martes, 26 de febrero de 2013

La necesidad de la movilización frente a la dinámica política actual


María Esperanza Casullo escribió, en Infobae, a propósito del triunfo de Rafael Correa en las presidenciales de Ecuador del pasado 17 de febrero, para establecer diferencias entre el gobierno de la Revolución Ciudadana y el que conducía Fernando Lugo en Paraguay, que una de las claves del sostenimiento de la gobernabilidad en los procesos que gobiernan Sudamérica en la actualidad y desde hace alrededor de una década, es “(…) la capacidad de movilizar a los seguidores en el espacio público frente a una amenaza resulta absolutamente clave (…)”.

Lucas Carrasco, por su parte, dijo en su blog, y en coincidencia con una nota de Alfredo Zaiat del último domingo en Página 12, comentando cuestiones que también hacen a la gobernabilidad, en este caso del kirchnerismo y a futuro, que “el lanzamiento del congelamiento de precios, no ha convocado a la militancia social y política”; así como tampoco para lo que refiere al desarrollo del plan de viviendas PRO.CRE.AR, lanzado a mediados de 2012.

Todo cuanto en los escritos citados se dice circula en derredor de cuestiones a que venimos haciendo referencia, también por la negativa, en los últimos posts (1 y 2). En especial cuando abordamos la problemática que implica el default de representatividad que se observa en el tablero político argentino a partir de la renuncia del arco partidario opositor a jugar su rol en tal sentido.

"’Sólo faltaría un líder que nos hable’, confesó ayer, al lado del Obelisco, una manifestante. Ésa es la paradoja. Si ese líder existiera, ella no habría tal vez estado allí”. Lo escribió Carlos Pagni en La Nación al día siguiente del 8N. El día anterior, también en La Nación, había dicho que los caceroleros “ocupan el espacio público como consecuencia de otro porcentaje: entre esa administración triunfante y quienes deberían limitarla se abre un vacío de 37 puntos”. Frente a esa realidad, la oposición ha respondido, invariablemente, con mayor autoexclusión.

El kirchnerismo, entonces, frente a los sobresaltos que genera la dinámica insana en que se despliega el juego político a partir de los datos acá recorridos, responde con llamativa despreocupación por el elemento de la convocatoria a favor de cuestiones sensibles para su continuidad como rumbo programático del país, aún a pesar del lema “unidos y organizados”. La consigna debe ser que el vacío político que se verifica en lo que tendría que ser la vereda de enfrente no lo llene una organización que ofrezca términos regresivos.

Así y todo, y por suerte, las organizaciones, que --como bien decía un viejo sabio-- son lo único que vence al tiempo, han sabido desarrollar, por la suya, cualidades activistas en consonancia con lo que estamos apuntando como necesario. (Con lo cual demuestran, ante el escaso incentivo que para con todas estas cuestiones se ha podido comprobar por parte del gobierno nacional, que lejos están de ser consolas vacías de contenido manejadas a control remoto.)

Los peligros están a la vista, frente a la deriva que implica la falta de contención de las reivindicaciones adversas: algunos los comentamos en nuestro último post y son actuales, otros los estudiamos el año pasado en ocasión de los famosos cacerolazos (1 y 2) organizados de manera espontánea.

En 2012 ocurrió un episodio bastante grave: la aparición de pretensiones de discusión sindical al interior de ciertas fuerzas de seguridad. Situación que debe alertar a cualquiera que observe con apenas un tantito de atención las ya no tan llamativas réplicas que en términos similares se han conocido en los países de la región que son conducidos por esquemas posneoliberales.

Frente a aquello, las distintas formaciones que responden a la conducción de CFK reaccionaron rápido y salieron a dejar en claro que no estaban dispuestos a tolerar el mínimo desafío a la autoridad presidencial, lo que indubitablemente estaba en juego en dicha trama, que presuntamente encerraba un mero desacuerdo salarial: si así fuera, no se justificaba semejante reacción, que devino en ruptura del orden interno en la cadena de mandos. Los sublevados se lo pensaron dos veces a la hora de decidir respecto de sus planteos cuando advirtieron la respuesta social adversa que generaron allende las tapas de Clarín y LN.

Cada uno de los distintos episodios comentados tuvieron de real tanto como sus respectivas duraciones y capacidad de replicar y articularse demostraron: cuasi nulo anclaje sustentable, incapacidad de sostenerse en sujeto social ninguno. Otro tanto podría decirse de los saqueos y similares actos vandálicos previos a las últimas fiestas de navidad.

No obstante todo ello, no es una demasía concluir en que hasta ahora más bien se ha contado con la suerte de las incapacidades políticas ajenas, más que con virtudes propias --aunque también algunas de éstas se hicieron notar--. El kirchnerismo representa, resta que se decida a involucrar en mayor medida a los beneficiarios de su programa político, comprobada que ha sido la fidelidad que le dispensan amplios sectores sociales a la hora de las urnas, aún en circunstancias adversas --no cualquiera obtiene 35% de votos nacionales en medio de un clima como el de 2009--.

Por estos días, por caso, se discute nuevamente la relación del gobierno nacional con la gestión provincial de Daniel Scioli. Y cada vez que ello ocurre, ineludiblemente, entran a tallar también las cuestiones sucesorias. A este respecto también ya nos hemos pronunciado.

Descreídos, como somos, de que las variables de un proceso histórico social puedan ser enteramente determinadas por ninguna individualidad concreta y específica, hemos dicho que el eje central de la problemática pasa por la necesidad de construcción de una fuerza social capaz de garantizar mayorías, y por tanto las condiciones del período específico en que le toque desenvolverse. Logrado ello, los nombres propios serán consecuencia de la voluntad del fulano que se decida a asumir el rol que le asignen las características de la coyuntura.

Así le ha ido a Moyano cuando renegó de esa regla. Y de allí también que no sea imprescindible discutir a Scioli en particular, así como tampoco a ninguno de los que logran centimetraje mediático; bien dice Horacio Verbitsky en su última columna que no en vano la presidenta CFK luce tranquila, frente a lo que es la impericia evidenciada por sus rivales para traducirse en la competencia política concreta.

Eso, como contracara, puede llevar a un desaconsejable quietismo. Las amenazas vendrán lo mismo, corporizadas orgánicamente o no. No es que no estén en la lona: se trata de evitar que se puedan levantar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: