miércoles, 20 de febrero de 2013

Los 200 años de la batalla de Salta y el pensamiento político nacional

La batalla de Salta, de la que hoy se conmemoran 200 años, coronó la epopeya del éxodo jujeño, iniciada por el general Belgrano un par de meses antes --en agosto de 1812--, en lo que, en suma, significó un giro operativo extraordinario en relación a los ideales de mayo de 1810.

La revolución, recordemos, y contrariamente a lo que por años sostuvo la historia oficial, no era nacional; es decir, no se proponía separar a Argentina --que por otro lado era entonces un territorio más extenso que el actual, pues incluía a los actuales Paraguay, Uruguay, Bolivia y partes de Brasil, Chile y Perú-- de España, sino que fue un capítulo más, de tantos que hubo en los dominios geográficos de la corona ibérica, de la lucha interna entre liberales y absolutistas, que a su vez descendía de la fractura abierta por la Revolución Francesa en 1789.

En definitiva, se trataba del diferendo entre quienes sostenían la necesidad de un sistema político democrático y republicano, con más un esquema de igualdad de derechos ciudadanos, versus los que insistían en mantener la monarquía absoluta, sustentada en el origen divino del poder y la desigualdad social en amplio sentido.

Ese escenario se desarrollaba tanto en suelo español como americano --español de segunda clase--. 

La Revolución de Mayo, así las cosas, depositó el poder en la Primera Junta, de modo provisorio, y en nombre del rey Fernando VII, a quien se creía enrolado en los mismos ideales liberales que sostenían a los actores del 1810 porteño. Visto está, así las cosas, que no era la voluntad de separarse de España que los animaba, sino pertenecer a ella en pie de igualdad con las provincias peninsulares y con los ciudadanos allí residentes.

Regresado el monarca, que estaba prisionero de Napoleón, al trono, y notificados los americanos de que se habían equivocado respecto de sus aspiraciones (las de Fernando), que eran en realidad las de perpetuar el absolutismo, pasó a ser necesario, ya entonces sí, separarse de España; es decir, nacionalizar el proceso para sostener los ideales que en Europa comenzaban a ceder terreno.

A esto respondió la estrategia en el norte: en tanto mucho de la ciudadanía de Salta, Jujuy y demás, mayormente las clases acomodadas de dichas provincias, eran partidarios del recupero de estas tierras por parte de los ejércitos absolutistas, abriendo en consecuencia el paso a ellos desde el norte, urgía arrasar con ese espacio para que a los realistas se les dificultara la maniobra.

En suma, quebrar las consecuencias negativas de la transversalidad paradójica que implicaba la presencia, entremezclada, de, por un lado, americanos partidarios del absolutismo monárquico --los ya mencionados norteños argentinos, y también la mayoría del ejército derrotado por Belgrano en Salta: de hecho, quien lo comandaba, general Tristán, era altoperuano, y había sido compañero de estudios del prócer argentino--; y por el otro, españoles liberales --como varios de los que formaron en la Primera Junta--. 

De hecho, una vez cumplidos los objetivos militares, Belgrano trató de sumar a los nacionales militantes del bando enemigo a la causa independentista: por eso perdonó a los prisioneros españoles capturados luego de vencer en Salta, muy bien entrenados. Los hizo jurar que nunca volverían a tomar las armas contra América: creía en seducir de esa forma a los que entendía sus compatriotas, para que así decidieran ingresar en las filas revolucionarias.

Erró aquella vez el creador de la bandera: traicionaron, los godos, esa jura, y fueron claves en las derrotas patriotas en actual territorio boliviano. Contra esa hipótesis se había levantado el coronel Manuel Dorrego, segundo de Belgrano y convencido de la necesidad de fusilar a los detenidos. No confiaba en el juramento solicitado por su jefe, y tuvo razón. Por tal desacuerdo, Dorrego fue degradado por Belgrano, separado de la tropa, y su ausencia resultó decisiva en las derrotas posteriores, tanto como su presencia lo había sido para los triunfos de Tucumán y Salta.

Son, ésas, las diagonales atrapantes que traza la historia: Belgrano no perdonó de Dorrego el gesto de desobediencia que él mismo había tenido con Rivadavia --que le ordenaba no combatir en Tucumán, bajar a Córdoba y regalar el resto del terreno patrio--, y que había resultado la llave maestra de los éxitos por estos tiempos recordados.

Y son también las cuestiones inexplicables que el relato oficial mitrista construyó: Belgrano, siempre contado como hábil diplomático y flojo militar, en realidad había redondeado una estrategia de armas impecable --retrocediendo en su marcha para luego retomarla y expulsar para siempre a los monárquicos de aquí--, que luego echó a perder, en gran medida desde lo político, por su aceptación de una capitulación honrosa de Tristán con más las disculpas otorgadas por sus soldados.

Y decimos en parte porque lo militar influyó en Vilcapugio y Ayohuma, aunque ésas no eran cuentas que sea justo imputar a Belgrano en exclusiva: atacar el Alto Perú desde nuestro norte era en sí mismo casi imposible a partir de los recursos con que se contaba, por los costos que suponía en una geografía de clima y suelos muy hostiles. De eso se dio cuenta, luego de analizar varios fracasos más que el de su amigo “general improvisado” --que sólo fue el último de una larga serie: antes también había caído allí, por caso, Castelli--, tiempo más tarde, el general San Martín para elaborar el plan de liberación finalmente victorioso: el cruce de Los Andes.

Así y todo, descalificar a Belgrano como conducción de ejércitos, siendo que fue dueño de la definitiva victoria independentista obtenida en suelo argentino, es a todas luces excesivo. Tanto como encerrar a San Martín apenas en su faceta militar, a pesar de que conquistó Lima, tiempo después… sin percutir un sólo disparo. Ocurre que ése, el de las armas y nada más, era el San Martín que requería destacar la prosapia golpista que amenazaba ingresar a escena en la década de ’30.

Jauretche enseñó que un pensamiento político requiere de una clarificada línea histórica. De allí la necesidad vital de estar siempre machacando sobre estos asuntos: las utilizaciones a que siempre estuvieron sometidas lo imponen.

4 comentarios:

  1. El otro día vi la película sobre Belgrano, la de Campanela. Cuando se juntan Belgrano y San Martín, hablan sobre la liberación de prisioneros de Salta; Belgrano dice que lo van a juzgar por eso, y San Martín le pregunta cuántos prosioneros pueden haber vuelto a combatir, si 200, o 300, insignificantes al lado del impacto favorable que habría causado la liberación en el alto Perú. Sé que es sólo una película, pero hay fuentes más confiables como para saber realmente cuántos soldados liberados volvieron a pelear en los ejércitos realistas?

    Saludos

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    1. Según Alberto Lettieri, del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, fueron alrededor de 3000.

      ¿Quién sos? No pusiste nombre.

      Abrazo,

      Pablo.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Uh, 3000 serían casi todos los liberados. Por otro lado, la posibilidad de fusilar a 3000 personas me parece muy extremo, incluso en el contexto de la época. Se hicieron fusilamientos tan masivos en las guerras de independencia? La posibilidad de tomarlos prisionreos debía ser totalmente impracticable por cuestiones económicas y logísticas imagino.

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