domingo, 8 de julio de 2012

Un 9 de julio, a más de un año de la declaración de independencia nacional


El 9 de julio venidero; o sea, mañana, el curso oficial de la vida del país se detendrá para celebrar los 196 años de, dícese, independencia, dícese, nacional. En conmemoración de los sucesos de Tucumán de 1816.

Acá, discrepamos, respetuosamente, con esa lectura histórica.

Celebramos, en cambio, el pasado 29 de junio, a propósito de los 197 años que se cumplieron del Congreso de Arroyo de China (actual Concepción del Uruguay) de 1815, cuando Artigas convocó a los llamados Pueblos Libres del litoral: la Banda Oriental (hoy Uruguay), Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Corrientes y Misiones; a los fines de declarar, por fin, la independencia de las entonces denominadas Provincias Unidas del Río de La Plata de la tutela, ya no sólo de España, sino de cualquier otra dominación extranjera. Congreso que rechazó, pese a haber sido invitado, el centralismo porteño.

La historia oficial, de corte liberal-conservador, contada por Mitre y sus sucesivos discípulos, siempre tuvo problemas para resolver la explicación de por qué si atribuyeron propósitos independentistas a la Revolución de Mayo de 1810, fue necesario esperar seis años más para declarar la independencia. Inventaron aquello de la "máscara", el supuesto engaño a Fernando VII: digamos, no se podía ser revolucionario tan rápido. Falso, de falsedad absoluta.

En 1810 hubo una revolución democrática como las que había en todas las provincias propiamente españolas, no contra la pertenencia a España en sí, sino contra la forma de gobierno. Fernando VII, se creía por entonces, iba a favorecer el tránsito del absolutismo monárquico a la monarquía republicana, como ocurría entonces en toda Europa.

Las que eran colonias pasarían a ser también provincias, en un esquema que, manteniendo la figura del rey, abriera paso a la posibilidad de que las entidades que formasen parte de los distintos Estados pudieran gobernarse con autonomía. Entre 1810 y 1816, Fernando VII venció a Napoleón, pero traicionó los ideales republicanos, restaurando los absolutismos y encarando la reconquista de los territorios revolucionados en América. Simple y sencillo: para salvar los ideales democráticos, no quedaba otra que independizarse, aún cuando no había sido ese el objetivo primigenio de las revoluciones, tampoco de la de Mayo de 1810.

Artigas, que era más lúcido, la vio antes. Pero en la misma senda que él, los mejores cuadros del Congreso de Tucumán declararon, como Artigas, la independencia, no de Argentina: de toda Sudamérica.

Lo que siguió fueron 197 años de mayoría de equívocos entre los que rankeó altísimo el falseamiento de todo lo antedicho para que abundara el fracaso nacional.

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