jueves, 30 de mayo de 2013

Las repercusiones de un festejo en Plaza de Mayo

Independientemente de la cantidad exacta de personas que hayan asistido, la convocatoria del kirchnerismo en Plaza de Mayo provocó movimientos en la tensa calma que suponía estar atravesando el arco opositor casi desde iniciado 2012.

Ya desde la mismísima mañana siguiente el Partido Clarín acusó el golpe e intentó operar sobre el hecho político a través de la tapa del diario al que alimenta con el papel de una empresa mal habida. “Cristina propuso otra década de kirchnerismo”, mintieron, además de esconder las fotos que habrían evidenciado la masividad del acto. El comportamiento dista del que adoptaron en otras manifestaciones mucho menores, como las que sucesivamente lideró durante el año pasado Hugo Moyano, que fueron en declive hasta acabar en la testimonialidad raquítica del 20 de diciembre último en que media Plaza de Mayo le quedó enorme al ex secretario general de la CGT.

Lejos del encabezado clarinista, la presidenta CFK dijo, textualmente, no ser eterna ni querer serlo, lo que resulta de una obviedad tal que la aclaración estaría de más de no ser porque el teatro soporífero que monta a diario el sector del duopolio informativo que conduce el contador Héctor Magnetto logra enrarecer la marcha del debate público, por cierto que ayudado de declaraciones imprudentes surgidas de las bocazas de algunos de los exponentes de menor densidad del oficialismo, que procesadas por el tamiz de la mala intención de quienes las difunden masticadas terminan por hacer no otra cosa que dar pasto a las fieras, que lo necesitan, habida cuenta de la esterilidad de quienes los expresan institucionalmente.

La primera mandataria, muy por el contrario, ofreció demasiadas señales durante su discurso en sentido diametralmente opuesto al de su propia continuidad en la jefatura del Estado nacional más allá del 10 de diciembre de 2015, que sólo a partir de la deliberada intención de intervenir políticamente a través del periodismo pueden leerse de otro modo. A la desautorización expresa del lema de la eternidad agregó el llamado a su militancia a organizarse en función de defender ninguna otra cosa que lo que el partido de gobierno entiende que han sido las mejores producciones de su programa en diez años de mandato.

Cambio de gobierno no necesariamente debería equivaler a fin de ciclo histórico, expresó Cristina Fernández, y con ello pateó inteligentemente el balón hacia campo contrario: si la cosa discurriera con un nivel de honestidad intelectual distinto al actual, la discusión política exigiría, por parte de quienes pretenden demostrar independencia de acción respecto de la línea política de los exponentes del poder real, definiciones concretas acerca de cuestiones básicas del proceso inaugurado hace una década.

Asignación Universal por Hijo, nacionalización de la administración del sistema previsional, juicios por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, desendeudamiento, por sólo referir algunas. Ninguna de ellas, por mucho que se quiera insistir en lo contrario, ha recogido unanimidad al interior del arco dirigencial; y todas involucran intereses concretos de vastos sectores sociales que merecerían otro tipo de certezas de quienes se quieren sus futuros representantes. Por fuera de expresiones minoritarias, y que además no han superado el rango de la generalidad, los términos de la casi totalidad de esos expedientes ingresan a zona de nebulosa por fuera de la propuesta del Frente para la Victoria.

El diario La Nación, que cada tanto parece ofrecer reflejos de sana práctica periodística, reaccionó de modo distinto el domingo 26.

Más allá de ser ése el día en que se publican las columnas de delirantes escleróticos como Joaquín Morales Solá y Mariano Grondona, quienes militan la burla que Lula Da Silva dedicó a la prensa durante su última visita a nuestro país --cuando irónicamente se mostró extrañado de personajes que parecen escribir desde un inverosímil exilio interno--, en principio, no escondieron el éxito de la concentración, a lo que se sumó un reconocimiento a que el clientelismo es una variable muy secundaria cuando de movilizaciones a favor de CFK se trata (“Una fiesta que incluyó a los no partidarios. Muchos manifestantes sin banderas ni pecheras se acercaron al acto; varios eran familias y jóvenes que tienen afinidad con el Gobierno y deseaban manifestar su apoyo a Cristina Kirchner”, escribieron).

La intención, de todos modos, es clara: bajarles el precio a los elementos más dinámicos de la coalición oficialista, depositarios de la tarea de trascender a la conducción.

Ello no obstante, no dejaba de ser un ejercicio de rigurosidad celebrable, que, sin embargo, duró lo que un suspiro: con el correr de la semana siguiente a la concentración oficialista recobraron su habitual nivel de desvarío, y por medio de sus tradicionales editoriales sin firma acusaron al kirchnerismo de estar emulando el proceso que a partir de 1933 en Alemania derivó en el nazismo, lo que se viene a sumar a otras recurrentes e igual de desorientadas comparaciones que a propósito sufre La Cámpora, en las últimas semanas en razón de las iniciativas para llevar a cabo el control de los precios acordados. (Lo que no deja de sorprender en los socios del matutino fundado por un confeso fascista como fue Roberto Noble.)

La magnitud de los disparates, que suceden a maniobras previas de desestabilización desinfladas en torno del dólar ilegal o el supuesto proyecto de intervención del Grupo Clarín --"por ahora suspendido", dicen--, permite elaborar dos conclusiones: ante todo, que la situación política del oficialismo, por fuera de lo que engaña de tanto en tanto la humareda cacerolera, es sólida.

De cara a una elección en la que no juega demasiado, porque tanto la posibilidad de conseguir el marco necesario que pudiera habilitar la segunda reelección de CFK como la pérdida total del control del Congreso dependen de resultados de proporciones atípicas para elecciones legislativas; y frente a un escenario por lejos superador del de su única derrota (2009, cuando llegó al cabo de una destrucción de un punto de empleo y una caída del PBI de 3% que hoy no se verifican), las construcciones opositoras, con toda lógica, demoran en definirse frente a lo poco edificante que resulta enfrentar en ese contexto a una formación consolidada como es el FpV.

Pero, sobre todo, conviene entender que, a caballo de distraer con ese tipo de ridiculeces, nadie recoge el guante del desafío que sobre definiciones programáticas planteó Cristina Fernández el 25 de mayo cuando interrogó a qué referiría la finalización del kirchnerismo, más allá del mero recambio en el Poder Ejecutivo estipulado constitucionalmente. Indagar a qué se debe tal elusión, qué trazo proyectivo subyace tras ese silencio. 

Para el oficialismo, así las cosas, se trata de no más que evitar sumar demasiadas abolladuras a la calesita, para lo que es mandado a hacer cuando no se ve amenazado con fuerza.

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