jueves, 26 de julio de 2012

Evita, San Martín y Bolívar

Hace 60 años, un día como hoy, resultó ser uno de los capítulos más tristes --y, tal vez, de mayores lágrimas derramadas-- en el derrotero histórico de los sectores populares de la patria. A las 20:25 hs. del 26 de julio de 1952, pasaba a la inmortalidad la abanderada de los humildes, la compañera Evita. Sólo decir de ella que acá creemos que se trató del punto más logrado de conciencia revolucionaria en la clase trabajadora argentina. No corresponde que abundemos, ya sobradamente hemos discurrido sobre Eva en este espacio.

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Asimismo, se cumplen 190 años del encuentro, en Guayaquil, entre dos de los máximos referentes de la gesta independentista sudamericana, José de San Martín y Simón Bolívar. Ese día se iniciaba el alejamiento de San Martín de nuestra patria, echado al exilio por el porteñismo liberal, desinteresado de la empresa de liberación de la patria grande.

La historiografía dominante mintió, durante muchos años, que Bolívar había presionado a San Martín para que se alejara, haciendo uso de su mayor poderío militar respecto del ejército de Los Andes. Falso de falsedad absoluta, pero no extraño, atento a que las primeras versiones de nuestra historia fueron escritas, justamente, por representantes del centralismo portuario.

Al revés de lo por tantos años difundido, San Martín murió con el retrato de Bolívar ubicado en un lugar privilegiado de su último hogar en Francia. Lo admiraba enormemente, cual le espetó a Sarmiento en su cara cuando el "padre del aula" pretendió --unitario, a fin de cuentas, también él-- sembrar cizaña en don José contra el venezolano. Lógico: echándole a Bolívar las culpas de lo que motorizó el fundador del porteñismo, Bernardino Rivadavia, pretendieron lavar responsabilidades propias.

Afortunadamente, tenemos revisionistas históricos; la verdad fue muy otra: Bolívar era el jefe de una nación unánimemente articulada y movilizada en función de su liderazgo y del proyecto libertario; San Martín, en cambio, tenía en su contra al gobierno más fuerte (el de Buenos Aires) de un país en guerra civil --por ende, no atento a la liberación de los pueblos hermanos del continente--. Lo llamaban a abandonar el Perú para combatir al federalismo --con cuyos referentes, mayormente, San Martín acordaba y mantenía amistades--, le negaron siempre cualquier tipo de apoyo.

Ante semejante cuadro de situación, y tras haberse negado Bolívar a que San Martín se le subordinara --era demasiado íntegro Bolívar como para aceptar que alguien de la talla del jefe del ejército de Los Andes pasara a ser mero soldado raso--, entendió que era necesario su apartamiento.

El chivo expiatorio de Bolívar sirvió, a la vez que para esconder las responsabilidades que les cabían --a los liberal/conservadores-- en el triste final de San Martín, para obturar el proyecto de unidad americana.

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En desentrañar esas falsas conciencias estamos aún por estas épocas. En establecer el recto sentido programático de las luchas de los patriotas --examinando lo que fueron los gobiernos, de corte y sustento sociológico netamente popular, de San Martín en Cuyo y Perú, por caso--, para reinterpretarlas en función de generar acción política concreta en el presente, cosa que las banderas no puedan ser arriadas a partir de falsas consagraciones.

Y resulta que, si bien se mira, si se revisa con detenimiento las consignas que inspiraron a la una y a los otros; sus respectivas militancias revolucionarias, en tanto participaron de proyectos que intentaron la liberación nacional desde diversas perspectivas; las contradicciones que sostuvieron contra los beneficiarios de los proyectos del sometimiento nacional, veremos cuan fácilmente se puede establecer una continuidad histórica entre Evita, San Martín y Bolívar. 

Bien que la historia no se nutre de casualidades, sino --muy por el contrario-- de causalidades. Dos 26 de julio distintos, parecería, pero en realidad bastante parecidos.

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