sábado, 4 de agosto de 2012

El PJ, ¿un freno a la profundización de los cambios?


Lo enganché, en la trasnoche del miércoles, a Claudio Lozano en un mano a mano con no sé quién en Metro. Algo que dijo, durante el mismo, acerca del ciclo abierto por la fractura de 2001, me disparó la necesidad de escribir acerca de la decisión de Néstor Kirchner de recostarse principalmente sobre el PJ a partir de 2008.

Lozano discurría, como suelen hacerlo los integrantes del FAP y también el sabbatellismo --es decir, el llamado progresismo--, acerca de la “caducidad de las estructuras del PJ y de la UCR para ser canales de cambio” que, según entiende Lozano, se pidió a gritos en 2001 --tema, el significado programático, si lo hubiera, elaborado durante aquellas jornadas, que daría para discutir un rato más, y que escapa a los propósitos y al espacio del presente--.

Agregó que, a su criterio, Néstor Kirchner “supo leer bien” las enseñanzas del posneoliberalismo, “en los primeros tiempos”, y que, luego, al decidir liderar el PJ, los intereses y acuerdos de dicha orgánica le marcaron un límite el avance, que --aún reconociendo, Lozano, que “en cierta medida” ha existido-- juzga insuficiente, escaso e incompleto, y por lo que responsabiliza, se insiste, directamente a la dirigencia, digamos, más añosa del PJ, de entre la cual eligió como ejemplo --como no podía ser de otra manera-- a “los barones del Conurbano”.

En nuestro entendimiento, Lozano le pifia feo. Historiográficamente analizado, pierde por goleada. En efecto, acá somos de la opinión de que las iniciativas más profundas tuvieron lugar  precisamente a partir de 2008; cuestión, además, con la que nos parece extraño que Lozano no concuerde, habida cuenta que varias (la mayoría) de ellas contaron su respaldo, mediático tanto como en el Congreso, de lo que (a contrario sensu de lo que sostuvo en el reportaje) no se registra antecedentes en el período 2003/2007, y que, por otro lado, varias veces le significó duros reproches periodísticos.

Digresión: no casualmente, creemos, desde las cadenas mediáticas integrantes del establishment empresarial se suele calificar mejor al gobierno de Néstor Kirchner que al de Cristina Fernández. El de NK estuvo dedicado a apagar incendios, evitar el naufragio, reparar heridas urgentes; el de CFK, en cambio, ya sí se encargó de la afectación concreta de intereses, necesaria a efectos de operar la redistribución que ineludiblemente requiere un programa de reconfiguración del statu quo.

Tampoco se trata de sostener que ha sido sólo gracias al apoyo de los, así denominados, elementos ortodoxos del PJ que ha sido posible el desarrollo del catálogo de realizaciones 2007/2012, tantas veces enumerado; pero sí que en forma alguna ha operado como barrera de ningún tipo, ni cosa por el estilo. Más bien, ha colaborado en la tarea de la construcción del marco de correlación de fuerzas a favor del programa con cuyos capítulos más importantes, se reitera, Lozano ha coyunturalmente confluido. El recorrido histórico fue marcando condicionalidades y posibilidades de realización de un despliegue gradual, sí que zigzagueante, pero nunca hasta ahora detenido. 

El diputado del FAP concluyó que el marco de alianzas en que se sustenta el gobierno de la presidenta CFK equivale, a futuro, a la resignación de una agenda de cambios “verdaderamente” --no podía faltar el ‘relato’ en el medio-- sustancial. Vale decir, respecto de esto, que ya varias veces se ha anunciado el ‘hasta acá llegaron’ de los Kirchner en la voluntad de cambio, y siempre, finalmente, resultó que hubo un paso más que dar: después de estatizar las AFJP, vino la ley de medios; después de eso, la AUH; luego, YPF; y así…

Con lo que le recomendaríamos a Lozano, especialmente en tiempos en que los archivos están tan afilados a uno y otro lado del mostrador, que se lo pensara dos veces antes de sentenciar de esa forma tan terminal. Ahí lo tiene, para pedirle consejos al respecto, a Jorge Asís, inclaudicable predicador del siempre postergado derrumbe del kirchnerismo.

Por lo demás, culpar a Alberto Descalzo, Raúl Otacehé, José Luis Gioja o Gildo Insfrán por lo que juzga con incompletitud del programa que teóricamente sí lo dejaría satisfecho, parece un poco mucho; especialmente, cuando él no ha hecho a favor de ello más que discursear bonito en estudios de TV porteños. 

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