viernes, 25 de enero de 2013

La bajeza del diario El País, el recuerdo de José Luis Cabezas y la discusión sobre el rol del periodismo en la actualidad


Vaya uno a saber cómo, los periodistas de las empresas de comunicación dominantes del mercado mediático nacional han logrado ponerse en víctimas de la situación que generó el diario El País de España a partir de la publicación nauseabunda y miserable de la foto falsa del comandante Chávez en supuesta condición de moribundo.

En realidad, deberían hacer mea culpa --hablamos de quienes militan en Clarín, La Nación o Perfil--, habida cuenta que estos a quienes hacemos aquí referencia forman parte de idéntico circuito ideológico, político, social y económico: de hecho, suelen hacer uso y abuso de los ataques que dirige habitualmente el diario El País al actual gobierno nacional para sus propios intereses.

No obstante, en lo que se ha podido leer sobre este episodio en la prensa comercial (el operador de Clarín Jorge Lanata, por ejemplo, hoy justifica a El País; Pablo Sirven, de La Nación, también) el eje, lejos del mea culpa respecto de las lógicas que sustentan a la actividad profesional en los segmentos integrados con rubros ajenos a lo estrictamente periodístico --es decir, de las propias--, ha sido el hipotético aprovechamiento que de esto podría hacer la presidenta CFK, enemiga --siempre en el plano de la teoría-- de la llamada prensa libre.

Cosas del destino, hoy se cumple un nuevo aniversario, el decimosexto en este caso, del asesinato de José Luis Cabezas durante menemismo.

El año pasado cerramos nuestra columna memoratoria del día del periodista en Segundas Lecturas con una frase que nos resulta imposible no repetir hoy: "Tomar nota de cómo ejercieron (el periodismo) y cómo (y por qué) terminaron Mariano Moreno, Manuel Dorrego y Rodolfo Walsh, debería mover al pudor a los que baten el parche con las supuestas dificultades que, dicen, los acosarían por estos días."

Bien podrían ser reemplazados, en este caso, los apellidos Moreno, Dorrego y Walsh por el de Cabezas. Lo central permanece inmutable: no está en discusión la libertad de expresión en Argentina, que por el contrario está en su máximo apogeo histórico de despliegue.

En aquel post que ut supra evocábamos, decíamos que la tan agitada objetividad periodística era, sencillamente, una imposibilidad material, habida cuenta de la complejidad de intereses entre cuyos pliegues se desarrolla la actividad en la actualidad, que determinan, compactan la paleta de posibilidades editoriales.

En Argentina, entonces, y también en Venezuela, lo que han sido interpelados, impugnados son, sí, los basamentos materiales a través de los cuales circula el mensaje que hace de soporte ideológico de las lógicas comerciales que fundaron el orden en cuestión.

Si, como reclaman habitualmente en sus habituales y soporíferas rondas mediáticas victimistas, los periodistas que laboran en dichas empresas quieren ser separados de las discusiones de intereses de sus patronales, bien podrían comenzar por no justificar podredumbres como la que hizo El País con Chávez.

De otro modo, no hay lugar al berrinche ante el señalamiento por carroña editorial, a esta altura más que justificado. Sobre todo, cuando hemos hecho referencia a la memoria, bastante cercana por cierto, de un tipo que de veras la pasó mal por ejercer el periodismo.

Desde 2003 no ha sucedido nada ni siquiera parecido a aquello. Desde luego que es lo que corresponde, pero se hace imposible no ponerlo de relieve cuando a todas horas asistimos a discursos que, en el colmo de la exageración y la deformidad, equiparan términos entre la discusión de crónicas y líneas de opinión que hoy practica con habitualidad el partido de gobierno con presunta cercanía con aquellos sucesos.

La demonización del presidente de la República Bolivariana responde al desbaratamiento operado por el mandatario de los negocios petroleros, intereses en cuyo desarrollo está implicado el colonialismo sui generis que practicara España en el continente durante los años noventa, del que Argentina puede dar cátedra, y que expresa claramente el diario El País en su diatriba constante "contra el populismo". 

Cuando se barre y despeja un poco la polvareda que cubre a toda esta temática, surgen claras las verdaderas motivaciones de los ataques, que en realidad parten desde la prensa acá problematizada contra los gobiernos democráticos y no viceversa, de lo que el episodio Chávez es sólo un ejemplo más.

(Al que podríamos sumar en nuestro país la amenaza que dirigió La Nación contra Néstor Kirchner a quien antes que asumiera instaron a cumplir el programa de gobierno del diario --ajeno a la plataforma consagrada democráticamente-- si no quería que su mandato durase apenas un año.)

Y deja en ridículo a todos aquellos que arrojan bombas de humo para eludir la autocrítica, que cada día se hace más necesaria en aquellos que quieren evitar el naufragio del oficio.

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