martes, 12 de marzo de 2013

La cuestión del liderazgo regional


Alfredo Leuco se preguntó, en una columna que le encargaron esta semana para Radio Continental, si el lugar de líder político de la región sudamericana que, según mintió, ocupaba Chávez, pasaría, ahora que falleció el comandante de paracaidistas, a ocuparlo la presidenta argentina Cristina Fernández.

Semejante pavada sólo puede surgir de una pluma rentada que escribe a la carta sin razonar sino con el objetivo predefinido del daño. Así trabaja Leuco, y no sólo él; pero el suyo es el caso más paradigmático, diríase. (Fue capaz de decir, en 2011, que Ernesto Sanz era presidenciable, calculen ustedes: sólo que te paguen.)

Venezuela nunca condujo la región, más allá de la retórica de Chávez, ni podría hacerlo, habida cuenta de lo insuficiente de su peso económico y geoestratégico; y es, sí, Argentina --los que respetamos las instituciones en serio, Leuco, hablamos de países, no de personas-- quien ocupa ese sitio, pero no desde ahora, sino desde que en 2002/3, entre las llegadas al poder de Lula y Kirchner, se definió la aceleración del proceso de integración sudamericana.

No se trata de preferencias personales, que las hay por supuesto; es matemática pura y dura: la cabecera subcontinental debería corresponder a Brasil, por obvias razones: su PBI supera en 4 veces el argentino (segunda economía sudamericana), en 6 veces el venezolano (tercera) y en 80 veces el boliviano (última, el país más pobre de Unasur).

Pero Brasil, justamente debido a semejantes disparidades, nunca va a poder ejercer el rol que merece según los números, que menos que pocas veces definen la marcha de la política. La desconfianza de sus vecinos hacia un país de dimensiones imperiales, que tiene pasado de tal y al que cuya historia, caracteres e idiosincrasia lo separan del pasado común tan evidente que comparten las restantes nueve repúblicas sudamericanas, es bastante entendible.

Por otro lado, Brasil, entre las diez economías más grandes del mundo, siempre quiso jugar en otras ligas y desatendió por ello su propio espacio de pertenencia, entendiendo que está para dimensiones superiores --rigurosa realidad-- y que no tenía afinidades de ningún tipo allí. Cuando, a partir de Lula, comprendieron que no podrían proyectarse globalmente si antes no cooperaban en ordenar su propio espacio, la cuestión cambió de rango.

Los términos de esa ecuación definieron que Brasil impulsara a Argentina en su reemplazo como eje organizador subcontinental: sencillamente, porque es el punto medio, nuestra nación, entre Brasil y el resto de los vecinos: ostenta el grado superior de desarrollo de Sudamérica sin tener en cuenta al país gobernado actualmente por Dilma Rousseff, pero en una diferencia no desproporcionada ni generadora de asimetrías desequilibrantes.

No por nada el primer secretario general de Unasur fue, por impulso de Lula principalmente, Néstor Kirchner, y cualquier situación complicada --los varios golpes que se intentaron contra presidentes populistas sudamericanos durante la última década-- se tramita generalmente en sede argentina.

Es cuestión de analizar los datos con apenas algo de racionalidad, aún sin necesidad de caer en la pretensa --e inexistente e imposible—objetividad (o neutralidad o imparcialidad). Pero, claro, para Leuco y compañía, tanto como para quienes se forman con sus enseñanzas --mejor dicho: se deforman con ellas--, siempre será más fácil hablar de corrupción y autoritarismo. Es mucho menos trabajo para el cerebro.

Fíjense, si no: ¿cuántos renglones ocupa decir "son todos chorros" o "son una dictadura", cosas por el estilo; y cuántos, en el otro andarivel, todo este razonamiento?

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