sábado, 2 de marzo de 2013

Lo que está en juego en una fractura social IV, cruzando el charco


Durante enero publicamos en Segundas Lecturas una serie de posts --cuyos links abajo ofrecemos-- en los que decíamos que la cuestión de la famosa "crispación", "el dilema de la Argentina dividida", respondía centralmente a la contradicción que el kirchnerismo planteó a partir de la política de DDHH: desde la faz meramente judicial de la cosa, y más allá también --como contrapunto del programa Martínez de Hoz, que se extendió inalterado hasta el 20 de diciembre 2001, cuando voló por los aires--. Nos dijeron que delirábamos.

Ahora que en Uruguay el gobernante Frente Amplio ha protestado --y eso que lo hizo con una tibieza insoportable-- contra la Suprema Corte de Justicia charrúa porque aquella ha dispuesto la impunidad respecto de los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura que gobernó la ex Banda Oriental entre 1973 y 1985, la oposición albirroja al FA ha respondido denunciando el “retorno de actitudes antidemocráticas” capaces de “arrastrar a tiempos de confrontación que no deben repetirse".

Cualquier similitud con las discusiones a que asistimos desde hace casi una década en nuestro país no es mera coincidencia. Es el dilema de las democracias condicionadas: aquellas cuya dinámica se despliega al interior de reglas de juego pautadas por el poder real que hace, e hizo, bailar a su ritmo a la institucionalidad formal detrás del telón de la letra de la ley.

Ya sea en un caso como el de Chile, donde el pinochetismo se dejó nada menos que una Constitución de herencia; o bien ejemplos como el argentino, donde entre 1983 y 2001 fue vaciado de capacidades el poder del Estado, de modo tal que, aunque cambiaban, en dicho lapso, los inquilinos funcionariales a través de las urnas, el programa de gobierno entre Martínez de Hoz y la salida de De La Rúa no varió un ápice. 

En ese orden de ideas, las democracias que sucedieron el orden militar en perfecta paz con la legalidad, pero que estaban impedidas de decidir nada de fondo, parieron sistemas políticos al interior de los cuales cambiar de gobierno no significa cambiar de política. En ese punto exacto es cuando un país está perdido sin remedio. Sólo es sana una democracia cuando cambiar de partido oficial implica la diferencia que hay entre el día y la noche. Cuando no se advierten diferencias programáticas entre los distintos programas de gobierno que compiten en el escenario electoral, hay que temer.

Acá pasó: se votara lo que se votara, daba igual; la política de Menem fue la misma que había sido la de Alfonsín y que sería la de De La Rúa. No por nada incluso llegaron a compartir ministros (Cavallo, Jaunarena, Vanossi y siguen las firmas). Resultado: estalló todo por los aires en mil pedazos; igual que, por caso, ocurre hoy en Europa. En Chile pasa. En Uruguay así era hasta la llegada del FA --aunque ha variado sólo tenuemente luego de ello--: blancos, colorados, tanto da.

Hoy, por suerte, en Argentina kirchnerismo o cualquier otra cosa es tanto como agua y aceite. Finalmente, se puede decir que tenemos una democracia medianamente normal. Hay que celebrar, al menos a esos respectos; aunque falte, y falta, mucho.

La sola lectura del comunicado de la oposición uruguaya alarma por la familiaridad que sus términos genera en quienes recorremos aquí estas cuestiones hace un buen rato ya.

Atender a la coyuntura regional enseña bastante, por cierto, acerca de las dificultades que conlleva la discusión del posneoliberalismo, que se replican con mayor asiduidad de lo que hasta el cansancio se intenta hacer creer en Argentina desde las plateas de doctrina opositora pretendidamente neutral. Y deja, además, en ridículo la divisoria que se ha pretendido establecer entre el supuesto eje bolivariano (Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela, dice), despótico/populista; y el racional, democrático/republicano (Brasil, Chile, Colombia, Uruguay, Paraguay --ahora--, Perú).

Afortunadamente, quedan tipos con honestidad intelectual, como Carlos Pagni, que en su columna del último lunes en La Nación atribuyó el acuerdo Argentina/Irán a hipotéticas pretensiones oficiales de subirse al furgón diplomático de… Brasil. No porque la afirmación encierre una completa verdad en sí misma, sino porque pone en claro qué intereses juega el gobierno del Partido de los Trabajadores en la geopolítica, ya sea mundial o regional.

El Frente Amplio va a recular, como hizo y hace siempre ante cualquier cuestión medianamente trascendental, cuando ella escala. Porque es más importante “una sociedad unida” que la condena a los criminales de lesa humanidad, según parece.

Pero la moraleja queda. Y enseña.

La de la pretensa unidad tallada sobre una alfombra bajo la cual se esconden los escombros de la mayor podredumbre humana imaginable. Todo sea porque las familias cenen en paz en navidad, el máximo horizonte aspiracional al que se pretende condenar a nuestras sociedades a partir de lo operado en ellas por las dictaduras genocidas y, quizá hasta peor aún, por las democracias de la derrota. Lo cual impide elaborar una salida sobre bases democráticas auténticas, sustentables, toda vez que no resuelven el default de impunidad desde el que nacen, y que las contamina irremediablemente, en tanto incompatibles con el Estado de Derecho, condición necesaria de cualquier orden pacífico.

Con las nefastas consecuencias que ello genera en todo orden para con la posibilidad de confección de un programa de gobierno del Estado que logre alterar los términos del statu quo legado por el neoliberalismo inaugurado por las dictaduras setentistas.

Nada más que decir a estos respectos, Su Señoría (aunque ahora esta última fórmula, en una nueva señal positiva de cambio de época, tampoco corre más).


1) http://segundaslecturas.blogspot.com.ar/2013/01/lo-que-esta-en-juego-en-una-fractura.html
2) http://segundaslecturas.blogspot.com.ar/2013/01/lo-que-esta-en-juego-en-una-fractura_20.html
3) http://segundaslecturas.blogspot.com.ar/2013/01/lo-que-esta-en-juego-en-una-fractura_28.html   

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