miércoles, 20 de marzo de 2013

Pensar distinto


De repente, entre la innumerable cantidad de expedientes que echó a rodar la designación de Jorge Bergoglio como nuevo obispo de Roma, ingresó en zona de crisis el relato que describe al kirchnerismo como una especie de secta homogénea y lineal al interior de la cual nadie está autorizado a contradecir el dictat del liderazgo personalista, que en este caso vendrían a ser lo que llaman los caprichos de la presidenta CFK. Y sin embargo, se han encontrado con que 'el' oficialismo, así considerado, no reaccionó de 'una' forma.

Amplísimo en sus dimensiones como es, por definición también implica un fenómeno complejo que contiene diagonales y contradicciones; sintetizadas, sí, por el liderazgo de Cristina Fernández, pero no a propósito de todo asunto de la agenda pública. Desde la Presidenta hasta Horacio Verbitsky, pasando por Gabriel Mariotto, Daniel Scioli, Guillermo Moreno, Estela de Carlotto --esta vez mucho más dura que Hebe de Bonafini-- y Carta Abierta, resulta imposible condensar en una fórmula única la línea política del oficialismo a este respecto.

No fue posible conciliar una misma posición frente a la designación de Francisco ni al interior de La Cámpora tan siquiera, incluso dentro de la conducción nacional colegiada que la guía.   

Por fuera, claro está, en razón de las obligaciones que le incumben como jefa del Estado argentino, a Cristina le resultó bastante simple saltar por encima de las divergencias que naturalmente se desarrollan puertas adentro de la fuerza que conduce y construir una posición de poder. A la oposición partidaria, entretanto, se le escurrió otro Mesías como agua entre los dedos a partir de su enésima siesta --que le llaman otorgar reportajes a la prensa, en lo único que les va la vida mientras CFK no frena su ritmo, capitalizando también esto--.

La política es, si se quiere tener capacidad real de intervención a partir de ella, así, y va de suyo que nadie está obligado a admitir las lógicas en que dicha práctica se sostiene. La ideología es parte de esto, quizá la fundamental, pero no la exclusiva. Supone topes que la mayoría de las veces es necesario matizar, sobre todo cuando a una situación determinada la interpelan responsabilidades institucionales, como es el caso.   

Enhorabuena, entonces, que el kirchnerismo alimente con discusión interna su vitalidad. Ese clima revulsivo es el combustible que requieren los censores de la producción de novedades.

Por fuera de las lunáticas aspiraciones de Joaquín Morales Solá, quien en una columna de quince párrafos que La Nación publicó el último martes bajo su firma solicitó dos veces a la Presidenta que ejerciera la censura sobre quienes repudiaron a la figura de Jorge Bergoglio, la primera que no ha entendido como nocivo el litigio abierto dentro del FpV a propósito del nuevo papa es la propia Cristina Fernández. Lo contrario hablaría muy mal de ella: acerca de sus calidades republicanas tanto como de sus habilidades como conductora política. Y pone en claro dónde es que en verdad se alojan las pulsiones autoritarias y restrictivas del la libertad de pensamiento, lejos de las ficciones del Partido Clarín.

Por supuesto, las miras estuvieron apuntadas sobre todo contra Horacio Verbitsky, lo que no debería sorprender, no sólo desde que se conoce que ése es el destino que espera a cualquiera que funcione a contramano del discurso hegemónico del Partido Clarín y asociados. Cuando se cabalga sobre premisas falsas, no sólo los razonamientos resultarán equivocados: también provocarán sorpresa o estupor cuestiones que deberían resultar absolutamente normales.

Si Cristina, pues, actúa distinto de Verbitsky, ello no se debe más que a que se trata de dos personas distintas: no sólo una católica practicante pero que respeta y quiere hacer respetar el laicismo estatal y un judío no sólo laico, sino que probablemente también ateo, que es lo menos rico, en este caso. Sobre todo, ocurre que una es funcionaria de gobierno, presidenta de la Nación para más, y el otro un periodista. Alguien que haya comprado el cuento del ministro sin cartera dibujado por imbéciles a los que últimamente les da por posar en producciones fotográficas pretendiendo impostar rostro sexy, fácil es advertirlo, estará desorientado por estas horas.

Quien, en cambio, haya prestado atención al recorrido de la tensión entre política y medios durante los últimos años en que ésta se profundizó, lo toma como algo más: Verbitsky ha lanzado invectivas contra los gobernadores Carlos Soria, José Manuel De La Sota y Daniel Scioli, con la totalidad de los cuales CFK ha tenido o aún tiene acuerdos electorales; también denunció a funcionarios nacionales en torno a asuntos como el manejo de la limpieza del Riachuelo, el dictado de cursos de capacitación en el Ministerio de Defensa por parte de expertos en seguridad interior enviados desde EEUU y el episodio de la Fragata Libertad.

Sin que nada de ello tenga por qué impedir que declare y sostenga su apoyo al actual partido de gobierno.

Pero, fundamentalmente, interesa a propósito del presente hacer hincapié en cuanto hace a la postura asumida por Perro en relación a decisiones tácticas de la conducción del FpV frente a instancias electorales. En su caso en específico, así como ejemplo de administración del resto de las disidencias que se registraron entre distintos integrantes del oficialismo en diferentes oportunidades.

En estos negocios se impone la necesidad de atender, ante todo, al marco general de relación de fuerzas. Lo cual impone pliegues sinuosos. La capacidad para sostenerse en rumbo a través de ellos, de operar la realidad en función del fortalecimiento de las posibilidades propias de definir un escenario determinado, diferencia a un dirigente, que debe lidiar en medio de tales complicaciones por fuera de sus meros deseos, de quien apenas tiene la obligación de informar o el berretín de opinar, sin las urgencias que supone la toma de decisiones de Estado.

En las medidas del escritorio que se ocupa se puede encontrar también la respuesta sobre la libertad de movimiento con que se cuenta para operar.

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