martes, 19 de marzo de 2013

Habemus dilemma


Alejandro Horowicz sintetizó de forma bastante acabada, en Tiempo Argentino, el drama que sacude lo más profundo de las estructuras del catolicismo institucionalizado: la crisis socioeconómica y política de Europa circula por el mismo carril que la que corroe al Vaticano, los episodios de pedofilia que recorren el mundo en cantidades industriales corporativamente encubiertos, entre otros. Que el banco vaticano no supere los estándares internacionales normativos en materia de lavado de dinero habla por sí sólo.

Quien escribe conoce nada de política eclesiástica, apenas intenta razonar con algo de, por así decirlo, conocimiento de lo que es la lógica de una organización, cualquiera ella sea. Y hay un dato clave: la conformación de cardenales que lo ungió fue elaborada por Juan Pablo II y por Benedicto XVI.

Es decir, durante el proceso de corrupción que consta, no en las notas de Horacio Verbitsky en Página/12, sino en el informe que encargó el papa saliente a varios de sus subalternos.

Habida cuenta de lo hasta aquí expuesto, discutir el pasado de Bergoglio, tanto el elogioso como el condenatorio, aporta poco y nada, y más de lo segundo que de lo primero. Y es que aún teniendo por cierta su inocencia respecto de todo cuanto se lo acusa en referencia al período de gobierno del Proceso de Reorganización Nacional tanto como de su militancia pastoral, sobre la que han dado fe incluso referentes --y no menores, por cierto-- del oficialismo, suponer que sólo a caballo de su ética individual podrá interpelar una estructura que luce putrefacta por donde se la mire, es bastante ilusorio.

Si la banca vaticana está atravesada por una densidad de sombras como la que actualmente la tiene en jaque, no hace falta haberse atosigado de encíclicas para entender que la trama de limitantes que regirá el estatuto de posibilidades de Francisco lo excede en forma determinante como para soñar con que logre alterar un curso guiado por fuera de sus potestades decisorias.

Es muy legítimo, entonces --aunque remita a un imposible, como bien explicó Hernán Brienza en una columna muy sólida que firmó al día siguiente de la elección de Bergoglio--, reclamar que su lugar lo hubieran ocupado modernos émulos de Camilo Torres o Carlos Mugica. Pero en ese caso, no debe perderse de vista, estaríamos saltando fronteras afuera del campo de la política, olvidando matizar los topes que dibuja la ideología.

Y no se debe renunciar a la posibilidad de intervenir en los procesos históricos sino intentar recoger frutos de ellos en la medida de lo que ofrezca el menú de opciones de lo real, entendiendo por esto último que deben computarse en la coctelera aún los ingredientes ajenos a la voluntad y las preferencias personales, cuando la correlación de fuerzas así lo indica.

En última instancia, y aún aceptando que Bergoglio sea lo menos malo que podía emanar del cónclave, nada obliga a que uno participe de la institucionalidad cristiana. Más aún: no somos pocos los que deberíamos sentirnos expulsados de ella en nuestro país por el nuevo sumo pontífice, desde 2010, por habernos pronunciado a favor de la extensión del derecho al matrimonio para personas del mismo sexo, bajo el cargo de formar parte de una supuesta maquinación que opera en función de la destrucción del plan de Dios.

Así y todo, conviene no eludir que la Iglesia Católica, y en Argentina muy especialmente, es un factor de relevancia en el juego político. En criollo: habrá que buscarle la vuelta al nuevo escenario. Quedarse en el berrinche ya no aportará. Y en ese entendimiento, las primeras reacciones de la presidenta CFK son alentadoras, en tanto eligió no embestir de frente contra lo que en verdad no lo requiere, por el momento cuando menos. Lo que coincide al mismo tiempo con la importante dosis de legítima alegría ciudadana que se registró a partir del acontecimiento.

La pertenencia sistémica de Bergoglio, además, no hace falta rastrearla en los crímenes de la última dictadura militar: en junio del año 2010 fue la estrella principal de la presentación en sociedad de un bosquejo de programa de gobierno que aspiraba a pensar lo que entonces nadie dudaba que sería el poskirchnerismo --no había fallecido Néstor Kirchner todavía--, escrito por el reparto estable de la democracia de la derrota que recorrió de forma indistinta los elencos ministeriales de Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando De La Rúa y Eduardo Duhalde.

El documento era, aparte de la promoción de un retorno liso y llano a la melodía que sonara en nuestra patria sin solución de continuidad entre junio de 1975 y diciembre de 2001, un adefesio jurídico que se auto instituía de carácter supralegal, “sólo modificable o derogable al cabo de diez años”, generador de “derechos, deberes, obligaciones y responsabilidades de carácter absoluto, irretractable e irrenunciable”, sobre el que nadie excepto la Corte Suprema de Justicia podría intervenir, y “sólo en caso de ilegalidad absoluta y manifiesta, pero no por su oportunidad, mérito y conveniencia”.

En el blog de Gerardo Fernández se pudo leer que la elección de Bergoglio responde a la decisión de la Iglesia de intervenir en los recorridos de los gobiernos posneoliberales de la región sudamericana, muchos de ellos inscriptos en una fuerte práctica católica militante.

Quizás no sea tan absoluta la centralidad que otorgan a nuestra región, y haya que problematizar ese razonamiento: pero no sería sensato tampoco descartar de plano que la Iglesia va a intentar operar sobre procesos que no se resignan a que para la pobreza haya apenas la promesa de redención en la eterna posteridad celestial; es decir, funcionan con una lógica diametralmente opuesta a la epistemología histórica del catolicismo en la materia, con riesgos de disputarle adhesiones. Nadie que siga con un cachito de atención la cuestión podrá negar con honestidad el esmero que han dedicado al denuesto de figuras como la del comandante Hugo Chávez desde la vieja Europa.

Que se entienda: intentamos aventurar que la Iglesia pueda planificar una fuga hacia delante explorando nuevos andariveles de vinculación, no conspiraciones.

La imagen de Bergoglio, así las cosas, es la una renovación, de cara lavada, conocimiento del paño y muñeca para la rosca. Ofrece la distracción de la novedad que representa el primer papa no europeo, de gestos ciertamente novedosos para lo acostumbrado --aunque no resuelven lo básico del asunto-- y con renovada autoridad para interpelar a experiencias que le pegan en los tobillos a bases lógicas de sustentación conceptual católica de importancia crítica para la institución.

Es decir: el elemento de una novedad respecto de la cual se pueda hablar como tal mientras se elude indefinidamente el abordaje de lo esencial. Pero que abre, al mismo tiempo, un atajo posible para rearmar un diferendo programático.

Ahora bien, y a propósito de algunas cuestiones que se han podido oír y leer en las últimas horas por estas latitudes, el episodio no constituirá un punto de posible recomposición opositora si ésta no se decide a mover un dedo en orden a la capitalización del mismo en algún sentido; si insiste en eludir el rol que le compete en la película del devenir histórico y político nacional y continua a la espera, nunca mejor dicho, de un milagro que compense su irrelevancia e ineptitud.

De cualquier manera, la pregunta central principal por el litigio que implica el episodio para Argentina tiene su respuesta al alcance de la mano.

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