 

Es notorio que Moyano se sobreestimó a sí mismo en exceso. Y que Cristina Fernández no estaba tan equivocada cuando lo apartó de las decisiones por poco dúctil fuera del territorio gremial. Una pena, más que nada por gente valiosa que aún hay a su lado, y que se pierde en el laberinto de la conducción errática del ex secretario general de la CGT.

El buen diagnóstico, en definitiva, es un insumo esencial a la hora de la práctica política.

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