sábado, 25 de mayo de 2013

Argentina ha resuelto darse gobierno por diez años


Néstor Kirchner asumía como presidente de la Nación hace diez años bajo amenaza de durar apenas 365 días en el poder. Diez días antes del traspaso de mando el doctor Carlos Menem renunció al balotaje que debería haberlo enfrentado con el entonces gobernador santacruceño el día 18 de mayo de 2003, consagrando así a su oponente. Los integrantes del bloque de clases dominantes, el poder extra institucional, respondieron al día siguiente en tapa del diario La Nación a través de una editorial firmada --y sólo eso-- por el vicedirector del diario, el doctor José Claudio Escribano, como quien dice, un gorila de pelo en pecho.

“Argentina ha resuelto darse gobierno por un año. (…) el problema de la gobernabilidad argentina es anterior al espectáculo ofrecido por el doctor Menem (…)”, anotaba Escribano.

Algunos días antes de conocerse, y a sabiendas de que Kirchner triunfaría en la segunda vuelta con holgura, Escribano lo visitó con la pretensión de imponerle un pliego de condiciones, en cuya defensa, agregó, “seremos inflexibles”. Se recuerda: subordinación respecto de EEUU en materia de política exterior, finalización de los procesos judiciales por delitos de lesa humanidad que se habían reavivado desde la confesión de culpas de Adolfo Scilingo en 1994 y reivindicación de aquella actuación de las FFAA, privilegio para el empresariado en cuanto a contactos directos con el futuro presidente, repudiar a Cuba y dar rienda suelta a las fuerzas de seguridad en cuanto a la lucha contra el delito.

Kirchner desechó en su totalidad el planteo demencial de Escribano. Que lo era no sólo por su contenido: hoy día parece inverosímil que un presidente debiera aceptar semejantes pretensiones verbalizadas por un periodista, hasta entonces era moneda corriente. Sólo se gobernaba, desde recuperada la democracia formal a la salida del Proceso, si era en acuerdo con determinados elementos del establishment. Ése es ya de entrada un mérito que corresponde anotar en el haber del kirchnerismo: recuperar el poder de fijar la agenda pública, tarea que pareciera nunca acabar.

La jugada era clara: la renuncia de Menem, que había formado parte del pacto de gobernabilidad de dos décadas de duración, intentó amputar a Kirchner el respaldo masivo que le darían las urnas según era unánimemente reconocido, a fin de sostener el esquema de la democracia de la derrota, ciclo durante el cual se elegían administraciones pero no programa. Frente a un candidato cuyos gestos de campaña generaban dudas, asomaba una disputa de poder.

“No puede ser que no haya recibido a los empresarios”, le reprochó Escribano en el encuentro; además de las referencias a Kirchner respecto de su rechazo a que la economía la manejasen economistas, invariablemente representantes del llamado poder económico con escasa o nula pertenencia partidaria desde 1983. Diez años después cosas de todos los días, entonces implicaban frases altamente disruptivas para lo que se consideraba debían ser las relaciones entre las instituciones y los elementos del capital.

Por otro lado, la escena argentina de 2001/2003 era idéntica a la que había experimentado Venezuela alrededor de diez años antes con el Caracazo y posterior ascenso del comandante Hugo Chávez al poder por las urnas --y que por entonces también eran el paisaje ecuatoriano, que se prolongarían durante un par de años más aún, hasta la llegada de Rafael Correa a la presidencia--. El pliego era, pues, curarse en salud, ante la posibilidad de que alguien intentara capitalizar el margen para un quiebre sistémico. Al menos en lo que hizo a pronóstico no se equivocaron.

Kirchner no se limitó a la respuesta en privado del desayuno con el periodista operador. Durante su discurso inaugural llamó nada menos que a reconfigurar los paradigmas desde lo que se mide el éxito o el fracaso de un gobierno.

Con ello ofrecía pruebas de haber comprendido el agotamiento del ciclo durante el cual parecía que bastaba con que los gobiernos durasen mientras se sostenían los pilares básicos del proceso de acumulación de capital elaborado desde la última dictadura, intocado por veinte años y que le significó al país estallar por los aires el 19 y 20 de diciembre de 2001 con los peores indicadores sociales de su historia, al cabo de una recesión que destruyó un cuarto de la economía y la totalidad del tejido social que durante el primer peronismo lo había hecho ejemplo regional.   

En el discurso embistió directamente, además, contra la epistemología de gobierno hegemónica hasta su asunción, que no iba más allá de “la mera administración de las decisiones de los núcleos de poder económico con amplio eco mediático”. El drama argentino hasta 2003 se fundaba en la dualidad que implicaba que el poder efectivo no radicase en las instituciones de la república, según la acertada definición de Lucas Carrasco. Néstor Kirchner construyó poder, así las cosas, a partir de la novedad --hace diez años lo fue-- de que la reconfiguración de paradigmas citada implicó la consagración de las personas como variable central de las decisiones de gobierno.

El bloque social que intenta ser la refutación histórica del kirchnerismo tiene poco que ver con lo que se conoce, con una expresión que nos desagrada pero a la que se debe apelar para que se nos comprenda, gente de a pie. Al estar el Estado, hasta Kirchner, dedicado al gerenciamiento de las necesidades del bloque de clases dominantes y no de la ciudadanía, la política había caído en el descrédito, merecidamente. Fue la resultante del programa enunciado por José Alfredo Martínez de Hoz el 2 de abril de 1976, previstas con brillantez por la carta abierta de Rodolfo Walsh.

Néstor Kircher puso en crisis aquella historia que parecía interminable. No era retórica ni épica la convocatoria a un sueño que formuló hace ya una década. Tenía la dimensión de la tarea a encarar. Tan inmensa que no ha terminado, y de ahí que siempre parezca que se está inaugurando el asunto. No es menor la tarea, habida cuenta de que se trata de ir contra una matriz que anduvo intacta durante más de un cuarto de siglo. Insistimos en lo dicho en el último post, más que de las conquistas, ya sobradamente enunciadas, se trata de entender a partir de qué fue posible sustentar unas decisiones en vez de otras. Y sortear las amenazas con que amaneció este nuevo tiempo.
 
Es en la capacidad de expresar demandas populares lo que permite eludir las embestidas de lo viejo que se resiste a morir. Y en la voluntad de sostener esa tensión que se encontrará el mejor combustible para reinventarse como articulador de lo nuevo que quiere consolidarse.
 




Por mandato popular, por comprensión histórica y por decisión política, como quien dijera. 








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