martes, 3 de julio de 2012

Ganancia para nadie


Y, bueno. Son así de crueles las épocas de finales universitarios. Te aprisionan. Esta última tanda, en particular, me alejó del ojo de la tormenta desatada entre el moyanismo sindical y la presidenta CFK --el orden de aparición de los factores en la frase va sin ninguna segunda lectura--. Tanto, que venimos a decir algo recién a una semana del acto que mucho tildan como de fin del moyanismo, al menos como corriente sindical mayoritaria --no sé si tanto-- y/o como posibilidad de expresión política independiente al interior del peronismo --esto sí es más posible, casi confirmado--. Y a quince días desde iniciado el conflicto con el paro sorpresivo en inicio y su finalización en medio de la paritaria camionera.

En cierto sentido, quizás es mejor haber llegado “tarde”. Permitió leer mucho, de los que saben y tienen cosas jugosas para decir. Que esta vez los hubo a ambos lados del mostrador --Carlos Pagni, Julio Blanck e Ignacio Fidanza produjeron piezas muy aprovechables--. Antes de decir cosas inconvenientes, mal aconsejados por los incendios que le provocan a los ánimos las primeras horas de sucesos como esos.

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Acá dijimos hace rato que Moyano viene con broncas acumuladas porque Cristina obturó el salto grande de su línea interna sindical a la política, que el camionero planeaba desplegar con fuerza y ya muy decididamente para a partir de 2011. La sucesión de desencuentros que esos rencores mal curados fueron desarrollando, favoreció a que se desatienda lo central: un reclamo legítimo en algunos sectores del empleo formal por el desfasaje que se ha venido produciendo en el esquema del impuesto a las ganancias.

El asunto es que Moyano se revela incapaz absoluto para actuar en política. Las lógicas que sustentan al sindicalismo son distintas, aunque nunca un movimiento obrero deja de tener que operar, en cierta forma, en el terreno de la política. Es decir, hablamos de tres planos distintos: el meramente sindical, por un lado; el meramente político, por el otro; y un último que navega entremedio de ambos, aunque conducido desde el plano corporativo del trabajo.

Porque lo cierto, a propósito de esto último, es que una central sindical no puede no adaptar su programa de acción: no es lo mismo interpelar a gobiernos que desplegaron políticas antiobreras explícitas (Alfonsín, Menem, De La Rúa, Duhalde) que a uno del que, a lo mucho, puede decirse que no le ha devuelto lo suficiente a la velocidad que pretendería CGT que lo hubiera hecho.

Esto último bien lo ha dicho Juan Carlos Schmidt, una de las cabezas más lucidas del moyanismo, cuyo rostro es buen termómetro de la interna de lo que fuera el MTA --y no parece muy a gusto con cómo se viene desarrollando la cuestión (no se lo vio en la Plaza)--; y que fue pagado por Moyano con una desautorización pública fortísima en la previa del acto en Plaza de Mayo.

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Carrió salió a decir que a Moyano se le fue la mano. Moyano --Clarín aparte, para cambiar el eje--, por su parte, hizo reclamos justos pero de la mano de Momo Venegas, el gerente de esclavismo de las patronales agrofinancieras. Acá es donde queda evidente que la cosa se ha descuadrado, en tanto ambos, Gobierno y Moyano, están quedando cerca de indeseables –al kirchnerismo agréguensele los Gordos de CGT; a Moyano, la paleoizquierda, el duhaldismo sobreviviente y otras expresiones políticas que llamaban a encarcelarlo casi como programa de campaña en 2011 y el sindicalismo testimonial de la CTA fraudulenta--.

La pérdida del carril. Uno no menor, por cierto, porque es el que recorren vastos sectores laburantes. Que votaron a Cristina, porque con nadie que puedan recordar les ha ido mejor; que bancan a morir al Negro, porque los condujo en las luchas que coadyuvaron a las conquistas de nueve años y contando. En el medio de la pelea, que es por la representatividad de esa masa --que espera que el mes que viene, no sólo le alcance: sino, además, y por qué no, tener para, ponele, una pilcha más linda, una cena afuera, el 15 de la hija en un lugar que a ella le guste más--, se perdió el rumbo.

Hay una pugna de representatividad mal saldada: tanto Cristina como Moyano pueden reclamar legitimidad sobre los segmentos en disputa. Pero también es cierto que, en ambos casos, la tramitación del expediente reivindicativo se pierde, queda sin contención ni canalización; instrumentalizado (el reclamo) en una discusión que perdió tener como objetivo la cuestión central: el bolsillo.

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Moyano, se insiste entonces, quiere darle política al movimiento obrero; y dársela también a sí mismo, también. Debe hacerlo, en el primer caso; es válido y legítimo, para el segundo. Pero, también se reitera en este sentido, choca, comete demasiados errores.

Si hace falta salir a aclarar por medio de un comunicado que ahora se quiere separar al reclamo en particular de un cuestionamiento en general al proyecto nacional, si hace falta salir a desmarcarse de claros ejemplares anti obreros --como Macrì o De Narváez, bajo cuyos gobiernos no habría reclamo por Ganancias: porque los sueldos serían tan miserables que ni se podría pensar en tal discusión; hay que ver cómo ambos nefastos exponentes de la reacción más rancia ponen en el centro de cualquier debate a la inflación (que bajaría rápidamente con salarios también al piso o con desocupación)--, si se da vueltas sobre si se hace o no una convocatoria que de hecho se angosta sin cesar, claramente es porque la cosa está mal direccionada.

Esto no es sencillo, los que la quieran fácil ("Moyano traidor, golpista, amigo de Magnetto"; "Cristina es una falsa peronista"), vuelen de acá. Que vuele 6, 7, 8, por ejemplo, que ahora encima vigilantea en vivo a los propios. No se trata del conflicto de 2008 contra el empresariado agrofinanciero. Ahí era fácil hacer el tajo: pueblo versus oligarquía, y al demonio. Uno sabía bien dónde pararse. Ahora, no está tan claro.

Acá se trata de un reclamo obrero. Del que se cuelgan muchos indeseables, tanto porque la reivindicación desatiende dónde se expresa la contradicción principal y favorece tal cosa; así como también porque la conducción, disputando (validamente) sus potestades, dejó de lado, mal, una bandera que fue tomada por enemigos de alma --se insiste: Macrì, De Narváez, Buzzi-- de la clase obrera, en un sinsentido caricaturesco.

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Moyano, entonces, condenó al movimiento obrero a no tener política, porque perdió noción de que el único marco al interior del cual sus consignas tienen alguna posibilidad, siquiera mínima --aceptando que, como él dice, así sea en este caso--, de despliegue, es el actual. Cristina le ganó la pulseada política, Moyano no para de retroceder, en ese sentido, desde que lanzó el paro general, que cada vez fue menos de ambas cosas. No obstante, quedó herida su representatividad (la de CFK) al interior del espacio en que más fuertemente se ha expresado desde 2003.

Se trata de que se ha encontrado, una vez más, con alguien inferior a ella, medido en términos políticos. Nada más. Pero conviene no abusar de la precariedad de los oponentes.

Tampoco debe sorprender: bastante se ha escrito estos últimos años sobre las dificultades por las que atraviesan los nuevos gobiernos populares latinoamericanos para constituir sujeto social al cabo de las fragmentaciones que produjo el neoliberalismo al interior de las clases populares. Ninguno de ellos, cuenta por ejemplo José Natanson en su imprescindible La Nueva Izquierda --hay que citar las fuentes, corresponde--, puede apoyarse exclusivamente en la clase obrera organizada, porque sencillamente no alcanza sólo con ello para ganar elecciones, como si pudo ser otrora.

Eso cuestiona la primacía que pretende Moyano al interior del kirchnerismo, exagerada si sólo se basa en sus fichas corporativas, que encima desplegadas en extremo debilitan la noción política en su programa de acción.

La frase "Cristina va a seguir hasta 2015", cual si de él dependiera que ello efectivamente vaya a ser así, ilustra mejor que nada la formidable incapacidad de que adolece Hugo Moyano para expresar políticamente sus legítimas y aplaudibles reivindicaciones de clase.

Evocar el abrazo Perón-Balbín, las presencias de Claudia Rucci, Momo Venegas y otros opositores que más de una vez llegaron a pedir hasta el encarcelamiento de Moyano, lo raleado que ha quedado el MTA: síntomas, todos ellos, del fracaso del camionero en su intento de copar el espacio opositor, vacante desde 2011, a un gobierno al que hace nada calificaba como el mejor desde el de Perón; siempre que ello sea desde la pretensión de articularlo a partir de los justos reclamos que levanta.

Es una pena. No es para tanto, tampoco. Todo tiene solución en la vida, y de peores se ha salido. Pero... vaya uno a saber. Son tiempos difíciles. Duros. Tristes. Amargos. Incómodos.

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Por ahora, esto nada más. Veremos, luego, si más. Si corresponde, si hace falta.

Mientras tanto, a estas horas podemos decir que nos faltan apenas dos cuatrimestrales y dos bimestrales para obtener el título de abogado --es decir, chances matemáticas de lograrlo para diciembre--. Probablemente a nadie le importe esto, pero yo voy a seguir molestando con anécdotas personales lo mismo.

Porque también el 2 de julio cumplimos 3 años con Segundas Lecturas, y este post de un día después sirve para festejar el aniversario.

Mi blog, mi espacio, mi rincón personal. Lo más mío que tengo. Lo único, quizás. El espacio que levantamos a escasos 3 días de la derrota de 2009, en defensa de la compañera presidenta CFK --auspiciamos su candidatura a la reelección como consigna principal del blog ya desde nuestros inicios-- y el compañero Néstor Kirchner --que lamentablemente se nos fue en medio de la recuperación, histórica--.

Cuando parecía que estaba todo terminado, ahí, recién, arrancamos un camino propio. Hay, supongo, cierto valor poético en ese gesto.

Queríamos ayudar, desde esa trinchera, con algún granito de arena para que no se terminara. Nos salió más o menos bien, creo. Y todavía nos falta mucho. Pero la vamos a seguir peleando con alegría, que es nuestro único programa.

Del mismo modo que la peleamos en la carrera, con igual entusiasmo. ¡Salud por todo!

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