lunes, 24 de junio de 2013

De 2013 a 2015

Finalmente, se cerraron las listas; y entre confirmaciones y sorpresas, bien puede decirse que se ha constatado, a nuestro entender, el diagnóstico que arriesgábamos en nuestro último post acerca de las implicancias de este capítulo de la historia política nacional como predecesor del que ha de escribirse en 2015. Que en esos términos se computa el juego entre nosotros.

La deficiente lectura que respecto de los resultados de 2009 hicieron las distintas oposiciones ofreció una colaboración inestimable para que el kirchnerismo pudiese elaborar el 54% de 2011. Ninguna de las referencias antikirchneristas quiso advertir que las últimas legislativas de medio término habían tenido lugar en medio de un clima absolutamente extraordinario, por lo negativo del cuadro de situación: a la salida del conflicto entre oficialismo y patronales agrarias, y con el impacto de la crisis económica global pegando de lleno: con 1% de destrucción de empleo y caída de 3% de PBI.

En ese contexto, sólo restaba colocarle el nombre propio a un resultado determinado por fuera y previamente a la dinámica de la competencia entre los contendientes: De Narváez contó con billetera para comprar ese boleto, y santas pascuas.

De cara al agosto/octubre venidero, las cosas, parece, serán diferentes: habrá un clima económico entre bastante mejor que el de la derrota kirchnerista de 2009 y peor que el de la reelección de la presidenta CFK en 2011, graficado en la preocupación de Clarín y Ernesto Sanz por el retorno de rendimientos chinos en el ritmo de crecimiento; con la Asignación Universal por Hijo, que se reveló determinante en los resultados electorales hace dos años, funcionando a valores máximos desde su creación; y el plan PROCREAR, que debería irle en zaga, pero como toda una incógnita aún.

Y todo eso en medio de la emergencia del fenómeno de amplísimas franjas de ciudadanos disconformes con el rumbo del país que salieron a escena a tomar por sí mismos el toro por las astas en 2012 como único dato social novedoso, que sin embargo ha merecido escasísima receptividad entre los futuros participantes electorales.

Este marco novedoso impone prudencia a la hora de los pronósticos, sobre todo cuando apenas se rompe el cascaron con la presentación de las candidaturas. Las renovaciones parciales de mitad de mandato siempre arrojan guarismos menores a los de las elecciones generales, y el oficialismo nacional deberá computar ese detalle en la coctelera para no entrar en reyertas inconducentes en medio de la desgastante guerra de guerrillas que le es propuesta desde la prensa comercial dominante como expresión del establishment en pugna con el programa del gobierno de CFK.

Salvo que la definición de las candidaturas nacionales ha elaborado el aparente fin de las carreras presidenciales de Maurizio Macrì, Francisco De Narváez y Daniel Scioli, aunque tampoco nadie muere en las vísperas --véase que Lilita Carrió parece renacer a la lucha después de haber hecho en 2011 la peor elección de su vida, bien que apenas como diputada nacional--, sobre el resto, todo, es demasiado poco lo que existe como herramienta ya no con miras al futuro, siquiera para efectuar análisis sobre el presente.

Sergio Massa es seguramente el elemento más destacado del asunto, pero identificar sus significados para el escenario político nacional requiere que su rodaje como candidato sea puesto a prueba en medio de las discusiones grandes que hasta hoy ha sabido eludir, comportamiento que --por lo visto de sus primeras manifestaciones post confirmación de su lanzamiento-- intentará sostener. Con lo que por el momento puede presumirse que querrá equilibrar lo que, se dice, es el plexo de su voto: oscila entre oficialistas y opositores, con predominancia al interior de quienes no tienen pertenencia ninguna.

De todos modos, el peso de tipos como el intendente kirchnerista de Almirante Brown Darío Giustozzi en su armado, la presencia de Felipe Solá y declaraciones como algunas que hizo el intendente de Olavarría José Eseverri hacen presumir que el massismo no se propone dar vuelta por completo la página kirchnerista si le tocara una sucesión, más bien a buscar el sostenimiento de los acápites sociales de la trama desandando un poco la lógica de conflicto. A propósito de ello, ya nosotros nos preguntamos acerca de la posibilidad de que éso sea un programa posible practicable.

Al mismo tiempo, el establishment mediático parece advertir que Massa no es tropa propia y ha iniciado intentos vergonzosos de operación y condicionamiento sobre la participación del intendente de Tigre, que llegaron al descaro de una columna que firmó Alfredo Leuco sugiriendo que la prenda de acuerdo que sustentaría una hipotética paz entre Cristina Fernández y su ex jefe de gabinete es la promesa de impunidad judicial que el último habría asegurado a su antigua jefa para después del recambio presidencial de 2015, al mejor estilo Elisa Carrió. Por supuesto, sin prueba alguna.

Son las primeras balas que pican cerca del campamento del Frente Renovador Peronista, que ponen en cuestión su programa de prescindencia respecto de la dicotomía que organiza la lógica política argentina de la hora.

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De todas maneras, una evidencia recorre la geografía nacional con dramatismo: el propio Massa no supera todavía las fronteras de la provincia de Buenos Aires, los dispositivos de la UCR/FAP/PSur que en unos lados son alianza en otro son disputa, los espacios de centroizquierda se han fragmentado aún más de lo que lo estaban, el PJ no kirchnerista es una federación de cacicazgos provinciales sin referencia aglutinante que organice, articule y mande con reconocimiento de sus pares. Y en éso andan todos. 

Así las cosas, la pregunta que debiera vertebrar el futuro de la disputa política surge evidente a partir de la verificación de que el gobierno que asuma en 2015, por lo que hasta ahora tenemos entre manos, será uno institucionalmente más débil. Aún que el del período kirchnerista 2009/2011, el del lapso posterior a su peor derrota histórica. Y en ese entendimiento, las dudas se trasladan hacia la salud de que gozarán, a posteriori de la renovación del Poder Ejecutivo, las operaciones de poder sobre la escena del statu quo real.

Con CFK, único ejemplar del sistema político doméstico con capacidad y voluntad de sostener el curso de acción sobre la necesidad de modificar --siquiera tantito-- las relaciones sociales de poder, inhabilitada de continuar una vez concluido su mandato actual, y su colectivo como único de carácter nacional pero incapaz hasta ahora de trascender a la suerte de su conductora en las urnas, el vacío se hace más pronunciado.

Ese silencio es el interrogante que más fuerte retumba luego del anuncio de la oferta electoral venidera. Y reclama ser respondido. 

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