martes, 5 de marzo de 2013

¿Será justicia?


La crítica a los integrantes del Poder Judicial, y al sistema todo que encabeza, es un berretín que ha recorrido con asiduidad lo que se conoce como gente de a pie. Ello no obstante, las correntadas que han ingresado por la puerta que acaba de abrirse en derredor de la denominada democratización de la Justicia sirven para poner en crisis aquello de que es el kirchnerismo quien discute meros chiquitaje de coyuntura y pasado, con desprecio por el porvenir.

Sea cual fuere la letra chica de cada una de las iniciativas arriesgadas por la presidenta CFK sobre este asunto durante su discurso de apertura de las sesiones legislativas ordinarias 2013, no hay modo material de acabar con ello para antes de 2015, ni cerca. Así y todo, y cuando aún se desconocen los hipotéticos proyectos en detalle, ya se han podido leer toneladas de notas editoriales en rechazo de lo que a esta hora no son más que anuncios generales, con lo que se comprueba una vez más que la medida de todo análisis opositor respecto de cualquier asunto de la agenda pública que sea pasa por la adhesión, o no, del gobierno nacional a ella.

Podría decirse, la habitual e hipócritamente denostada politización de los asuntos de Estado.

Lo innegable es que las críticas oídas hasta acá adolecen de la desorientación rabiosa del que se sabe impotente, sin capacidad de argumentación para replicar, y en la única necesidad --y posibilidad, también-- de descalificar al que señala como su oponente, encima a propósito de intereses ajenos a los tópicos que se suceden continuamente en el escenario político.

Joaquín Morales Solá, por caso, dijo que por poner en discusión al Poder Judicial vamos a morir todos. Incluso los kirchneristas. Textual. Asombroso porque surge de la pluma de quien revista en formaciones que se la pasan actuando querer un descenso en los decibeles del juego político. Pero muy propio de quienes no tienen con el afuera mayor contacto que lo alto del balcón de un edificio de lujo; lo que no es exclusivo del citado operador, más vale.

En definitiva, de cualquier cosa puede hablarse menos maquinaciones repentinas, caprichosas y/o convenencieras de un liderazgo autócrata. Quien haya leído siquiera por arriba algo de Filosofía del Derecho mal podrá negar, como no sea a base de mala fe --que abunda, por cierto--, que las doctrinas mayoritarias en la materia siempre han explorado el dilema de la representatividad de la judicatura. Esto es, cómo involucrar a la soberanía popular en la consagración de funcionarios que deciden sobre los más variados aspectos de la vida ciudadana, lo que hace aceptable el contrato.

Nosotros nos hemos pronunciado de sobra en Segundas Lecturas contra el Consejo de la Magistratura: órgano nefasto por donde se lo mire, según nuestro criterio. Pero habida cuenta que la alternativa de una reforma constitucional que nos devuelva al anterior sistema de designación de magistrados --el que rige actualmente en EEUU, por ejemplo-- no está en el menú de opciones, la variante construida por Cristina luce como una sana a la vez que ingeniosa fórmula de conciliación entre objetivos y disponibilidades.

Del mismo modo, la mención de las ventajas que traería la suma de multidisciplinariedad al sistema implicaría un salto cualitativo gigantesco.

No casualmente ha participado de las jornadas de debate entre disidentes del establishment judicial la doctora Alicia Ruiz, bajo cuya tutela este comentarista ha cursado la asignatura Filosofía del Derecho en la UBA; y que, además de integrar el Tribunal Superior de Justicia porteño, milita en la escuela de las Teorías Críticas del Derecho (TCD), que se proponen como ruptura --en forma de especie de tercera vía-- del par binario iusnaturalismo/positivismo, y rastrean la racionalidad del Derecho a partir de su consideración, más allá de los elementos específicamente jurídicos que lo componen, articulada con otra cantidad de vectores con los que interactúa en tanto parte de la vida social.

No es un misterio para nadie: pretender que el Derecho se basta a sí mismo para regular la vida humana entera es ya a esta altura un disparate de dimensiones considerables.

En palabras del referente de las TCD, Carlos María Cárcova, esta nueva epistemología representa “un rechazo al reduccionismo y procuran una rearticulación entre el campo de la facticidad y el campo de la validez que durante muchas décadas se entendieron como inconmensurables, a partir de la férrea distinción establecida, fundamentalmente, en la obra de Hans Kelsen, entre el mundo del ser y el mundo del deber ser”.

Y agrega: “(…) resulta imposible entender el papel y las funciones del Derecho en la sociedad compleja del siglo XXI sin entender correlativamente el movimiento general de la sociedad que ese derecho rige y al mismo tiempo expresa (…) rompiendo con la tradición epistemológica que homologa las ciencias naturales con las ciencias sociales, procura relevar las dimensiones generalmente ocultadas del derecho en su intercepción con otras dimensiones de la socialidad: la economía, la política, la ideología, el poder; capaz de dar cuenta del fenómeno jurídico en su especificidad y en sus múltiples enlaces con otros discursos sociales y con otros saberes”.

Pavada de bagaje para el cascarón que comienza a resquebrajarse.

La descalificación del colectivo que debatió en la Biblioteca Nacional, referido como racimo de mercenarios, o --en el caso de los insultadores más hábiles-- idiotas útiles, incapaces en su imbecilidad de advertir que se aprovechan de sus noblezas, opera en lógica similar a la antes desplegada contra las agrupaciones que promovieron la nueva ley de medios y/o los organismos de DDHH. En todos los casos, ejemplares que anteceden y exceden al kirchnerismo, que sólo se nutre de sus iniciativas para la acción política, sencillamente porque ése, y ningún otro, es el ABC de la representación institucional. Y sobre esto último no queremos insistir.

Ante todo, se tratará de que cada uno decida si acepta el desafío de poner en cuestión lo conocido, o no. Lo que dará cuenta de una actitud, no ante el Derecho, la Justicia, ni la política; más bien, ante la vida, la ciudadana sobre todo, en sí misma. 

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